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“Porque leí porque leí estoy viva”
Charla que tuvo lugar en el marco del tercer certamen del Festival de la Lira de Cuenca, Ecuador

Paula Ilabaca



 

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Mi padre hizo un librero y mi madre me regaló un libro
La lectura comenzó para mí al momento de recibir de regalo mi primer diario de vida en mi cumpleaños número 6. Esa fue mi primera experiencia: leerme a mí misma. Escribía ahí cosas como por ejemplo: “Hoy fuimos al Cajón del Maipo (un lugar donde hay campos y ríos, en la Cordillera cerca de Santiago que quedaba muy cerca de nuestra casa materna) y comimos pollo asado” o también decía cosas como “Hoy nos juntamos con mi prima Catalina y junto a ella y mi hermana cantamos canciones de Pablito Ruiz” anotación que seguía con las correspondientes canciones transcritas. Entonces yo sitúo en este lugar privado mis primeras lecturas, pues volvía a estos textos cuando quería recordar algo de un pasado muy frágil e inmediato; ya que después de todo ¿qué ocurre en la vida de un niño? ¿De una niña en este caso?

Un día mi madre me vio llorando, porque no quería leer Papelucho en vacaciones de Marcela Paz, un clásico libro de una gran escritora chilena, que a mí no me hacía gracia y debía leer para una prueba en el colegio. Fue entonces cuando ella me llevó al barrio de San Diego, un lugar en Santiago donde venden libros usados. Recuerdo que paseamos de la mano y ella buscaba un libro que ni un librero tenía, hasta que de pronto uno saca de un cajón un volumen de casi 300 páginas y le dice: ¿es este el que usted quiere, señora? Sí, le responde ella. Y sacó del dinero que mi padre le daba para la comida de la semana y compró el libro. Entonces me dijo: cuando lleguemos a casa, leerás este libro primero y después querrás leer Papelucho. Recuerdo que pensé: Papelucho tiene 70 págs. este es un libro grande y gordo… y sufrí en silencio. Fue así como llegué a Mujercitas de Louise May Alcott. Fue así como llegué a casa y leí el libro creo que en tres tardes.

Desde ahí la lectura para mí fue vertiginosa y entretenida, fue la vida, fue respirar. Gracias a mi madre conocí a Josephine March, una de las mujercitas que era ahombrada y traviesa, llena de vida y que era escritora. A través de la lectura y la escritura Josephine “la Jo” como le decíamos con mi hermana y mi madre, que también leyeron el libro cuando me lo pudieron quitar, lograba cosas a través de esta independencia, de su intensidad, de sus argumentos y de su pasión por escribir. El conocimiento de ese personaje me marcó a fuego y así comencé a buscar y encontrar cosas en mi hogar que antes no había notado.

Como era una niña que crecía en una casa de clase media, con la madre que había dejado su trabajo en una empresa para dedicarse a criar de lleno a mí y a mi hermana Daniella, y con el padre policía, la vida era sencilla en un sector alejado del centro de la ciudad. Mi padre un buen día tomó unas maderas del patio de la casa de dos pisos y bajo la escalera en un rincón muy preciso, hizo un pequeño librero y dejó los libros a la altura de las niñas (mi hermano Fernando aún no nacía, pero con los años fue un lector insuperable) supongo que para que pudiéramos leer. El padre detective compraba todas las colecciones de libros que aparecían en revistas y diarios, pero curiosamente tenía también allí obras completas de Shakespeare, Miguel de Cervantes y la Divina Comedia, de Dante ilustrada por Gustav Doré, empastadas en cuero y de ediciones muy cuidadas como descubrí con el tiempo ¿Papá, este libro de dónde apareció? Lo compré en España, decía él muy tranquilo, mientras leía por su parte otras cosas. Mi padre estuvo en la policía española casi dos meses antes de venir yo al mundo y cuando regresó a Chile, a los tres días yo nací.

En ese pequeño librero me leí todo lo que encontré de literatura chilena (en las colecciones de las revistas que él compraba, como dije antes), pero luego noté que su biblioteca personal, estaba un poco más alejada del pequeño librero con los libros a mi altura y la curiosidad me llevó a investigar en ellos. Así accedí a  los terribles libros de Criminalística que él había dejado en la parte más alta a la que yo llegaba subiéndome a una silla, luego a la mesita haciendo equilibrio para alcanzar los tomos más pesados y para luego leer a escondidas cosas de muertos, historias de sicópatas, métodos de suicidio y formas de descubrir la identificación de una persona a través de sus huellas dactilares, pues mi padre es Perito Dactiloscópico.

