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EL ABUELO LEO (QUE EN PAZ DESCANSE)
(Del libro electrónico "Escrito en página blanca", de próxima aparición)

Jorge Etcheverry




 

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Desde las fotos amarillas  del cajón de la cómoda nos está mirando tieso el abuelo, retaco, enfundado en el uniforme, al lado de Ibánez y otros viejos conocidos. Mi abuela cuenta de cuando después de una reunión en la casa del abuelo y sus amigos ella se había ido al dormitorio llorando. Habían gritado "Socorro, mi coronel" y él había salido afuera sin pensar en nada y lo habían tomado y lo llevaron debatiéndose a un auto negro, las cosas que pasan ahora, que parecen nuevas, no son tanto. La abuela echada sobre el sofá muchos años después contaba que uno le había dicho desde debajo del lecho nupcial "No se asuste señora que soy yo", tiritando de miedo el hombre mientras afuera los vehículos se ponen en marcha. Y se ven raros con esos uniformes anchos, mirándonos desde una mesa llena de papeles, en la fotografía. Todos eran masones y el abuelo tenía entre sus libros el Napoleón de Ludwig y una Vida de Lenín y los libros de la Annie Bessant. Desde que tenía doce años yo le sacaba los libros y me los iba llevando a la casa, para leerlos y ahora el abuelo estaba medio inválido, con medio cuerpo muerto y la abuela iba botando poco a poco los libros porque decía que por leer tanta cosa rara le había pasado lo que paso. Los milicos de ahora no son como don Marmaduque o como el abuelo. Son más bien como El Caballo. Al abuelo lo habían echado del ejército pero le habían dado por fin la perseguidora porque le tenían un poco de miedo, parece y algunos ex compañeros de andanzas ocupaban puestos en la Academia de Guerra, casaban a las hijas con profesionales y dueños de fundo. El abuelo (me contaban) se jugaba las propiedades en el Casino de Viña y llegaba verde y furioso a la casa del hijo mayor que vivía en el puerto, en el Cerro Alegre y se ponía a hablar de teosofía y pobre del que le contradijera. Pegaba con el puño en la mesa y nadie se atrevía a hablar y una vez en la casa de mi tío a una señora que le dolía la cabeza él le puso la mano en la frente y le empezó a salir sangre de narices y a la señora se le quito el dolor. Al menos eso es lo que cuentan el tío y las hijas, que ya estaban grandes. 

Y me imagino al tío de niño corriendo por el patio, alborozado, gritándole a la abuela "Mama, mamá, están disparando". Los zumbidos como de abejas, pero más fuerte. Los niños corrían, sin saber si los tiros eran otra cosa que abejas, o pájaros, o fuegos artificiales, y la abuela les decía, moviendo los brazos "Para adentro, niños, por Dios". El regimiento se había sublevado en la madrugada. "Que se negaban a ejecutar las ordenes", y no sabían que era eso de "las órdenes", como en los libros de matemáticas del colegio cuando dice "rata por cantidad". Pero se entraron y el abuelo salió como un rayo abrochándose el uniforme, hablando algo de los tiros y los niños y los ojos azules echando chispas, mordiéndose la lengua de rabia y el perro pegaba tirones a la cadena y ladraba, y no se veía a Renato, el ordenanza que era bajito y pelado y siempre sonriente, que le limpiaba las botas al abuelo. En los diarios viejos de la cómoda se lee el siguiente titular "Sofocada la insurrección del Valdivia". Ellos vivían en la Población Militar. El padre de la abuela era joven cuando estalló la Guerra del Pacífico y era médico y peruano y no vio la línea de combate. No hacía distinción entre el bando de los heridos. Al terminar la guerra se vino al Norte y se casó con chilena. Tuvo varios hijos hombres y una niña que no mandó nunca a la escuela y educó por medio de preceptores. Cuando hacía visitas a los pobres del pueblo les dejaba en la mesa el dinero para las recetas. Murió en Santiago. Su mujer le siguió poco tiempo después.

