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Pistas sobre El hábito elemental, de Maurizio Medo

Por Felipe Ruiz

 

Debemos comenzar por el final:

He recordado Lu,
Que todo es recuerdo
Salvo el amor

El problema es vasto: recuerdo y amor. Pero no un amor que es recuerdo, sino un recuerdo que es totalidad frente a aquella singularidad que lo sobrepasa: el amor. Pues no vayamos a caer aquí en la obviedad ridícula de pensar que el amor es lo total y la totalidad de lo que hay es amor. El amor es una singularidad, una excepcionalidad frente a la totalidad: y es por es que posiblemente Medo lo exprese así, salvo el amor.

El amor no obedece así a ningún programa que lo inserte en alguna política de estado, empresarial o religiosa de la totalidad. No participa desde ningún ángulo en la ley de la tarima ni el en espectáculo de graderías. Por el contrario, el amor se manifiesta como la soledad más absoluta del hombre frente al recuerdo. Lo que Medo expresa en esos versos es posiblemente el mayor intento de una conjetura del recuerdo y del amor en nuestra época. Y esta época ha dejado de ser, honestamente, época posmoderna, como también era del fin de los grandes relatos. Es, posiblemente, una época de apertura, y no de cierre: pero apertura desde la víctimación, desde los subyugación, que nos vuelven a recordar que el porvenir no es la manifestación de una pax duradera, sino de una guerra encubierta.

Esta es la época donde la técnica parece devolver la experiencia humana hacia una nueva precariedad. La técnica moderna ya no parece ofrecernos problemas en relación a su alcance y cura – no queremos ya curarnos de la técnica -, sino antes bien, parece que nos abocamos con mayor certeza a indagar en la serelidad con que la técnica se comporta como un nuevo factor de indigencia ante la total dependencia que de ella hacemos. Un ejemplo de lo más suregente podría ser la depedencia del petróleo y el consumo por parte de los automovilistas de este crudo. El automóvil parece hacernos totalmente dependientes de un determinado modo de entender y vivir la ciudad. Su uso parece dividir a los ciudadanos desde un lado de la ciudad frente a los otros, los peatones, que son otros. Pero

El hombre que zurce la suela en tu zapato
Es un gran cirujano.
Al escarbar el polvo adherido en el cuero
Permanece asombrado pues ve ahí los escondijos
Por donde has escapado. Casi te mira el alma,
Adivina tus secretos prohibidos y el sueño más vago.

¿No es la aventura de El hábito elemental la recuperación de un sentido nuevo de la experiencia de dependencia que tenemos respecto de los útiles técnicos? Y si así fuere,  es el zapatero remendón una doble proeza poética: por un lado, posicionar un nuevo alcance del hombre respecto a su situación de peatón y, por otro, elevar la categoría de arte al zapatero, y con esto, desplazar las pequeñas economías desde lo doméstico hacia una nueva relación con lo poético.

Es por esa posición de indigencia del hombre respecto de la técnica que el combate poético debe ser posicionado no desde la indigencia de la poesía, sino desde una altura, desde una dignidad inherente, para la que el peatón hace las veces de recuperación del flaneur del siglo XIX, ahora adaptado a las nuevas condiciones de producción del hombre: trabajo y dependencia. El zapatero remendón es el juego efectivo de esas voluntades de acción. Pero es, también, la envoltura de una obra que reviste la destreza de aplicar sobre la condición del poema la viruta, el quiste de un nuevo y complejo juego: se trata del hábito.

Algunas estrategias de El hábito elemental.

Nuestra pretensión no es abarcarnos a una sociología del texto de Medo. Pero tampoco diremos: nuestra intención es modesta. Más bien, las implicancias del hábito con posicionamientos de escritura distintos y distantes del canon occidental tradicional nos obligan a mirar de un modo complejo y no ingenuo sus posibles cruces. El hábito elemental es desde luego un poema que se inserta en la tradición de la poesía poundiana y pos poundinana y hace eco de esa tradición, de la cual se sirve para hacer un uso inteligente de estrategias enunciativas y formas poéticas liberadas del andamiaje enunciativo de la tradición propiamente occidental.

El hábito elemental destina gran parte de su operativa poética a superar la distinción entre poema individual y obra, pero no abandonando en lo absoluto la solución clásica de titulación de los poemas. El canon Occidental ha jugado siempre la operación disyuntora (porque es dialéctica) de dividir por opuestos la obra poética: verso libre/endecasilábico, poemarios/obras poéticas. Ante estas disyuntivas, es necesario operar cercenando las operativas dialécticas pero sin evitar las complejidades.

