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Los carnavales que se perdió Andrea

Por Óscar Barrientos Bradasic

 

 

 

 

 

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El Carnaval de Invierno se aproxima a pasos agigantados y por las calles de Punta Arenas circula ese espíritu jubiloso que anticipa la fiesta, el desenfreno, las batucadas que vendrán, los carros alegóricos y su prolongación en el telón del amanecer, ese telón que me saluda esta mañana bajo el espejismo del estrecho con sus olas frías.

Debiera estar contento y sin embargo, me encuentro melancólico. Sé que la estridencia arropará la bellota del silencio que duerme en el centro de la ciudad austral. Intento comentárselo a un amigo, pero éste me explica que los cielos grises, que la falta de luz, que la inmediatez de la oscuridad nos pone a todos un poco pensativos, que tome flores de Bach, que haga yoga, que lea un libro de Pilar Sordo. –No, no es por eso-le digo- es por la dimensión demasiado tajante de lo perdido, es por lo irremediable del pasado.

Mi amigo me mira con extrañeza, sorbe un poco de su schop. –A usted, la cerveza le malogra el juicio- declara luego- Se me bota a filósofo, compadre.

Pero yo creo que uno a cierta edad debiera perdonarse algunas cursilerías.

En Punta Arenas, los carnavales de invierno son descendientes de las antiguas fiestas de la Primavera. Mi madre fue reina de los Tijerales Universitarios cuando estudiaba en el Instituto Comercial. No obstante, los carnavales se volvieron a instaurar en el nuevo  formato a comienzos de la década del 90,  prácticamente con el inicio de la democracia. Antes de ello, los magallánicos andábamos buscando el espacio de reunión festiva en otros lenguajes, en tímidos y anodinos mitines.  Yo era un adolescente cuando aquello y este anuncio de un nuevo carnaval trae oculta una reminiscencia.

Eran los tiempos del café Garogha y la discoteque Eclipse, de los helados Tito, de los comics de Marvel, de los cassettes pirateados de la trova cubana y Los Prisioneros, de un Punta Arenas con olor a puerto, de una fiesta democrática que prometía la alegría, la gran casa construida por todos y no las mediaguas que proliferaron en las poblaciones a raíz de uno de los desbordes del río de las Minas que parecía tragarse las avenidas.

Insisto, ya es hora de perdonarse ciertas cursilerías.

Si pienso en ese tiempo no puedo dejar de recordar a una muchacha de cabello claro y nariz respingada.  La historia del primer amor no debiera tener retórica ni trampas narrativas. No éramos Tristán e Isolda, Ulises y Penélope, Abelardo y Eloísa. Nada eso. Eso no quiere decir que no hubiese contrastes: A ella le gustaba bailar y yo bailaba (bailo) como si anduviera pisando cucarachas; a ella le atraía la música en inglés y a mí en español; ella era (es) de derecha y yo era (soy) de izquierdas; yo estudiaba (por decir algo) en un colegio de curas, de cuyo nombre no quiero acordarme, y ella en un colegio particular cuyos dueños era unos sátrapas que lo llevaron a la bancarrota;  ella soñaba con recorrer el mundo, yo deseaba con urgencia la felicidad histórica mañana mismo al despuntar el día; a ella le gustaban las telenovelas mexicanas y yo escribía unos torpes poemas y cuentos que terminaron en los cementerios del olvido.  Se llamaba Andrea y ahora es ese recuerdo que antecede al carnaval.

No es la primera vez que aparece su imagen en mis evocaciones, recuerdo que cuando estudiaba literatura en la universidad, nos enseñaron un poema de Enrique Lihn que se titulaba “Para Andrea” y se ajustaba mucho a su personalidad: “Ella baila con sus alas de artista/como una gitana al son de violines húngaros/y no se detiene dos veces en la misma flor.//La mariposa no puede recordar que ha sido oruga/así como la oruga no puede adivinar que será mariposa/porque los extremos del mismo ser no se tocan”.

Recuerdo que con Andrea salimos a celebrar el triunfo de Coco colo en 1991 por  la Copa Libertadores de América en la final contra Olimpia de Paraguay. (Otra diferencia, yo soy de la U). Pero la ocasión ameritaba y la ciudad fría, con sus avenidas de acero parecía inundada de una euforia pocas veces vista. La alegría es un fenómeno transitorio, no se puede prometer como estado permanente. La felicidad es una ventisca que se deshilacha y que a sus anchas, se lleva algo de nosotros.

Desde la ventana de su departamento (al lado del actual casino)  vimos los juegos artificiales de año nuevo que decoraban la noche portuaria y nos prometíamos ingenuamente un porvenir repleto de sueños. Esa es la pirotecnia del primer beso. Su sonrisa contagiosa y chispeante, su persistente voluntad por tragarse la vida, ahora es un recuerdo que antecede al carnaval.

Intento decírselo a mi amigo, pero él me insiste que se viene el Carnaval de Invierno, que tome flores de Bach, que lea a Pilar Sordo. Pero yo le respondo que nunca pensé que recorrería lejanos países de cielos degradados y que siempre volvería a mi ciudad, para saborear ese frío que el silencio dosifica en las líneas de la crónica. No sé si Andrea aún mira telenovelas mexicanas y si finalmente recorrió el mundo, sólo sé que hace años que no vive aquí y por ende, se perdió varios carnavales de invierno. Creo que en esa muchacha despreocupada y festiva habitaba la geografía de mi adolescencia, ese irrepetible apetito por la totalidad que sentimos cuando estamos enamorados o creemos clavar la bandera en el corazón de la utopía. Antes de los horarios y las frustraciones, de la época en que nos acoplamos al rebaño, del conformismo que nos imprimen los ceros, las colas en los bancos, el hastío de comprar regalos para gente que nos cae mal.

Pronto los carros alegóricos volverán a desfilar por las calles asoladas por el inocente estero que las lluvias volvieron un mar negro, igual o peor que en el 90. A lo lejos, el estrecho aplaca con su vaivén el canto de los barcos que se hundieron en sus aguas llevándose también los sueños fundacionales de sus tripulantes.

-En un par de días comienza el carnaval de invierno- me dice me amigo mientras caminamos por avenida Bulnes cerca del monumento al Ovejero.

-También se lo perderá Andrea- me digo subiendo las solapas de mi abrigo- No hay paraísos. Únicamente los que construye la memoria. Cuanto más transcurren los años, los recuerdos parecen más hermosos.



 

 

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