Magnífica criatura y escritora de raza, desdoblada en auténticos valores intelectuales y humanos, la personalidad de Marta Brunet conquista como sus libros. Una inteligencia abierta y acechante, que nada desperdicia del espectáculo anímico; un temperamento cordial y receptivo, fino y profundo; una buena catadora de psicologías y situaciones; una sensibilidad infinitamente adelgazada en la experiencia y la madurez, explican el irresistible don de simpatía comunicativa que irradia la más grande novelista de Chile y, acaso, de toda nuestra Hispanoamérica, tan fecunda empero en mujeres literariamente relevantes, pero de preferencia volcadas hacia el territorio de la poesía.
La famosa narradora chilena, de celebridad internacional, es un ser completo y complejo, cuya peripecia vital la ha llevado, desde el Chillán natal y su infancia de niña rica, condicionada por la fórmula tradicional —y a veces perjudicial— de "hija única, padres devotos, viaje a Europa, institutriz suiza, perros, gatos y juguetes", a la extraña joven que salta sobre convencionalismos para ir al encuentro del mundo, forjándose el propio, a través de la creación literaria, con una audacia y una desenvoltura escandalosas para su medio y su hora, de limpia y desnuda franqueza, cuyo acento asombra y alarma, sin que cueste mucho advertir la profunda salud moral que lo abona.

¿Cómo se hizo escritora, Marta Brunet? Nunca se saben bien esas cosas. Leer y más leer puede llevar a escribir, en algunos casos. Pero eso que es, sencilla y fatalmente, destino, no tiene explicación, y es difícil retroceder hasta encontrar la génesis del delgado hilo de agua que se volverá torrente. Fueron versos lo primero; versos manaron en el origen de la vocación; muy malos, malísimos, según ella, desencantada pero con sentimental apego hacia los mismos. Y, de golpe, la reveladora prosa de "Montaña adentro" (1923) puso ante los ojos de la crítica a una prosista de auténtica raíz, en aquella muchacha sureña y mimada, curiosamente capaz de aprehender el mensaje secreto de la vida, encerrado en hombres y paisajes de su tierra y decirlo en un lenguaje sin balbuceos de iniciación, firme y maduro desde el comienzo, sabroso de vocablos y modismos populares, prendidos en la urdimbre de un castellano perfecto, de rancia prosapia española, al cual la inclusión de criollismos confiere vivacidad, agilidad, colorido y calidez.
Formada en un hogar señorial, no desmiente su cuna: es un sello que no se borra nunca; pero, ceremonioso y severo el padre, muy gran dama a la antigua la madre, vaya a saber de quién sacó la hija el lindo e independiente carácter reidor, que nada tiene que ver con lo superficial o lo frívolo. La sonrisa fácil y movida de Marta Brunet, escamotea dulcemente una vasta sabiduría que se adivina sin que la diga, el inevitable convencimiento del reverso doloroso de ser y existir, con su secuela de amarguras; esa soledad obsesiva de cada uno, que es en el fondo el mensaje sellado de todos sus libros. Soledad, duda, humo, desesperanza, resignación, muerte: términos de una ecuación cuya respuesta es el crucificado ser humano, desvalido árbol de otoño, sin perspectivas de otra primavera ni promesa de eternidad.
Cuentos y novelas, fábulas y narraciones para niños, forman el acervo de Marta Brunet, ya en la hora seria de las "Obras completas", aparecidas en Chile en 1964, aunque se dijera que aún es temprano para esos monumentos definitivos, para quien está en plena juventud de producción constante.