Las complejidades las manifiesta una relación distinta con la titulación de los poemas que resulta evidente como evidencia de un trabajo de obra que no opera a  un nivel de registro, puramente intuitivo, sino como un aspecto programático del trabajo poético aquí presente.

Es así como se puede pensar que la titulación del poema en El hábito elemental no busca afincar cada opus en el registro de una voz unívoca, sino sintetizar el desacuerdo formal que translucen estos poemas en relación a la experiencia epicéntrica, al radio de acción específico y centrado en lo que se ha llamado comúnmente la “temática”.

La titulación de los poemas aquí es de mayor alcance la formula es: la estructura de soporte. En ella, el poema sirve de juego especular como soporte a la estructura final de la obra. La titulación de los versos nos remite a la experiencia particular de la temática, pero es también posible sostener que ella reposiciona y da un nuevo aliento al “poemario”.

Ahora, con mayor voluntad que antes, debemos admitir que lo clásico no sucumbe ante la renovación.

La estructura de El hábito.

El problema de la estructura del poema debería ocuparnos en lo más profundo de nuestro quehacer. La estructura no es igual al diseño de la obra, pero si ostenta el mismo estatuto: debemos pensar que el poema contemporáneo no resiste el paso del tiempo únicamente en su función contenidista, sino que también en una estructura que hace las veces de fundamento. Por ello mismo, es pertinente pensar que obras como la de Ernesto González Barnert, Higiene, si bien pueden presentar poemas de corte existencial de alto vuelo, no presentan el desarrollo de una estructura cuya forma prefigure un salto radical o un cambio de rumbo frente a sus pares. Así mismo, si bien el poema Criminal de Jaime Pinos se presenta como un cuerpo unitario poderoso y coherente, no desarrolla una operativa novedosa en cuanto a su estructuración.

Todo hace pensar que el seccionamiento con números o con conceptos se realiza como acción recurrente entre las obras contemporáneas, y es así también como el uso de ese tipo de estructuración se ha convertido en un evento arquetípico.

Nada más lejos de ello se ha situado El hábito elemental, de Maurizio Medo. Este entrecruza el seccionamiento por concepto con un juego novedoso e inusual: un título de poema es re – usado para un título de capítulo. Es así como en la parte final de el hábito el antiguo título Los nuevos hábitos, ahora opera para ser usado en el título de una sección. ¿Se divisa acaso un cambio notable de sentido en esta operación? Sin duda, la estructura cada vez con mayor insistencia cobra importancia en las obras desarrolladas en Perú, México y Chile.

Pero en el caso de El hábito, es palpable también que este juego resulta de una experiencia nueva, forjadora de un nuevo paradigma, con relación al fin de la poesía y su estructura. Las comparaciones suelen ser perniciosas en algunos casos. En otros, sin embargo, resultan clarificadoras, pues permiten liberarnos del sesgo que un autor nos confiere como unívoco paradigma. Es necesario en tal sentido leer el texto de Medo en comparación con otro autor que ofrece, en una trilogía, una obra de igual ambición estructural: me refiero a Germán Carrasco. Éste último ofrece una obra de poemas particulares donde nunca se abandona la ambición de una obra unívoca, cerrada y autónoma. De tal modo es necesario recordar los textos que Carrasco publicara bajo los títulos de Insidia del sol sobre las cosas, Calas y Clavados. Sobre todo en el último, la operativa se ofrece en el sentido de un acabamiento progresivo de la obra Clavados que, paulatinamente va cuajando, hasta desaparecer con un poema final donde de modo más o menos evidente y esperable se habla de la muerte. El movimiento de cierre puede considerarse al igual que los momentos donde la obra va a caer desde la mañana hacia la noche. En efecto, los últimos poemas de Carrasco se ofrecen a la noche y su condimento esencial ese esa atmósfera de acabamiento presente, también, en otra de las obras cumbres de nuestra poesía: Residencia en la tierra, de Neruda.

El hábito elemental ofrece una salida frente a esa estructura y la renueva. No es nada que hayamos visto en nuestros lares: ella mira hacia una disposición nueva del texto, luego del poema Nocturno. La pregunta que uno podría hacerse a ese respecto es: ¿Por qué continúa el poemario? ¿No era el momento de cerrarlo? Desde luego, la novedad me entusiasma y uno podría decirse que supera a cualquier juego paródico, intra textual o inter textual de obras como las de Bolaño, Carrasco o Vila Matas. La obra de Medo rompe con la muerte sin fin de nuestras estructuras poéticas. Es una obra canónica porque sienta el precedente de cualquier expectativa futura.

 

 

 

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