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ENRIQUE LIHN: ENTRE POESIA Y EXISTENCIA

Por Rodrigo Jara Reyes

Enrique Lihn fue un poeta que, a pesar de ser reconocido y estudiado por sus pares a nivel nacional e internacional, es poco leído por el gran público. Las razones: una poesía demasiado literaria, académica, metafísica, difícil para el lector común y también para el lector avezado.

Sin embargo, aquel que se atreva con su obra y se afane, encontrará múltiples tesoros, un mundo proyectado a través de la lupa caleidoscópica y descarnada del poeta. Un mundo al que se debiera entrar en la soledad más absoluta, guiado por las señales que deja entrever el juego de luces y sombras de la palabra poética.

Vida y poesía:
Eduardo Llanos dice que Enrique Lihn, a pesar de su escepticismo respecto del sistema, del poder y del  mundo en el que le tocó vivir; “se debe a su oficio poético como el creyente a su fe y el ser vivo a su naturaleza”. Todos los que le conocieron podrían atestiguar la cercanía entre su escritura y su existencia. Esta directa relación entre vida y obra es una de las grandes fortalezas del poeta, le aporta la necesaria credibilidad a su mirada y ese tono de intimidad capaz de atrapar al lector y zarandearlo con golpes de oscura racionalidad e ironía.

Fue un autor cercano en palabra y obra a sus congéneres. El mismo Roberto Bolaño, fue testigo y destinatario de su solidaridad para con los poetas más jóvenes. Las cartas de Enrique le ayudaron a soportar la soledad, el abandono, la pobreza e incluso evitaron el suicidio que se veía venir y de paso, salvaron para nosotros al autor de Los detectives salvajes, 2666 y otros tantos libros memorables.

En la actualidad, cómo echamos de menos la solidaridad y la consecuencia que nos deja el poeta, sobre todo en un escenario en que las envidias, los intereses creados, las luchas por unas cuantas chauchas, los contubernios, las descalificaciones, son el banquete al que gustan asistir muchos de los poetas de hoy. Y es que no resulta gratuito ser rebelde y franco frente al poder, “un ejemplo de insobornabilidad irrita a tirios y troyanos, a estrategas y soldados, a pontífices y catecúmenos, a críticos y poetas, mayores y menores.”

En efecto, cuando las leyes del mercado prevalecen en una sociedad y el valor “dinero” se superpone a todo, los creadores tienen dos opciones: se someten o sufren las consecuencias de su rebeldía. Lihn se mantuvo fiel a su proyecto poético, pero aún así no fue un desconocido ni un poeta maldito o marginal. Su poesía se sobrepuso a los obstáculos, aunque, sigue siendo mucho más conocida fuera que dentro del país. En Chile, ha sido insuficientemente estudiada y poco leída, pero,  como dice Llanos, basta con que halla quedado por escrito “Tarde o temprano su obra, arrojada a la soledad como un asteroide en este páramo sublunar, terminará por atraer hacia sí a otras almas más nobles o menos agitadas que las de su tiempo, y entonces sobrevendrá el proceso que verdaderamente hace cultura: el diálogo entre generaciones distintas y distantes, sin apriorismos ni intereses creados.”

Tres poemas en clave trascendente.

a)- “La pieza oscura”:

El conjunto de poemas que lleva dicho nombre, marca el inicio del gran vuelo lírico de E. Lihn. Es una obra que proyecta un inmenso vacío existencial, que vive en toda su extensión la caducidad y la muerte, pero que, sin embargo, rescata las potencias del instinto y el delirio tanático, además de estimular una “oscura inteligencia”, que en este caso, guía al poeta en la exploración de lo desconocido.

El poema “La pieza oscura” nos muestra un hablante situado en el presente que recuerda un momento clave de su existencia, el inicio de la vida instintiva, de la sexualidad, pero detrás de eso, semioculto; el inicio de la conciencia, de la razón, algo así como la mordida a la manzana primigenia que nos permite el conocimiento del bien y del mal: “Por un momento reinó la confusión en el tiempo. Y yo/ mordí, largamente en el cuello de mi prima Isabel,/ en un abrir y cerrar del ojo del que todo lo ve, como en una/ edad anterior al pecado”.

Pero este hablante situado en el presente o en una edad posterior a la sangre originaria, a veces dialoga o simplemente cede su espacio al niño que aún no ha podido dejar atrás: “Nada es bastante real para un fantasma. Soy en parte ese/ niño que cae de rodillas/ dulcemente abrumado de imposibles presagios/ y no he cumplido aún toda mi edad/ ni llegaré a cumplirla como él/ de una sola vez y para siempre.”

En el recuento de la situación, el hablante ‘principal’ va comentando, juzgando, pero también deja escapar fuertes chispazos de lucidez interpretativa que atraviesan todo el poema: “La rueda daba ya unas vueltas perfectas, como en la época/ de su aparición en el mito, como en su edad de/ madera recién carpintereada/ con un ruido de canto de gorriones medievales;/ el tiempo volaba en la buena dirección. Se lo podía oír/ avanzar hacia nosotros/ mucho más rápido que el reloj del comedor cuyo tic-tac se/ enardecía por romper tanto silencio.”