Estas cosas circulaban y cambiaban en la familia. Yo no las entendí muy bien hasta bien entrados los dieciséis años, y los amigos del abuelo se juntaban a hablar de teosofía y hablar de discos voladores y ya había varios que estaban enfermos y él los miraba a todos desde los ojos húmedos de su hemiplejja y cada vez hablaba menos hasta que no fueron más, o muy rara vez y por entonces murió Grove y cuando le contaron ya mi abuelo no sabía de qué se estaba hablando y los miraba a todos y sonreía. Había venido también del Norte. Entre Copiapó y Caldera se suelen ver mirajes que reproducen entera una ciudad, que está muy lejos, con gente y todo. Me contó la abuela. Al abuelo no le gustaba hablar de su familia. Decían que el padre era usurero. Mi abuela era la hija del médico del pueblo y antes de conocer al abuelo salía con un oficial de la marina inglesa, mercante, me imagino, que medía cerca de dos metros. Un turco que vivía en la casa que fue de la familia del abuelo se volvió misteriosamente rico. Distinguido siempre, mi coronel, a los veinticinco. Profesor de la academia de guerra. En las fotos se ve siempre de uniforme, o inclinado sobre mapas de campaña, con un puntero en la mano. Al fondo un tren. Nunca hablaba de la madre. La hermana, que no frecuentaba, vendía azúcar por paquetitos y hacía sahumerios en una casa de una cuadra de una población el barrio de Lo Prado. Murió de pulmonía. Le encontraron una fortuna en acciones y un cofre con chauchas y monedas antiguas de plata. El retrato del abuelo pegado en la parte de adentro de la tapa del baúl.

Fue cuando torturaban a Dávila cuando el abuelo se peleó con el Caballo. Lo sacaban de la celda y lo colgaban de los pies con la cara en el barro. Al poco tiempo murió de tisis. Eso para que no se diga que estas cosas son nuevas. A los maricones también los andaban tomando los tiras. Los turcos se enriquecían y los militares se la pasaban en fiestas. El abuelo enfermo y todo siempre decía por un lado de la boca que no hay peor gente que los tiras. Los amarraban, les metían los pies en bateas con cemento. Cuando se endurecía los tiraban al río. El abuelo no podía dormir en la noche, cuando lo de Dávila y los otros, y tantos, y los amigos llegaban a cualquier hora del día y se quedaban en el comedor, y la biblioteca o en el líving hablando hasta tarde. Los niños se quedaban escuchando con la oreja parada detrás de la puerta y a veces los oían gritar. El abuelo––decía mi mamá––no podía dormir en la noche y la abuela le decía "Qué me cuentas a mí esas cosas, que culpa tengo yo". Entre los que iban estaba don Marmaduque. Es el viejecito de la foto grande, muchos años después, el de la barba y el pelo blancos, crespos y como floridos. Pero a las finales hasta don Marmaduque dejó de venir.  Pero por ese entonces yo tenía mi primera bicicleta y me enamoraba de la primera niña rubia y nos cambiábamos de barrio. Traté de cortarme el pelo solo y miraba las fotografías del abuelo, de perfil, retaco, con las orejas de lóbulo grande y la mirada clara, fría. Mi abuelo se conservaba bien, justo hasta antes del ataque, estaba sano. Caminaba todos los días hasta la Plaza de Nuñoa y leía libros de teosofía. Recibía muchos amigos, uno de ellos un viejecito, oficial retirado, con el bastón lleno de insignias, y a la señora Filipina. Pero el fulano que se escondió esa noche debajo de la cama de la abuela me dicen que no se apareció nunca. Nunca saludó a mi abuela por la calle y sí la veía se ponía rojo y cruzaba a la otra vereda. Antes no faltaba el día, dice mi madre, en que llegaran con flores para las hijitas del coronel, invitaciones a fiestas para las hijitas del coronel. Después que arrestaron al abuelo (que entonces todavía no era abuelo), cruzaban a la otra vereda para no saludar. Pero los masones se portaron bien. Nunca faltaron la plata ni los víveres. El coronel fue deportado a la Isla Juan Fernández, relegado, como se diría ahora. Pero siempre tuvo mal carácter. Cuando se enojaba salía a azotar al perro y una vez le cruzó la cara con una varilla de sauce al hijo mayor porque llevó unos amigos del colegio a la casa familiar donde vivían sus hermanas, por llevar tipos jóvenes a una casa donde había niñas mujeres. Mi mamá dice que cuando eran chicos los soldados se cuadraban cuando ellos pasaban a la escuela y les gustaba llevar a los compañeros a tomar té a la casa  para que vieran eso y ellas les decían "Es que el papá va a ser presidente". Pero pusieron al Caballo Ibáñez y el abuelo lo gritaba y le hacía los discursos y luego de las discusiones llegaba un auto y un oficial con regalos para las niñas del Coronel y el Coronel no salía de la casa hasta que rodeado de automóviles iba El Caballo a convencerlo de que saliera. El abuelo decía siempre "este infeliz", pero el infeliz lo tomó preso, lo mando relegar a Juan Fernández y después lo dieron de baja en el ejército. Yo leía los libros que le sacaba al viejo pero no entendía mucho. Yo estudiaba en el colegio. No era muy porro. Pero ni mucho ni poco. Lo suficiente, como todo el mundo. Empezaban a morirse los parientes viejos.

