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Nuestro Manuel Rodríguez

Por Francisco Leal


 

 

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Escribo para mostrar poemas de Manuel Rodríguez y hablar un poco de él. Me contó ayer Macarena Urzúa que Manuel murió. Nuestro Manuel Rodríguez. Un derrame cerebral que no resistió ha sido la causa de su inexplicable muerte. “Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas”, aullaba Ginsberg. Manuel era nuestro Beatnik, nuestro Lira, nuestro Manuel Rodríguez.

No sé mucho de él; nunca supe, a pesar de compartir años y lugares y cosas y gentes y lecturas. Fuimos compañeros en letras en la UC y si algo lo caracterizaba era su paradójica espectralidad y presencia, ubicuo e invisible, su inefable combinación de entrañable cordialidad y evidente malditismo. Marco Aurelio Rodríguez es el hermano mayor de Manuel (creo);  poeta también, traductor y pensador de los malditos franceses. Fueron sus libros de poemas, traducciones y ediciones los que sacaron a pasear, vía Manuel y sus humores, a esos poetas terribles por el convierto de oriente. Todos éramos amigos de Manuel, pero a su manera: reservada. Éramos amigos sin intimar, o intimábamos sin ser amigos. El campus monacal de Oriente estaba lleno de poetas malditos y benditos y Manuel era el mejor de los dos. Éramos poetas, pero Manuel era el que más.Tenía poemas clásicos de esos años que muchos sabíamos y parodiábamos: “la mosca”, principalmente (aka “sensacionalismo”). Para mí hasta ahora son poemas que tienen la misma lucidez y claridad: no son textos de un jovencito jugando a ser escritor, pues es claro que Manuel se tomaba muy en serio sus trabajos y también se reía macabramente de ellos. Manuel Rodríguez era nuestro poeta.

Recuerdo un par de anécdotas de esos años. Una de ellas en un día de lluvia, de mucha lluvia, en Santiago congelado. Teníamos un partido de fútbol en la universidad, impostergable pese a su total intrascendencia. Por motivos que en ese momento me eran incompresibles pero ahora me parecen obvios (estudios, lluvia, malos jugadores, etc.), no llegaron muchos de los competidores que necesitábamos para arrojarnos a esa lid. Menos los porteros: puesto ingrato en caribe, más aun en Santiago, en una cancha de asfalto, con letrados pateando una pelota o piernas sin mucha distinción. Manuel se ofreció para ser nuestro portero. La razón: tenía una muda de ropa extra y mojada en su mochila, pues para llegar a la universidad tuvo que cruzar una par de calles inundadas, verdaderos ríos, para tomar la micro-el metro-la micro y llegar a clases. Se mojaba de verdad y se podía mojar un poco más. Recuerdo atajadas de lo más osadas y un bravo pero muy poco ortodoxo arquero, por el uso constante del rostro para detener insípidos o potentes disparos y sobre todo por llevar los pantalones empapados a medio bajar, con una prominente parte de su culo expuesta a las gélidas aguas y atmósferas. Nada era extraño si venía de Manuel. Tuve varias clases con él, y  todas sus intervenciones eran memorables. Estábamos juntos una clase de inglés. Inglés para los sin inglés, se podría decir. Un requisito de la carrera. Y si mi idioma imperial era rústico, el de Manuel era un inglés en grado cero, antes de los sajones y consonantes. Un inglés de poetas para poetas. En clases y fuera, sus lecturas eran imperdibles. Podía presentar sobre vocales oclusivas, una noticia de economía o sus poemas y el modelo de despliegue era el mismo:  entrecerrar los ojos, ponerlos blancos, como en trance u orgasmo y hacer temblar apretadamente la manos, con intensidad y presión, y sobre todo envolver ese discurso con ternura, seriedad y mucha ironía. Imagino sus clases y el lujo hiperbólico para los estudiantes de tenerlo como docente, aunque seguro vivió a merced de los sueldos y condiciones apolilladas de los profesores.

