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Apellido materno y
El baile de los Niños de Diego Ramírez Gajardo


Por Malú Urriola


Conocí la poesía de Ramírez Gajardo hace un tiempo ya considerable. Si es que el tiempo fuese en realidad lineal. O si es que la realidad que creemos que es real, lo fuese realmente. Y el neoliberalismo fuese nuestro único y depredador dios. Y las horas se contaran con reloj control marca Orwell, y la globalización fuese una mixto-cultura de clases altas y medias que contienen en sí misma a todas las culturas que alcanzan a entrar en la globalización.

Los pobres, los olvidados del mundo -por supuesto- los millones de siempre del planeta, quedan fuera hasta que un derechista propiciador del mercado voraz, apele en tiempos de elecciones presidenciales, a luchar por sus derechos humanos básicos de sobrevivencia. Sobrevivir es para la mayoría considerable del planeta, el único verbo que conocen.

Ramírez Gajardo resitúa estos tics, nichos, objetos y sujetos culturales que circulan colgando del neoliberalismo chilensis, solitario y final: Discotecas con pantallas gigantes donde Maddona contorsiona su moderno look ante cientos de nietos de revoluciones perdidas. Animé y manga japoneses, barbies, vampiros, ketchup, góticos, dark, punkys, música electrónica, revistas pornos, mercado sexual, neonazis, en fin. Cuerpos noctámbulos, que portan el reciclaje de la historia mientras transitan la noche Santiaguina y, donde las más variadas fantasías olímpicas como versa Ramírez Gajardo, se cruzan y entrecruzan como en este hermoso y raro libro nacido de la poiesis, que va rememorando y engarzando al mismo tiempo, como un collar de perlas, la escritura velada y castigada de la poesía chilensis. Me refiero a esa escritura poética fuera del canon macho de la literatura nacional.

Rememoro, hoy aquí, a propósito del lanzamiento del libro de Diego y de las elecciones que se avecinan. A la Mistral recibiendo el Nóbel en 1945. El primer premio Nóbel chileno. Dato no menor, cuando aún no tendría derecho a voto en su propio país, sino hasta 1949 (por ser mujer). Y a las poetas se las tildaba como poetizas. Escribo en tiempo pasado, pero como mencioné con anterioridad, el tiempo no es lineal. Y aún hoy, siglo XXI, se tilda de esa manera cargada de sentidos, minimizadores el trabajo de las mujeres que escriben poesía poderosa en este país, y cuyos versos labrados en la dureza de la cultura macha chilena, trabajados en los desoladores años de la dictadura militar, han venido produciendo -y me incluyo- voces poéticas que aprecian y repiensan las propuestas estéticas y políticas de sus apuestas poéticas.

La poesía de Diego Ramírez Gajardo lleva las marcas matriarcales de esa parte de la historia de la poesía chilena que nadie menciona. O que poetas misóginos, borrachos de amor como colegialas por los vates, de quienes atesoran hasta la servilleta con que si limpió la boca…y que, critiquiquillos de turno, siervos de los medios escritos de la derecha, se empeñan a hacer desaparecer. Porque no fue Neruda, aunque gran poeta -y los haga acabar- el primer Nóbel chileno. Fue la Mistral. Y eso no es un dato menor para la historia de la poesía chilena.

Con éstos hitos poéticos, con estos nudos, es que El baile de los niños trae de vuelta los vientos de la gallarda poesía de Berenguer, a quién conocí -en los más crudos años de la dictadura militar- recitando Bobby Sands desfallece en el muro, a pocos metros de este lugar, en Plaza Italia. También puedo olfatear a la poeta Eugenia Brito y su libro Vía Pública…a Stella Díaz Varín y su estética implacable cuando versa: "Toda bandera es un río de sangre"…Del mismo modo se pueden entrever diálogos con las escrituras poéticas de S. Parra, la manoseada o Maqueira, La tirana, o Máscara Negra de Arrate, y en su contraparte narrativa a Eltit, Lemebel, Sutherland, Sarduy, Reinaldo Arenas. Porque lo que Ramírez Gajardo entrama y teje como una araña en las sombras, es la historia del poder y el castigo sobre el cuerpo de Chile. La historia del deseo y de la ruina que competen a toda poesía que se piensa a si misma. Pero también incide en un gesto que no es gratuito, ni lleva las riendas del azar. Su libro incluye en la portada además del apellido paterno, el materno. Como una marca de reparación y recuperación de la madre siempre a la sombra, en un país tan marcado por huachos de padre, tema que trabaja el libro Madres y huachos de Sonia Montesinos.

Ramírez Gajardo presenta un escenario, un territorio agredido por "la libertad" neoliberal. Una tensión en sus versos que cruza y anuda traumas de revoluciones frustradas, problemáticas de género, contragénero, y del poder que se ejerce sobre los cuerpos. Como expondría Foucault: "el cuerpo está también directamente inmerso en un campo político; las relaciones de poder operan sobre él una presa inmediata; lo cercan, lo marcan, lo doman, lo someten a suplicio, lo fuerzan a unos trabajos, lo obligan a unas ceremonias, exigen de él unos signos".
"Este poder, por otra parte, no se aplica pura y simplemente como una obligación o una prohibición, a quienes "no lo tienen"; los invade, pasa por ellos; se apoya sobre ellos, del mismo modo que ellos mismos, en su lucha contra él, se apoyan a su vez en las presas que ejerce sobre ellos"

Estos signos con que el poder opera sobre los cuerpos, son los que rearticula Ramírez Gajardo. Los residuos de esta nueva pirámide mall dictadura globalizada.

Ramírez Gajardo muda de hablante como una serpiente se desprende su piel, cruza signos y significantes para construir un sujeto, un cuerpo andrógino cultural, desde esta "otra muerte social" a que nos refiere y que como versa "después de tantos años de punk, ingresan a la fantasía del Japo" El "silencio general" en detrimento del Canto General en su poema (yo soy) que además titula entre paréntesis y que me remite también al texto Yo soy eso de Nisargadatta Maharaj o, el yo es otro de Rimbaud. El yo entre paréntesis. Suspendido. Ambiguo juego en el escenario yo-yo de la poesía chilena, es cruzado y acosado con los iconos emblemáticos del neoliberalismo. Con los de la contracultura como el punk o el sujeto "revolucionario"

Cito: Me dice barbie/ Me lo dice revolucionario sin banderitas presentes/ De verme tan maquillada la híbrida disco de mi cuerpo/ Exhibiéndole toda la tragedia de mi territorio en plena Alameda.

Y aquí hemos sido convocados, en plena Alameda, tan significada por la historia de Chile, y que Ramírez Gajardo que vuelve a re-significar como un rictus de baile y de muerte.

Malú Urriola,
9 de diciembre de 2005


 



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