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La mirada de Buzzati

Por Alejandro Zambra
La Tercera Cultura. Sábado 10 de mayo de 2008


Afectado por una molestia menor, Giuseppe Corte se interna en una clínica donde los enfermos son distribuidos según la gravedad de su dolencia: los que sufren males muy ligeros quedan en el séptimo piso, y en el sexto las enfermedades siguen siendo leves, pero en el quinto piso y en el cuarto el asunto ya es de cuidado, y el tercero y el segundo son sólo recursos extremos para evitar el desenlace de siempre: un médico cierra las persianas del primer piso en señal de duelo y enseguida las reabre para recibir a un nuevo enfermo terminal.

El cuento es de Dino Buzzati (1906-1972) y no parece difícil conjeturar cómo sigue: en los relatos de Buzzati siempre hay alguien que espera o es esperado, o bien un gran acontecimiento -una tormenta, una batalla o, para no ir tan lento, el mismísimo fin del mundo- se demora o se consuma mientras los personajes permanecen aislados en el interior de alguna idea obsesiva. Esta vez Giuseppe se dispone a esperar, en la quietud del séptimo piso, el breve tiempo que debería tomar su curación, pero ya sabemos que la enfermedad va a complicarse; ya sabemos que, siguiendo razones absurdas y a la vez muy sensatas, el personaje descenderá desde el séptimo al primer piso.

Leer Sesenta relatos, la antología de Buzzati que la editorial Acantilado publicó hace un par de años, es leer 60 veces El desierto de los tártaros, y no lo digo para enaltecer una novela ya suficientemente celebrada, sino para describir, de alguna forma, estos cuentos perfectos. Exagero poco: en apenas 10 ó 12 relatos Buzzati modifica el plan, pero justamente son esos diez o doce los cuentos "de entremedio" (eso respondió John Ashbery cuando le preguntaron cómo armaba sus libros de poemas: los buenos al comienzo y al final y los demás entremedio).

Buzzati cambia la voz, pero no la mirada. Casi siempre sabemos o creemos saber más que los personajes: el narrador y el lector suelen ser cómplices y en cada relato se desarrolla y resuelve esa complicidad con verdadera maestría. Se dice que Buzzati era un escritor versátil, aludiendo a que en su obra hay momentos realistas, fantásticos, de ciencia ficción, etcétera. Pero más allá de los disfraces contingentes, el hecho es que repite, sin falsos pudores, una misma historia, y finalmente eso es lo que buscamos en sus cuentos: que cambie la escenografía y los actores e incluso los diálogos, pero se mantenga fiel a sus dos o tres argumentos y, sobre todo, que no abandone esa extraña levedad que aprendió de la vida y no de Kafka, el maestro cuya sombra suele estorbar la valoración de una obra, como la de Buzzati, enorme.

Hay una noticia buena y otra mala sobre Dino Buzzati. Primero la buena: acaba de aparecer El colombre, una también abultada serie de relatos. La mala es que este magnífico acontecimiento ha ocurrido, como siempre, en España, y no queda otra que esperar, con buzzatiana paciencia, el en más de un sentido impagable envío de la editorial Acantilado. Habrá que releer, mientras tanto, Sesenta relatos o bien El derrumbe de la Baliverna, el libro de Emecé con traducciones de J. R. Wilcock que, a todo esto, sigue siendo la mejor introducción a las geniales repeticiones de Dino Buzzati.

 

 

 

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