La íntegra lectura, que amarra y monopoliza, produce cierto estupor, un ¿dónde está allí, "la autora"? pese a estar en cada línea? ¿Qué dice o calla de sí misma, Marta Brunet? ¿Quién es, Marta Brunet? Subyugada por sus creaturas, se somete a ellas, las echa a andar vivas, y se retira; las deja hablar y actuar sin "contarlas", con un estilo enérgico, que se enfrenta sin miedo con la vida y la capta en su crudeza, sin desvirtuarla embelleciéndola, pero sin recurrir nunca al expediente fácil del chapoteo de ciénaga, obsceno y antiestético, que hoy parece moda, como si lo feo y sucio fueran ingredientes indispensables para vender más un libro. ¿Temas? ¿Personajes? Pues, los eternos de la "comedia humana", replanteando su drama en el viejo repertorio universal, con el mismo conflicto que se resume en las palabras vivir, amar, odiar y morir.
Sin lugar a dudas, la novelista supo apoderarse del estupendo paisaje chileno, y su patria le prodigó el mejor escenario, con esa abrupta realidad del telón andino, con sus ganados, sus valles profundos, sus ríos murmurantes, sus hierbas humildes y aromáticas.
Confesión autobiográfica: "Mis primeros años de narradora de la vida rural chilena me valieron el asombro de la crítica y el escandalizado comentario de mi medio provinciano. Que nadie entendía el conocimiento de la muchacha que era yo, en decires montañeses, en pasiones primarias y en una cruda realidad puesta de manifiesto sin ambages algunos". Esa vida rural desfila por sus páginas, potente, animada, verídica, sin artificios retóricos. Un ejemplo, casi al azar:
"Trotaban los caballos levantando nubes de polvo que el sol de estío doraba, envolviendo en un nimbo la montaña resonante. Flameaban las mantas colorinas, los estoperales de las monturas brillaban con destellos de plata, las prevenciones policromas se mecían con las rituales apetitosas, tintineaban las enormes rodajas de las espuelas, restallaban bajo la cruda luz matinal las percales rojas, verdes, amarillas, azules, de los trajes de las mujeres. Las chupallas de ancha ala sombreaban los rostros tostados por el sol, rostros de greda dura en que los ojos brillaban dóciles... y reían las bocas mostrando la deslumbrante blancura de los dientes. Frases picantes iban de uno a otro grupo, como saetas que trataran de hacer saltar al novio".
No es fácil conseguir del lenguaje, tal fuerza plástica, tales sensaciones de movimiento, color, exuberancia y júbilo. Otras, es la frase feliz y expresiva: "anchos los pies, contentos los pies en unas alpargatas". A veces, la breve página antológica, cándida, pueril y triste, como en "La niña que quiso ser estampa". En ocasiones, la descripción vale por un aguafuerte que cobrara vida:
"Las viejas parecen labradas por el tiempo en troncos de árboles, grises de arrugas. Fuman cigarros de hojas y acrecientan su impasibilidad, arrebujándose en mantos negros. Es mañana de domingo, recordativa de sol, pero ellos permanecen en su perpetua noche sabática. Los hombres van y vienen, cargan, descargan, trafican, truecan, regatean con lentas razones, porque las palabras les llegan del cogollo y se demoran al ritmo del poroto... Las espuelas les obligan a marchar en puntas de pies, con andares de gallos cuidadosos de no tropezar en sus excesivos espolones. Llevan trajes de diablo fuerte, perneras de cuero, y tan pronto las mantas de castilla les apesadumbran con su noche, como los ponchos marianos vociferan desde sus hombros todos sus colorines".
No es frecuente tal reciedumbre y concisión en estilo de mujer. Otras veces, es el embeleso poético el que nos detiene, la emoción que desborda, como en el caso de la niñita de "Humo hacia el Sur":
"Ella es un árbol, se ha convertido en árbol. Tiene un nido sobre el hombro y en los dedos le cantan las hojas. Está llena de ramas, de pájaros, de maravillosos mensajes. Sus raíces se hunden por la tierra entre claras vetas de agua, raíces que llegan más abajo de siete estados de tierra, justo donde los enanos se afanan separando por montones las piedras preciosas. Ella es el árbol que canta, el pájaro que habla y el agua de la vida".
