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BOLAÑO SALVAJE
Edmundo Paz Soldán y Gustavo Faverón Patriau (Eds.)
Editorial Candaya, Barcelona, 2008, 502 páginas

Para lectores civilizados

Por Fernando Iwasaki
Revista de Libros de El Mercurio, Domingo 13 de julio de 2008.


Sólo cinco años después de su muerte, Roberto Bolaño se ha convertido en el escritor más admirado e influyente de la literatura en español, como lo demuestra la vertiginosa traducción de sus libros, la continua edición de sus entrevistas y la publicación de sus manuscritos inconclusos. En ese contexto, Bolaño Salvaje es una suerte de homenaje que al mismo tiempo quiere inaugurar los estudios de la obra de aquel chileno genial, convocando a críticos y escritores que admiramos y conocimos a Bolaño. Todo eso a mí me alegra y me place, pero no quiero que estas líneas contribuyan a la unanimidad que hoy nimba la memoria de Roberto, pues si algo le disgustaba a Bolaño era precisamente la unanimidad.

Existen la obra de Bolaño y la leyenda de Bolaño, una leyenda en que se mezclan de forma arbitraria el exilio, la cárcel, la enfermedad y una juventud airada, de donde ha surgido un golem literario que entusiasma al hispanismo militante del primer mundo, pero que habría asustado al propio Roberto. Ciertamente no voy a recrearme en los disparates psicodélicos y revolucionarios que se empeñan en distorsionar la biografía del autor de 2666, porque lo único que me interesa es puntualizar que nuestro Bolaño Salvaje requiere lectores civilizados.

En realidad, los textos que componen este libro podrían agruparse de una forma alternativa a la del sumario. A saber, estarían los testimonios personales de los escritores que fueron sus más próximos amigos (Ignacio Echevarría, Rodrigo Fresan y Enrique Vila-Matas); las reflexiones sobre su legado por parte de autores que también lo apreciaron muchísimo (Carmen Boullosa, Juan Villero y Jorge Volpi) y las miradas de otros escritores amigos sobre algún libro de Roberto en particular (Alan Pauls, Edmundo Paz Soldán y yo mismo). Por otro lado, tendríamos los textos críticos y filológicos, como el preparado por el traductor de Bolaño al inglés (Chris Andrews) y por los escritores que fueron lectores de Bolaño (Carlos Franz y Peter Elmore), por no hablar de las contribuciones estrictamente académicas (Matías Ayala, Paula Aguilar, María Luisa Fischer, Andrea Cobas, Verónica Garibotto, Jeremías Gamboa, Valeria de los Ríos, Juan Antonio Masoliver, Celina Manzoni, Jorge Carrión, Luis Bagué, Luis Martín-Estudillo y Gustavo Faverón). El libro se completa con una entrevista que Marta Puig y Sonia Hernández le hicieron a Bolaño para la revista "Quimera" (1998) y con un DVD que contiene un conmovedor documental de Erik Haasnoot titulado "Bolaño cercano".

Para empezar, advierto una enorme diferencia entre los ensayos de los escritores que conocimos a Bolaño y los textos académicos de los críticos y profesores que lo estudian a través de sus obras. Los escritores le hemos dado prioridad al Bolaño "civilizado" —quien lee y escribe sus libros desde la tradición literaria de Occidente— y la mayoría de los académicos se concentra en el Bolaño "salvaje", al que ven construyendo un nuevo canon, desairando las fronteras nacionales, abrazando causas revolucionarias y proponiendo una literatura híbrida, vanguardista y posmoderna. Por supuesto que Paz Soldán y Faverón no eligieron el título previendo esta contingencia, pero a mí me parece que ha terminado siendo muy acertado porque a multitud de jóvenes escritores, críticos literarios y lectores incondicionales de literatura latinoamericana les fascina todo lo que pueda parecer "salvaje" en la obra y personalidad de Roberto Bolaño. Y esta sería la unanimidad que me gustaría impugnar. Pienso —como Heráclito, supongo— que nadie lee dos veces el mismo libro y que a los clásicos siempre hay que formularles nuevas preguntas, precisamente para que nuestra lectura personal de los clásicos no se parezca a ninguna otra. Así, Kafka ha sido esencial para Borges, García Márquez y Bolaño, pero el efecto bienhechor de la lectura de Kafka es único e intransferible tanto en Borges, como en García Márquez y Bolaño. Por lo tanto, Kafka formaba parte del canon personal de Bolaño porque cada escritor elige su tradición a partir de sus lecturas. ¿Y un escritor chileno sería "salvaje" por tener a Kafka dentro de su canon? Todo lo contrario: si en su canon sólo hubiera habido escritores chilenos, entonces Bolaño habría sido "salvaje", como esas ignotas y endogámicas tribus amazónicas que de cuando en cuando son entrevistas desde algún helicóptero. De hecho, basta releer Entre paréntesis (2004) para corroborar que en el canon de Roberto Bolaño convivían civilizadamente rusos, checos, argentinos, franceses, polacos, españoles, norteamericanos y —por supuesto— chilenos.

Con todo, Bolaño Salvaje es un libro que todos los lectores de Roberto deberíamos leer, aunque sólo sea para sostener un par de rounds con cualquiera de los colaboradores. Creo que es lo que a Bolaño le hubiera gustado hacer, porque en eso consistía su lado "salvaje".

 

 

 

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BOLAÑO SALVAJE
Edmundo Paz Soldán y Gustavo Faverón Patriau (Eds.)
Editorial Candaya, Barcelona, 2008, 502 páginas.
Por Fernando Iwasaki.
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