Rafael Rubio era su mejor amigo y contrincante, enemigo íntimo, competidor y confidente, poetas rabiosos los dos y muchos más. Sobre todo amigos. Rubio escribía rimado, Manuel despiadadamente. Uno seguía a los Rubio y sus melodías, el otro a Rodrigo Lira; uno era el bendito y ejemplar, el otro el maldito y singular. Pero eran más que cara y sello, porque Rubio también tiene tinieblas y varias y la bondad lúcida de los poemas de Manuel también es evidente. Es una untuosidad haberlos tenido en órbita juntos. Rubio se solía llevar los premios, pero los aplausos iban para Manuel, por la intensidad de sus poemas y sobre todo sus dramáticas lecturas. La luz no era lo suyo, pese a que sus apariciones eran siempre inconfundibles.

En 1999 conseguimos una platica para hacer una revista/ antología, una antología de nosotros mismos; es decir poetas con más intenciones y voluntad que obra, becas y esas cosas. Pero teníamos un poco de dinero y decisión. Le pusimos Genetrix en honor a David Rosenman Taub, poeta sombrío también. Honor a lo desconocido y por arrogancia, sin duda. Ahora ese poema/epígrafe  “Genetrix” resuena como siempre poderoso:

Acabo de morir: para la tierra
soy un recién nacido.

"Samir Nazal fue nuestro Huidobro. La inclusión de Manuel en la antología caía por su peso y obviedad. Yo quería de verdad ver los poemas de Manuel publicados. Aunque no le podía importar menos a Manuel, como tampoco el reconocimiento y esas cosas de la que se sabía reír con una risa que no dejaba títere con cabeza. Encontré una foto de la presentación del libro donde aparece Manuel con Fernando Pérez, Pablo Barceló, Rafael Rubio y yo. Otros y otras quedaron fuera de la foto o de la antología. Se alcanza a notar en el retrato su perfil a lo Vallejo, de cejas gruesas y ceño fruncido y mano al mentón. Y su distancia: separado de los otros, siempre, con su ironía, lejos del festín. Armando Uribe  escribió sobre el poeta en Genetrix lo siguiente:

“Manuel Rodríguez. El de los juegos de palabras en que la suicida nocturna de sienes provocativas, terminal y sensual, no es seguro que se haya dado la muerte y que la muerte la haya recibido; pues bien (o mal o pésimo) puede darse que una mosca suicida de alas postizas "por otra parte (...) posará desnuda/ en el próximo número/ de la revista Playboy". Juegos de palabras con resultado muerte; juegos de manos con niñas que creen "que el paraíso es una aduana".

Samir Nazal aseguraba que la poesía de Manuel es el lugar “donde lo heterogéneo se integra por medio de la ironía, en que se triza y se restaura de modo grotesco y erótico”: y cita de sus poemas de la luna, el “llena.” “Un pájaro con un árbol de humo sobre sus hombros/ desciende por la terraza del escote/ la miel de la niña rubia es la luna y todas las lunas”. El mismo Samir Nazal (escritor fantasma: murió sin publicar su obra) aseguraba que la poesía era sobre la muerte y nada más. Que daba lo mismo cómo se le allegaba, pero que eso era lo único que importaba realmente: podía ser hablando de hormigas, de crepúsculos o erotismo o manzanas o moscas, pero en el esponjoso terreno de la muerte. Una poesía que no se acerca a la muerte o la incluye, aunque hable de una ampolleta, no tiene luz, porque le falta sombra. Sin ser un axioma, tiene razón. En el sentido de que es enteramente un territorio de aventura intelectual y artística radical. Manuel escribía de verdad sobre la muerte, sospechaba que por ahí bramaba un temblor inequívoco y macabro.

Terminamos la escuela y no lo vi más. No nos despedimos. Pienso que siempre podría encontrarme con él y conversar con la intranquila amabilidad de siempre, con nervios y sinceridad, miedo y frenesí, en serio y riéndonos. No son muy distanciados los días en que me acuerdo de algo de él, de alguna acción, de algún arrebato, de una compañía y me contagia una risa oscura, temblorosa. La risa de Manuel Rodríguez. No sé de qué se puede reír, pero tiene razón. Su muerte no tiene ningún sentido y no se le parece en nada, aunque yo apenas lo conozca. Pero sé que desde la escuela y antes, tal vez desde mucho antes, estaba en el escalofrío de meterle tinta y cavilaciones intensamente a esos lugares y presiones que sirven para averiguar el oscuro rincón de ese día, de ese único y rotundo día en que la muerte deja de ser un eco.

