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NO HAY DECADENCIA

A propósito del artículo "La decadencia de la poesía" de Felipe Ruiz

Por Diego Alfaro Palma





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No hay decadencia, ni ocho y cuarto. Creo que el señor Ruiz peca de ingenuidad, porque sentir la decadencia de este oficio –más encima siendo joven- solo se puede deber al hecho de romantizar, equivocadamente, los resultados de una creación literaria y, tanto peor que esto, verla como una gran carrera de vendedores de la bolsa. ¿Por qué razón hay que pensar que la poesía chilena se vino abajo? ¿Hay datos estadísticos que señalen eso, algún tipo de evidencia empírica? Error y cien veces error. Ruiz –y esto es algo que Bustos lamentablemente no alcanza a ver- tiene un problema personal con la notoriedad, con la visualización de la poesía, más que con la calidad y el tiempo que deba necesitar la creación de una gran obra.

En cierta forma, de lo que nuestro aludido sufre, es de la desaparición de los “novísimos” como proyecto de una generación poética, grupo que nunca tuvo ideas muy claras (renovación, transgresión, margen, palabras inmensas que se utilizan desde antes de los monódicos griegos y de los New York Dolls) y que finalizó incluso con intentos de fumigación de otras voces que no coincidían con sus líneas creativas. Una pena, claro está, que él sienta esas cosas, como yo podría recordar con nostalgia la banda que a los 17 tuve con mis amigos del colegio. Pero lo cierto es que hay toda una escena, tanto o más poderosa estéticamente que surgió a la par, en silencio, sin grandes festivales ni publicaciones de libros de 600 páginas, ni talleres, ni menos financiamiento del Estado. Y de manera total me equivoco, porque nunca fue una escena, sino nombres de personas, individualidades dialogantes con otras, pero con una concepción de la poesía bastante más seria y tradicional que la de los “novísimos”: la lectura y recuperación de la tradición anterior; un trabajo creativo basado en la constante reflexión; la escritura de crítica y la creación de revistas importantes; menos ruido y más nueces.

De todo ello puedo dar fe. Nunca me sentí ni por un minuto cercano a los “novísimos”, gracias a Dios o lo que fuere, y como muchos preferí más los libros viejos que los nuevos. Porque digamos la cosas como son: mientras en facebook unos peleaban con otros sobre un carretito, en Valparaíso se lanzaba la revista Antítesis o se creaban editoriales para recuperar poéticas perdidas; mientras a un costado se tiraban flores, al otro había una reflexión metodológica (y también muchas veces anárquica) de las producciones del momento a la que no se les daba cabida en los medios de comunicación masivos (que apoyaban a los novísimos por su capacidad de generar polémica vacía); y, por último, mientras unos ganaban becas por montones y el partido les sobajeaba la espalda, al otro lado había gente que hacía su pega, leía, escribía, traducía, editaba, organizaba lecturas, iba a las escuelas, se pagaban sus propios pasajes, en eventos o hechos concretos que seguramente valen más que cualquier Poquita fe que se haya montado con tramoya y basurita de por medio.

Es la verdad y no hay envidia ni nada de por medio: no hay una sola línea poética, nunca ha habido escena, ni generación y jamás de los jamases habrá decadencia de la poesía. Esto, señor Ruiz, está más vivo que nunca. Se agradece que hayan existido los novísimos, porque sin ellos muchos no nos habríamos dado el tremendo trabajo de hacer y pensar la poesía, de conversar con los viejos, de preferir a Horacio antes que un libro que nunca paso por un editor medianamente inteligente. Se agradecen también sus críticas (que en varias ocasiones las he juzgado de claras y precisas) y de decir que la ramada se fue abajo y que mejor es irse pa’l cerro y alejarse de tanto bullicio: todo eso ha hecho que varios decidan morir con las botas puestas por esto que apenas alcanzamos a comprender y que nos supera.

Para concluir, ni Parra ni Cuevas fueron modelo para los que estuvieron detrás de la escenografía “novísima”. Toda la literatura universal lo ha sido y en esto no me equivoco. Bustos hace bien al nombrar a Pinos como un agente que no cataloga, sino que abarca: y eso es lo que siempre ha pasado tras bambalinas. En estos diez últimos años han surgido obras tan potentes como cuando los fab four hicieron su aparición; y se viene más, claro como el agua, de personas replegadas hace rato, que como Góngora o Vallejo no necesitan de 5000 versos para cambiar o transgredir el lenguaje, sino que les basta con un vil soneto. Y si de Rokha lo hizo como lo hizo, fue porque hubo tanto coraje como verdadera humanidad en sus mamotretos revolucionarios. La cantidad y el éxito son los emblemas de nuestra sociedad de consumo, no hay por donde perderse, mucho menos cuando se vive en el cerro y se conocen los caminos para volver a casa.



 

 

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