Al lado de los libros de Criminalística estaba Todos los fuegos el fuego de Cortázar y también una Antología personal de Jorge Luis Borges, que también leí. Imagínense esas lecturas a hurtadillas, midiendo el tiempo antes de que mi papá regresara a casa, sumado a Mujercitas, luego Julio Verne, luego Shakespeare a los 12 años, las hojeadas furtivas a la Divina Comedia, que, debo mencionarlo, era mi libro favorito para secar flores, pues era grande y de buen peso, pero me asustaban las ilustraciones del Infierno, así que no lo leí hasta más grande; todo aquello dio paso rápido a que le pidiera un escritorio a mi padre, quien en el mismo patio donde hizo el librero, confeccionó para mí un mesón amplio y de madera clara que ubicamos en mi pieza junto a mi madre a la luz del único ventanal, ventanal que daba hacia las calles peligrosas de nuestra villa, calles que recuerdo siempre por los cables eléctricos bajos, el rumor de los niños pirujas corriendo por el pasaje, los perros quiltros ladrando a más no poder: con ese paisaje yo empecé a leer… y a escribir.

Y escribí y escribí y leí y leí hasta que papá y mamá se preocuparon, porque prefería eso a ir a fiestas a la llegada de la adolescencia y luego ya pensaron que era serio cuando rescaté una máquina de escribir y tecleaba toda la tarde después del colegio, pasando en limpio y corrigiendo mis cuentos (sí, antes de la poesía, escribía cuentos y unas novelas que nunca terminé) pues yo escribía con lápiz grafito y con la goma de borrar cerca para que todo quedara limpio y ordenado. Así comenzó todo.

Huidobro -  Whitman - HH
En realidad las cosas comenzaron al toparme entre todos los libros con Vicente Huidobro. Recuerdo que se me voló la cabeza. Tenía 13 años. Lo que no había encontrado hasta ese entonces en Neruda ni en Gabriela Mistral, lo encontré ahí. Así llegó la poesía a mi vida. Uno de los  hermanos menores de mi madre leía mucho a Huidobro y cuando supo que me gustaba, comenzó a leerme sus poemas. Después de Huidobro pasamos a Whitman, poemas que él me leía en inglés y luego planteábamos traducciones que él me sugería y yo continuaba. Así llegó el texto poético a mi vida, sumado a una sensación de libertad absoluta, pues la verdad es que si a esa edad continuaba leyendo coplas y sonetos nunca me hubiera dedicado a la poesía, pero Whitman y Huidobro me dijeron: sí, se puede. Sí, esto otro también se puede, sí y sí y yo escuchaba por todos lados sí que me motivaron a escribir mis primeros poemas.

Ya en la época universitaria, en la carrera de Letras conocí a Héctor Hernández Montecinos, mi gran amigo y compañero. Con una infancia parecida, encontramos en el otro al mejor interlocutor y pasábamos tardes enteras en la Biblioteca de Campus Oriente de la Universidad Católica, recorriendo los pasillos y hablándonos en gestos, mostrándonos libros y poemas que nos gustaban, sacando fotocopias, repletando todos los espacios vacíos de nuestra vida con poesía. Después de esas lecturas, quisimos conocer a los poetas y Héctor comenzó a contactarlos en la recién iniciada era de Internet. Primero fueron los poetas chilenos de los ochentas a quienes leímos con gozo, luego con los años a nuestros compañeros,  los poetas contemporáneos de Latinoamérica.

Odiseo y Gregorio
Al terminar la Universidad me dediqué a la enseñanza en colegios y ahí tuve la difícil misión de encantar con la lectura a alumnos de secundaria que tenían entre 13 a 15 años. De ese tiempo recuerdo a dos viejos aliados: Odiseo y Gregorio Samsa. A través de las versiones mal traducidas y resumidas que mis alumnos leyeron de la Odisea, los chicos y chicas se sentían tan ajenos a lo griego, a Odiseo, a Nausicaa, que en una clase frente a distintos tipos de alegatos de su parte tuve que decirles: ¿Cómo no van a entender a Odiseo si ustedes mismos son héroes que muchas veces han pasado días completos o meses enfrentando obstáculos, disputas, amores inconclusos, no les ha pasado como a él, no han querido alguna vez regresar a Itaca?

Desde esa confrontación mis alumnos leyeron con mayor entusiasmo, se emocionaron con las aventuras de Ulises, se estremecieron con los cantos de las sirenas y lo más valorable, leyeron e hicieron suya esta lectura, buscaron en Internet la apariencia de Odiseo, pues al parecer necesitaban verlo y así llegaron a obras de arte, discutían conmigo sobre si debía quedarse con Penélope o alguna de las mujeres de su camino, si es que acaso Odiseo era moreno o rubio, en definitiva se vincularon con el texto y lo sentían como suyo y eso los hizo crecer y mirar la literatura de otro modo.

