.............. ANTONIO SKARMETA


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La Cenicienta En San Francisco

(CUENTO)

.......... Así que cuando Garth Winslow y Suzie Sun sacaron la guitarra del desvencijado armario, y Winslow se escupió las manos y afinó un minuto después la guitarra tocando un prístino "la" en la primera cuerda, y Suzie no hacía otra cosa que humedecerse los labios que la fláccida cerveza americana había secado al fluir entre sus dientes, y todo parecía indicar que el asunto iba a andar bien, y que Winslow estaba dispuesto a poner patas abajo el mundo y estacionar el corazón en su justo lugar, y después de cantar esos blues y canciones mexicanas no cabía duda que entraría airoso en el cuerpo de Suzie Sun descargando su amor al mundo acumulado en las pácificas noches de Roble Road, sobre la meseta de Berkeley, y sería recibido amablemente, me dí vuelta hacia Abby, que agujereaba una lata de la sucia cerveza Blue Star, y le dije en un perfecto y natural inglés que "bueno". Este bueno indicaba a la mano de Abby, que ahora extendía sus delgados dedos sobre mi mano y los oprimía haciéndome sentir la fragilidad de sus huesos, que aceptaba ir con ella hacia la escalera de servicio del edificio, treparla, embromar a los pacíficos vecinos que reposaban de sus tiernas actividades en sincopado y ruidoso diálogo sobre las almohadas con los crujidos de sus apolillados escalones y alcanzar así a lo que ella llamaba con sugerente voz el attic y que resultó ser, cuando estuvimos arriba, un mugriento y adorable entretecho igual al de mi tía en su casa de tres pisos en Santiago. Solo que aquí tú veías la bahía de San Francisco, y cuando la noche empezaba, la noche clara de San Francisco, si entrecerrabas los ojos y mirabas por la ventanilla, que tuviste que limpiar pasándole los dedos para lograr una visibilidad aceptable, la multitud de coches que atravesaban el puente que une la península con Okland y Berkeley, donde esa misma tarde me había echado una despanzurrada siesta en la casa de J. L. Stevenson (echa pedazos y poblada de perros pulguientos que René Deans amamantaba con maternal ternura, la misma de J. Stevenson, el cochino pirata del que me había tragado una tarde de infancia en Antofagasta su "Isla del Tesoro"), parecía un movimiento de cosas como estrellas, lagartos luminosos, gigantes reptiles que hicieron bien a mi alma. Y después le hicieron mal, porque evoqué con una especie de extraña intensidad una leyenda mapuche que dice que aquel niño que ve una noche por primera vez luciérnagas sobre las matas de maqui y la segunda vez parece no saber lo que las inquietas vibraciones luminicas del aire significan, no las reconoce como luciérnagas, hijas de dioses opacos y subterráneos, no tardará la muerte en enredarlo, y generalmente es una crecida del río, y el cuerpo flotando golpeando contra las ramas quebradas de la ribera, o la casa desierta y la madre, sin una mueca en el rostro, esperando meses que el hijo baje de los cerros, el hijo que ella sabe reposa en las visceras de un puma que se lo ha almorzado sin asco, o petrificado, cercano al volcán, tallado en la nieve de la majestuosa montaña que nos dio por baluarte el señor. Y eso fue lo que hizo mal a mi maldita alma, porque San Francisco me tenía cogido en su enigma, en su ciudad de muerte, nutriendo su bestial heroísmo de misterio, de las luces arrancadas al enigma por la gente que se ama silenciosamente, sin hacer alardes, demasiado sabios para tirar a la broma la vida.
.......... Saqué los ojos del puente y me dí vuelta hacia Abby que me miraba concentrada, pensando quizás qué diantres era lo que me pasaba por la cabeza que me hacía parpadear con las cejas fruncidas y meterme distraído los dedos en las narices y rascarme los pelillos interiores, hasta sacar algunos y limpiármelos sobre el pantalón. Intenté ver si en la habitación había algún diván, o una alfombra o cualquier cosa blanda sobre la cual echar a Abby para que no se ensuciara cuando me echase encima y le contara cierto secreto con el aliento y la alegría de un cuerpo compañero, destrozándome en gotas grasas y gelatinosas que se anidarían con ternura en el hogar estrellado del planeta. Pero lo cierto es que no había allí ni siquiera un ejemplar del "San Francisco Herald Tribune" que pudiésemos extender y hacer las cosas como un par de seres civilizados. Al mismo tiempo me bajaron grandes ganas de hacer orina de cerveza yanki, y me daba no se qué arrimarme a la pared y hacerlo delante de Abby, y entonces, pretextando una extraña necesidad de soledad en un inglés que ni el mismísimo diablo entendería, la abandoné, fui hasta la escalera, y oriné como un gran señor sobre cada uno de los peldaños. Luego, sólo por hacer tiempo, pasé el pie derecho sobre la charca y traté de limpiarla por lo que pudiera pasar. Descendí a tientas, sintiendo en mis manos el polvo fresco de la baranda y llegando al entrepiso, cogí la caja con seis cervezas que se me había ocurrido traer por si se nos secaban las gargantas. Cuando volví al entretecho, Abby estaba apoyada contra la ventana, el rostro vuelto hacia el interior del cuarto de modo que los reflejos venidos de las luces exteriores, semáforos y luminosos, eliminaban sus rasgos y diseñaban a gruesos trazos sus formas. Uno no sabía si era la misma Abby que había dejado allí minutos atrás, o una niñita de ocho años mirando entrar, desde su mundo infantil, a su cueva al oso que yo parecía ser envuelto en mi chaquetón marrón con cuello de pieles. Como sea, la