Cuando llegamos a la pieza que ocupaba la tía abuela––el resto de la casa estaba tapizado de una capa de huaipe, papeles, cubiertos y platos sucios. Según una de mis tías los arrendatarios ya lo habían revisado todo. Yo abrí un baúl viejo de madera y encontré paquetes de acciones  y cartas de las compañías anunciando dividendos y las reuniones de accionistas. Una enorme cantidad de estampillas; una gran cantidad de chauchas de cobre y algunas de plata, cincos y dieces. Monedas antiguas y extranjeras incluso un dólar americano macizo. Un paquete casi nuevo de naipes chilenos y un libro de astrología lleno de marcas de lápiz rojo y las puntas de las páginas dobladas. Tarjetas de pascua recibidas desde el año 27, algunas fotos amarillentas de mi bisabuela, de moño y vestido largo. Un revólver viejo, descargado, que imagino sería 22 y que mi tía me arrebató mientras yo lo examinaba (después supe que se lo dio a los arrendatarios). Un libro de cuentas del boliche. Varios cuchillos herrumbrosos de cacha blanca, de hueso creo, y atados de hierbas secas. Algunas medallitas de aluminio y bronce y otras cosas del mismo estilo que sería fastidioso enumerar. Por dentro, en la tapa del cofre, una imagen de unos veinte por quince de la Virgen del Carmen, a todo color y marco dorado. Fija en el fondo por una cinta de scotch que recorría los bordes, negra, grasosa, ausente en algunos sitios, una foto grande del abuelo joven, teniente, la cara pétrea y los ojos claros grandes e inexpresivos. Es cierto que por esa época yo era muy fantasioso. Leía mucho, andaba con libros en los bolsillos y cuando eran grandes los recortaba a punta de gilé para que cupieran y por varios años ni supe qué pasaba porque a veces incluso leía parado en las micros.

Ahora el viejo estaba inválido y ya no me obligaba a caminar cuarenta cuadras  al día como cuando yo tenía 8 y ya no salía a matar animales ––conejos o lo que fuera––cerca de Vicuña, donde tenía conocidos con fundo. A veces a la vuelta llegaba con bolsas llenas de paltas y papayas. Ahora llegaban los amigos a ver al Coronel y hablaban de platillos voladores y de la filosofía rosacruz mientras el abuelo los miraba sin hablar con sus ojos húmedos y después ya no iban más. Algunos se morían y las amistades de la familia eran ahora ex empleados de banco y vendedores de casas comerciales. El viejo estaba inválido desde hace veinte años, volviendo a ser chico, olvidándose de todo, hasta del jardín que hay al otro lado de la ventana, hablando a veces con personas de antes. Pedía a veces la lupa y leía la misma revista, miraba las fotos amarillentas, de él mismo en uniforme, del Caballo, de bigotes y cara cuadrada, luciendo la banda presidencial. O leía las palabras que había escrito en los muebles, en el reverso de las fotos, hace como diez años atrás, como para no olvidarse de escribir, o como si estuviera empezando a escribir de nuevo. Y los otros, como hace tantos años, dicen, seguían parados en las esquinas, con sus bototos o sus tenidas flamantes, pero sin engañar a nadie, al aguaite, a la pesca de alguna palabra, de algún gesto, para mandar a otros relegados a otras islas, o hacerlos desaparecer, mientras las palomas se desprenden de las cornisas de la Plaza de Armas a caminar con torpeza por la calle.



 

 

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