Con Gregorio Samsa y La Metamorfosis pasó algo mucho más intenso, pues mis alumnos estaban cercanos ya a los 16 años y recuerdo que en una clase les pregunté: ¿se han sentido alguna vez un poco como Gregorio, encerrados en su habitación, mirando su cuerpo, escuchando sus pensamientos y viendo que se transforman en otro que ya no reconocen? Les conté con mis propias palabras el momento en que el padre de Gregorio le arroja la manzana en el lomo a su hijo convertido en insecto y una de sus múltiples significaciones y la más tremenda: el ataque del padre. Noté cómo mis alumnos sintieron compasión o quizás se identificaron y me escuchaban con la boca entreabierta. Lo mismo cuando les conté que Gregorio escuchaba a través de la puerta cómo su hermana tocaba piano para los huéspedes del padre y después de ese relato les escribía en el pizarrón una frase del libro de Kakfa que decía: ¿sería una bestia que aún se estremecía con el sonido de la música? Vi a varios chicos con los ojos llenos de lágrimas al imaginarse esa escena. Por eso Odiseo y Gregorio son mis aliados en ese tiempo bello en las aulas, bello, pero de guerra.

Poesía y policía
En la actualidad y debido al trabajo que realizo en Chile, la lectura y la poesía se han transformado más que nunca en mi hogar. Trabajo con la policía civil en Chile, decisión que tomé hace ya unos ocho años atrás. Hace tres años que dirijo un Centro de Extensión Cultural que creamos para realizar actividades artísticas y acercar a la policía a la comunidad. Primero pensé que me quedé con este trabajo por mi padre, luego pensé que fue por tener cierta estabilidad laboral en un Chile que se cae a pedazos, pensé y pensé, y aún lo pienso, y aún pienso ¿qué hace una poeta en la policía? El otro día estuve reflexionando acerca de eso y al instante pensé: recordarles que no son funcionarios que trabajan para el Estado, si no que son seres humanos.

El otro día caminaba por mi barrio y pasé por una casona muy bella abandonada, cubierta de polvo y entre medio crecían algunas flores con mucha fuerza. Pensé: ojalá alguien me diera este lugar, porque lo sacaría de este estado inerte. Recordé el trabajo de gestión cultural que realizo con los policías y cómo he logrado que todo se llene de flores de a poco, lentamente, como si fuera la cámara de la película más lenta del mundo. Ustedes se preguntarán qué tiene que ver esto con la lectura, pero también sé que de inmediato se lo responden, pues tiene todo que ver. Yo no hablo con ellos de libros. Realizo mi trabajo de manera decidida y, en apariencia, dejando de lado a la escritora. Sin embargo ellos leen. Hemos hablado de libros. Al no hablar de eso finalmente es el tema del cual todos quieren hablar.

Me he preguntado cuántos años permaneceré allí, mientras los años pasan. Me he preguntado lo mismo leyendo sus cuentos, sus memorias, leyendo también en otro estado de la lectura, esa lectura que sólo el ojo del poeta, escritor, pensador, filósofo, intelectual, puede hacer. Esa ha sido mi lectura estos últimos años: la policía civil de Chile. Y mientras la realizo me ha acompañado mucho Gabriela Mistral. En momentos de mi trabajo en los que siento una profunda desazón, frustración y abandono, leo fervorosamente la Oración a la Maestra. Vuelvo a ella una y otra vez. Y pienso en la generosidad, en el amor, en la luz del conocimiento que un poeta puede entregar a otros seres humanos. También me acompaño mucho de Roland Barthes, Margaritte Duras, Susan Sontag, que los llevo conmigo a todos lados. O de la música que escucho sin ninguna curatoría, pasando desde Glenn Gould a La Roux, de Pergolessi a Los Platters, etc.

Les doy clase a los futuros policías: les enseño a relacionarse con el mundo a través de técnicas de comunicación. Mis alumnos me preguntan qué leo o qué me gusta leer. Les respondo con cierto misterio. Ellos, un poco frustrados, quieren saber qué opino de los escritores de best sellers. Respondo con evasivas, pero les doy algunos nombres. Sé que investigan más tarde de quién les he hablado. Lo sé. Pues si de verdad queremos motivar a la lectura debemos trabajar un poco con el misterio, ¿no?

Cuenca, Ecuador, noviembre 2011.


 

 

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Paula Ilabaca Nuñez.