Y nos basta con esto para pensar que si los versos iniciales fueron de veras malos, la Poesía de hoy, en cambio, es excelente...
Experta conocedora de leyendas y supersticiones populares, Marta sabe pintar a la perfección esas campesinas semi brujas, semi curanderas rezadoras de salmos y maleficios, hermanas más humildes de las brujas de "Macbeth", que prometen a cambio de una moneda, el amor, la venganza y la muerte con sus bebedizos nauseabundos e inocentes. Y, asimismo, su entrañable ternura por niños y animales, le permite crear personajes como la adorable Solita, dulce y voluntariosa criatura embaída en su universo de fantasía, que superpone a la realidad el esquema ideal que edifica su imaginación; o inventar fábulas encantadoras con animalitos humanizados y poéticos. Se advierte en los "Cuentos para Mari-Sol", en "Las historias de Mamá Toleta", en "Aleluyas para los más chiquitos", el gozo intenso, la alegría de la autora al moverse en ese ámbito de magia y ensueño, que transita muy a sus anchas, disfrutándolo como una niña más, al tiempo que lo crea.
Pero es la plural cantera del alma la que brinda a Marta sus materiales mejores, los más duraderos. Cada personaje tiene individualidad, es verdadero, con sus claroscuros, sus humanas y lógicas contradicciones, con su psicología propia: Se mueven con independencia, como si al ponerlos en la vida, los dejara actuar y correr solos la aventura de sus destinos.
En sus grandes novelas — "Bienvenido", "Humo hacia el Sur", "María Nadie" y "Amasijo" —, hay una extensa y matizada gama de penetración psicológica, de observaciones profundas, de asertos definitivos sobre la naturaleza humana. No cabe el comentario detallado, en el espacio de un solo artículo. Pero personajes de la calidad de doña Batilde, dura, agria, capaz de destruir su propia obra y preferir la muerte a transigir, en "Humo hacia el Sur"; de esa María Nadie calumniada a quien se supone una historia de depravación y orgullo, cuando sólo es una pobre mujer desventurada que quiso recuperar su equilibrio, aunque descubre que ni vivir en compañía ni vivir sola le trajo la paz; o el triunfador Julián de "Amasijo", que no puede saborear el éxito ni disfrutar de sus millones, víctima de oscuros y tenebrosos complejos nacidos de inhibiciones infantiles que le desviaron de la sana normalidad y le dieron el suicidio como única salida, están trazados magistralmente. En el conjunto de su obra, merece subrayarse, como fragmento perdurable de la literatura de un país, la avasallante descripción del incendio, en "Humo hacia el Sur", de un patético realismo, que acongoja y mantiene en vilo, dejando una sensación de asfixia, de vértigo, desolación y humareda que envuelve al lector. Y, reiteramos, de sus personajes, entresacamos la deliciosa imagen de Solita, de esta misma novela, personaje que la autora retoma como motivo central de un puñado de cuentos, "Solita sola", niña imaginativa, aventurera de su pequeño mundo, feliz con su doméstico zoológico; inolvidable.
Lectura y relecturas de los libros de Marta Brunet, nos confirman la presencia de una mujer singular, llena de sinceridades, y que sin embargo dice poco de ella misma en lo que cuenta. Hay una zona vedada, zona de soledad, esa soledad que tanto la ocupa y preocupa, y no podría ser de otro modo; la grandeza tiene su precio, y es lógico que Marta Brunet calle aquello que no hay por qué decir. Es tan capaz de escribir un libro de cocina, como de abrir un consultorio de quiromancia, que con ambas cosas cuenta en su biografía. Como de escribir esas novelas geniales que se leen por todas partes, que se agotan y se reeditan en numerosas ediciones, que salen de Chile y se traducen a otros idiomas, para que nadie ignore en el mundo de la cultura que una gran solitaria puede abrirse con su talento el camino hacia el corazón de las gentes.
Privilegio es tener entre nosotros a Marta Brunet, muy chilena y muy universal.