 

Poemas de Manuel Rodríguez en Genetrix

 

ECO DE LA MUERTE

Revolvía automática. Calibre 24.
Municiones como arañas enloquecidas atadas a las manos.
Suicida nocturna.
Vértigo a la vida, mil agonías.

Suicida apuntando.
Gatillando sobre occipital.
Sienes provocativas. Sesos descontrolados.
Acción centrífuga.

Suicida hiperrealista.

En volutas convulsiones. Suicida terminal.
Trompo ebrio en la mano al viento. Niña moribunda.
Corazón de brisa, senos maliciosos, nalgas nacaradas.
Suicida sensual.

Sobre
.........dosis de vida, chica coqueta,
destino o puesto por el vértice balística balas se suceden
articulaciones ia i nalámbricas
hija de la huida
amante del sueño mina hecha tirizas,
deshecha en tiza carmín.

Se rompe la camisa de la noche.
Post-luna, mitad de la cornisa.

 

 

CRIST

Al otro lado del ojo,
en la última gota del cristal
dentro de una copa de vino
entreamantes un mundo entrecrujen cadenciosa
cuerpo movimientos al empañar la cerradura.

De acuerdo con dicho mundo, el de los Cristales,
la vitrina estaría conformada
por la siguiente trilogía de cristalidades.

Las Cristinas que se presentan
como lágrimas estilizadas en rocío,
sensibles a los cambios del tiempo
y amantes de las teleseries.

Los Cristianes que se presentan
como rayos solares desolados ante la luna,
sensibles a los nubarrones
y amantes de los partidos de fútbol.

Ambas fuerzas se hallan en disputa
por la repartición del reflejo
en una misma lágrima.

Los cristianos se presentan
como intermediarios en luciérnagas empañadas,
elevándose en canciones religiosas del Cristofué
y amantes de las procesiones.

Ahora solo frente al espejo.

En caso de emergencia
........Rompa
........el vidrio.

 

 

MAL EN TENDIDO

Ella me dijo: haremos el amor cuando nos casemos.
Yo escuché: haremos el amor hasta cuando nos cansemos.

 

 

SENSACIONALISMO
( OF THE mosT caREFULL )

Los violines atentamente comunican
la caída de una mosca suicida
-alas postizas y sueños de araña-
desde cuatro medianoches de altura
sobre uno de esos semáforos
que aún marcan la hora en blanco y negro.
Los restos del semáforo
serán entregados a la posteridad.
Por otra parte, la mosca posará desnuda
en la portada del próximo número
de la revista "Play Boy"

 

 

CRECIENTE

Al otro lado de la línea mitad blanca, mitad negra
un cuerpo detrás de una muchacha se extravía en sus bolsillos,
sobre una página en blanco, las líneas de su mano.
La luna se resume en las raíces de los árboles
desenreda el cabello de los vientos y deshoja los relojes.
Unos senos de arena flamean desde el tendido estelar
crecen los pechos y crecen más allá de los astros,
ellos sentados en los parques aplauden ramas encendidas
la niña cree que el paraíso es una aduana o un peaje
y desea arrojar grillos contra los cristales.

 

 

MENGUANTE

O la noche es hallada detrás de una colina
y las escaleras se extienden por su zapato izquierdo
o salió corriendo a la luz de los semáforos y soltó los peldaños

........................................... .............. ........... .......... de su cartera.
Por los bordes de encendidas giralunas el gallo nocturno
siente un cometa que abandona su garganta.
Voy girando...Voy girando
los cuatro vagabundos cardinales, carcajada riendo a carcajadas,
la muchacha brinca desde un sombrero de copa
con una bandera negra juguetea.
La ciudad gravita en torno a sus pechos capitales.

 

 

LLENA

Un pájaro con un árbol de humo sobre sus hombros
desciende por la terraza del escote
la miel de la niña rubia es la luna y todas las lunas
-niña de los rincones- amamantando las giralunas,
refugio de pájaros tricolores, árbol sagrado de las ciudades.
En un grillo de rocío el reflejo de la luna
es amparado por los bolsillos de un vagabundo,
a mediados de la medianoche
estacas balas de plata pasan
como gotas de rocío por el ojo de una aguja



 

 

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