No está de más señalar que “La pieza oscura” es el texto clave de todo el libro, una especie de plataforma giratoria alrededor de la cual van apareciendo todos los demás poemas. Pero no sólo eso, “La pieza oscura”, es un canto a la memoria significativa de todo individuo, acompañada de una hermosa y original plasmación en el lenguaje.

b)- Porque escribí:

La postura de Lihn frente a la poesía y frente al mundo, tiene que ver con la lucidez que debe manifestar el creador frente a la ‘realidad’ en la que le ha tocado vivir y llevar a cabo su trabajo. El poeta se auto exige y exige a los demás creadores la búsqueda de un espacio propio, no les permite ni se permite repeticiones o anacronismos. Señala Antonio Skármeta en un comentario aparecido en la revista Ercilla del año 1969 “Lihn abomina de todo menos de su lucidez, de su reiterada y explícita desconfianza de sí mismo.”

En este marco “La musiquilla de las pobres esferas” es un libro esclarecedor, en el que se pone sobre el banquillo de los acusados al Poeta y a la Poesía misma. Señala Skármeta en el artículo ya antes mencionado “Pero la aniquilación del poeta, y la de la poesía, se ejecuta en ‘La musiquilla de las pobres esferas’ conforme a un catálogo razonado”. Es decir, la desconfianza del poeta en la poesía, lo lleva al extremo de buscar formas razonadas de desarticulación de sí mismo y de su propio arte.

Un poema simbólico de este libro y quizá uno de los más conocidos del poeta es ‘Porque escribí’. En él, dispara sin piedad contra su propia integridad “La especie de locura con que vuela un anciano/ detrás de las palomas imitándolas/ me fue dada en lugar de servir para algo”. Pero al mismo tiempo, en medio del fuego cruzado, manifiesta su fe en la poesía “Escribí, mi escritura fue como la maleza/ de flores ácimas pero flores en fin”. Luego, reconoce la posibilidad de hacerse uno con la muerte, que le otorga la práctica de la escritura “Y hacerlo significa trabajar con la muerte/ codo a codo, robarle unos cuantos secretos”. Y el resultado de ese trabajo, surge de la mezcla de los sustratos humanos más profundos e irracionales con la razón utilizada como cedazo y todo ello plasmado en los moldes que nos ofrece el lenguaje “Porque de la palabra que se ajusta al abismo/ surge un poco de oscura inteligencia/ y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados.”

Sin duda ‘Porque escribí’ es un poema importante en la obra de Lihn, no tan solo por lo bien que expresa la postura del poeta, sino por la perfección de su forma. Dice al respecto Eduardo Llanos M. que muy pocos en Chile han finalizado un poema de manera tan magistral como lo hace Lihn aquí: “Porque escribí no estuve en casa del verdugo/ ni me dejé llevar por el amor a Dios/ ni acepté que los hombres fueran dioses/ ni me hice desear como escribiente/ ni la pobreza me pareció atroz/ ni el poder una cosa deseable/ ni me lavé ni me ensucié las manos/ ni fueron vírgenes mis mejores amigas/ ni tuve como amigo a un fariseo/ ni a pesar de la cólera/ quise desbaratar a mi enemigo./ Pero escribí y me muero por mi cuenta/ porque escribí porque escribí estoy vivo”

c)- Nada tiene que ver el dolor...

En el poema ‘Nada tiene que ver el dolor’ que inicia el libro póstumo “Diario de muerte” (1989); Lihn, a pesar de encontrarse  enfermo y desahuciado, víctima de un cáncer tardíamente descubierto; se las arregla para mantener su postura racional, su implacable ironía, incluso para con la propia muerte: “Allí, según una imagen de uso, viciada espera la muerte a sus nuevos amantes/ acicalada hasta la repugnancia, y los médicos/ son sus peluqueros, sus manicuros, sus usurarios usuarios/ la mezquinan, la dosifican, la domestican, la encarecen...”

El poema entero está atravesado por una visión crítica del lenguaje en general y del lenguaje poético en particular: “Nada tiene que ver la muerte con esta imagen de la que me retracto/ todas nuestras maneras de referirnos a las cosas están viciadas/ y este no es más que otro modo de viciarlas”. Más adelante continúa “Un muerto al que le quedan algunos meses de vida tendría que aprender/... un lenguaje como un cuerpo operado de todos sus órganos/ que viviera una fracción de segundo a la manera del resplandor/ y que hablara lo mismo de la felicidad que de la desgracia/ del dolor que del placer..." Pero luego contrapone este deseo con la ‘realidad’, con su propia realidad “mis palabras no pueden obviamente atravesar la barrera de ese lenguaje desconocido/ ante el cual soy como un babuino llamado por extraterrestres a interpretar/ el lenguaje humano”. Otra vez el monólogo que dialoga y la ironía implacable, este poema es un testimonio escalofriante de la capacidad del poeta de zafarse de sí, de dejar a un lado su experiencia inmediata (su enfermedad y  la muerte próxima) y de fundirse en el lenguaje poético.

A modo de conclusión:
Si se pudiera sintetizar la obra de Lihn en dos o tres palabras, diría que es una poesía basada en la lucha de un hablante por desligarse de su historia, de sus fantasmas. Un hablante que se destruye a sí mismo y a su creación, para volver a rehacerse en nuevos caudales de significaciones lanzadas a través de monólogos que se manifiestan unas veces delirantes y otras (las más) ajenos e irónicamente racionales.

Antes de terminar, quisiera recoger las palabras de Naín Nómez expuestas en su “Poesía chilena contemporánea”, dice al respecto del trabajo de Lihn: “Poesía densa y desgarrada que busca permanentemente su cambio interno”. En efecto, se trata de una poesía caudalosa y difícil, pero no por eso menos bella, de una belleza que experimenta y excava, con desesperación, una salida digna a la ausencia de absolutos, no obstante, lo único que encuentra, es la superficie helada del lenguaje.


 

 

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