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Poemas de la era nuclear, de Óscar Hahn

Por Eduardo Moga
Letras Libres, Julio de 2008

Poemas de la era nuclear, de Óscar Hahn (Iquique, Chile, 1938), es una antología que recoge poemas escritos entre 1968 y 2001, muchos de ellos inéditos. Su primera sección constituye un vigoroso alegato antibélico, en el que se evoca el horror de Hiroshima y Nagasaki, y se consignan escalofriantes imágenes de la reciente guerra de Iraq. El expresionismo conviene a la naturaleza apocalíptica de lo descrito, pero el grito en que se erigen los poemas es un grito delicado, que hace tolerable la violencia que denuncian. Las piezas se articulan inteligentemente, con pertinentes juegos simbólicos –como la correlación numérica de las primeras, que concluye en la titulada “Reencarnación de los carniceros”, precedida por el número de la bestia, el 666– y airosas gradaciones, como la que compone “En la tumba del soldado desconocido”, que empieza con la alegría que embarga a quienes parten a la guerra y acaba con su muerte y su olvido. Los ecos antiyanquis, empero, no tardan en aparecer, y uno no acaba de entender que la imperfecta pero democrática sociedad estadounidense sea la sociedad denostable por antonomasia, el paradigma del pueblo hipócrita y cruel que inflige dolor al mundo, como parece desprenderse, por ejemplo, de “Familia americana”: “Bombardean Hanoi/ Bombardean Bagdad/ Bombardean Kabul// Pero ellos son piadosos/ y adoptan a los huérfanos”. En otra estimación sesgada, si no torticera, del daño que sufren los seres humanos, Hahn critica con acritud –y con razón– los bombardeos de Iraq, pero el atentado contra las Torres Gemelas sólo es un pretexto para un poema de amor.

La segunda y más breve sección de Poemas de la era nuclear está dedicada a la música. En media docena de poemas, Hahn rinde homenaje a algunos de sus estilos o intérpretes favoritos, como el jazz, Elvis Presley, John Lennon o Kurt Cobain. En dos de las piezas practica un rasgo muy posmoderno: la mezcla de referentes. Así, San Juan de la Cruz escucha a Miles Davis –ambos penan en el calabozo–, o The Eagles y José Asunción Silva –el exquisito poeta colombiano, admirado por Unamuno, que, tras departir con los amigos, se pegó un tiro en la pechera– confluyen en el Hotel California, such a lovely place. Esta convivencia de personajes, asuntos o técnicas disímiles se mantiene a lo largo del poemario: los sonetos consonantes se avecindan con la música pop, y la poesía cortesana se entrelaza con la astronomía: “Las catedrales azules del cielo esplenden en la noche sin fin/ y sus vitrales de colores dejan pasar la luz de otros mundos// Tu locura mi cielo brilla en la noche estelar// De tu frente sin orden/ se alza un arco iris que acaba en mi frente”, leemos en “Hipótesis celeste”.

La tercera sección del libro examina, con irreverencia y humor, los conceptos de la religión. La epífora –“fijensé”– que atraviesa el primero de los poemas que la componen, “Fábula nocturna”, es un buen ejemplo del gusto por la experimentación retórica de Hahn, y de su burbujeo verbal. En Poemas de la era nuclear abundan las repeticiones y los calambures, como manifestación de su inclinación, en ocasiones excesiva, por los juegos de palabras: “Tienen rabia contra el mundo/ Tienen rabia contra el inmundo”, escribe en “Nirvana”; y en “Sociedad de consumo”: “Examinamos el nuevo producto/ anunciado por la televisión// Y de pronto nos miramos a los ojos/ y nos sumimos el uno en el otro// y nos consumimos”.

En esta práctica de lo ingenioso radica lo mejor y también lo peor del libro. Y donde mejor se advierte es en su cuarta sección, la más extensa, dedicada al amor y a sus tribulaciones, que se derraman por una cotidianidad elemental y ardua, encendida por el recuerdo del deseo y la cópula, pero también por la dentellada de la separación y la mortaja del olvido, y salpicada de manchurrones bukowskianos. Hahn acierta a menudo, y obtiene una emoción seca y grande, como en “Muerte de mi madre”: “existir no puede ser algo tan pobre/ como vivir metido adentro de un cuerpo/ que se hace escombros que se hace cenizas…”; o bien poemas crujientes como hogazas, recorridos por una sutileza que no es incompatible con lo coloquial, y que eleva lo insignificante, mediante la metáfora, de su légamo de insignificancia. Sin embargo, Hahn incurre no pocas veces en la obviedad. Algunos poemas son de una simpleza descorazonadora; otros, amorosos, resultan ñoños; otros, en fin, sólo pueden calificarse de fallidos. En “De la naturaleza de Dios”, por ejemplo, escribe: “Dios es una secretaria de pelo largo/ falda ajustada y escote pronunciado/ que cuando se inclina hacia delante/ se le ve la vía láctea”, versos desdichados en los que brillan el anacoluto, el tópico y la vulgaridad. Es la efervescencia lingüística, el voltaje y, a la vez, la delicadeza expresivos lo que evita que sus piezas más críticas e ideológicas se conviertan en propaganda: cuando no se tiene ese cuidado, la poesía desaparece. Así reza –y nunca mejor dicho– el epigrama “La última cena”: “La corrupción se sienta/ sobre los limpios cuerpos/ con servilleta y tenedor y cuchillo”. Hahn parece compartir, en sus peores momentos, la concepción de “la poesía en tejanos” que tanto popularizara en España la poesía de la experiencia, felizmente extinta; una poesía que concede al lector el placer de la nada, correctamente redactada. Así lo confiesa en el título de uno de los poemas, “Ninfas en jeans a la carrera”, y así lo reconoce también Alexandra Domínguez en su entusiasta prólogo: “[Hahn] se apropia de las epopeyas colectivas con el tono que siempre le será propio y que lo distinguirá de sus compañeros de generación, una cierta informalidad, una poesía, para decirlo con sus mismas palabras, ‘que no es de corbata, sino de bluyines’…”

El tono de Poemas de la era nuclear vuelve a subir en su última sección, que investiga en lo interior y se aproxima al delirio, pero sin abandonarse a él. Hahn proclama sus inquietudes existenciales en estos poemas elaborados con dísticos y fervor, sacudidos por calambrazos oníricos y hasta surreales, y no exentos de ironía. En “La muerte es una buena maestra”, las oscuras llamaradas del inconsciente –”un árbol lleno de pájaros muertos”– se mezclan con alusiones al Lázaro bíblico, a los náufragos del Titanic, a la pintura demoníaca de El Bosco, a la suicida Alejandra Pizarnik –”aquí no hubo ni extracción ni piedra ni locura”– y al Ave Fénix, para reconstruir el viaje de la muerte, emprendido ya por todos, temporal o definitivamente, y que atisba también el yo lírico, ingresado en un hospital, cuya sangre manipula un cirujano. La certeza del envejecer y de una nada cada vez más cercana culmina en un último poema, “Mar y cielo”, construido mediante inversiones, que traducen la confusión del ser y su desorden final: “Había pájaros en el fondo del mar/ (…) Había peces en lo alto del cielo/ jibias que nadaban con sus tentáculos sepia…”. A ese cataclismo existencial, no obstante, no se llega sin haber experimentado, en algún fugaz momento cuya razón desconocemos, un sentimiento de fusión con el universo, que nos redime de tanta ruptura y de tanta soledad: “cierra los ojos olvídate del mundo concéntrate en el sitio// donde el espacio de la mente y el espacio del cielo se juntan/ se juntan y se abren a dimensiones inconmensurables/ no hay adentro ni afuera hay algo que no tiene nombre…”.

 

 

 

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