imagen suscitada en mí, la presa justa para el animal desraizado hambriento de ternura, alteró mis pasos nerviosos, y abriendo ambos brazos como dispuesto a ahogarla en un apretado encuentro, empecé a caminar hacia ella levantando las rodillas y marcando con estrépito los aletargados troncos como vi alguna vez que lo hacen los osos que trabajan en las películas. La muchacha se echó a reír sin ambages, poniéndose las uñas sobre la boca, gesticulando como atemorizada, aunque sin moverse, con gestos que ahora lograba percibir habituado a la penumbra, y agradecí en silencio que ella continuara este juego, esta especie de jungla que había establecido con el propósito de poderla coger primero, como jugando, y luego apretar mis piernas contra sus muslos y luego besarla en la boca y tocarla en los senos, a ver si resultaba algo de todo eso. Cuando estuve a un paso para acentuar la emoción del momento me detuve y me golpeé la caja toráxica con ambos puños acompañando la acción de ciertos supuestos gruñidos de oso hambriento. Luego me acerqué más aún y mientras ella se apretaba contra la pared lancé como zarpazos los brazos intentando aferrarla. Justo en ese momento se escurrió y fui a dar de cabeza contra la pared en tanto la muchacha corría presurosa a refugiarse en la esquina opuesta de la habitación, burlándose del pobre animal que como un crucificado se apoyaba sobre el muro y asomaba su cara risueña por la ventana, mirando otra vez las luces de los autos sobre el puente y el inmenso luminoso "Hertz Rent a Car" que había sido encendido a la distancia. Aquí se me hizo presente que el juego cobraba dos alternativas; me ponía a perseguirla por toda la habitación gruñendo y saltando como un oso eficiente hasta atraparla y tirarla al suelo, o bien me quedaba allí, contra la ventana, simulando un llanto de oso grande pero bueno que le gustaba el mundo pero no sabía qué diablos hacer en él; sin encontrar desde hacía un mes una presa que le facilitara hacer las cosas y le compartiera sus virtudes celestiales acogiendo al animal en el hogar estrellado del universo, encarnando al monstruo en su ser, liberándolo por un buen tiempo de la madrecita soledad  que tan mal venía tratándonos a nosotros pobrecitas creaturas del Todopoderoso. La imagen me fue penetrando, calando hondo, sentí como de golpe mis nervios se desplomaban y un efectivo y real sentimiento de tristeza, de chileno sentimental e hijito de su papá y de su mamá, comenzaba a desalojar al chileno cabrío y gritón, a suavizarla en la garganta las palabras mudas del castellano áspero con que maldecía y alababa el universo, y le introducía por los músculos del cuello y probablemente por los ojos castaños, levemente abiertos, una cosa que bien malditamente sabía que era la tristeza, como un dinosaurio acechando, esperando el justo momento para elevar su sagrada patita y depositarla sin piedad a la primera cedida, al primer bajar la guardia del corazón. Con la frente apoyada en el vidrio, sin hacer un gesto, la tristeza, lenta y enorme, empezó a manar desde mi nuca hacia atrás, por los agujeros del chaquetón, desde el fieltro de mis pantalones bendecidos con la grasa de las "pannes" de nuestro Plymouth 49, buscando el preciso blanco de la mano de Abby que acechaba muy cercana a mi espalda. Si alguna fe tengo en los dioses, me la acaparan sin duda los dioses resignados del silencio, los quietos dioses que interceden para labrar el lenguaje terrícola, animal, primitivo, coloquial sin diálogo, hiriente, atractivo como los limites de la razón, cada partícula del cuerpo emitiendo señales del hombre cocinado en la salsa de su propio enigma, testimoniando allí, con un leve temblor de los dedos, con una cierta luz en los ojos, con un modo de caerse y erizarse el cabello, con una manera honesta de sentir los genitales, con una suerte de temblor de los músculos de los brazos, y los pómulos, y de los músculos del trasero y de los huesos de las piernas, desplazados de su independencia y bañados de una mismo, haciéndote saber que la rótula es tuya, y el peroné, y los cartílagos, y las arterias sonando y tú escuchándola fluir y golpetear la sangre contra las venas, y las contracciones y dilataciones del esfínter, y el roce de la saliva cargada del sabor agrio de la cerveza raspándote las amígdalas, y toda la azul maravilla de tu cuerpo y de tu alma que testimonian el enigma, esgrimiendo como una ridícula joya tu angustia pasajera, tu sin sentido no tan pasajero, y tu estilo honrado de existir, que maldita sea tu grandeza, doliéndose aún hasta de lo que no se tiene, y bendito porque el sabio dios del diente chueco y la sonrisa agridulce asomado entre la áspera contextura de su máscara, te transforma en imán, y atraes el acero, y todo confluye en ti, y en ti se acaba hermano, y renace en ti y no pasará un segundo antes que te excites y seas inmortal, y te digas eres un maricón si te dejas comer y no mereces a tu compañera, ni te mereces el misterio, ni debes parir hijos cobardes que trabajen en serviles bancos y enseñen en colegios para señoritas, y te fuerce a ser el hombre que eres, y una hombría real, surgida de las derrotas, de las pisadas de los dinosaurios, un macho que te nace de la cabeza, y del vientre, te pone las dos patas en el mundo y esperas confiado lo que venga, y no te vas a andar con chiquitas ni remilgos ni gestos llorones cuando te rodeen los brazos de la mujer cogiéndote la cintura y te diga: ¿Niño, muchacho, muchacho, qué te sucede? En un idioma que no es el tuyo pero que ahora lo vas a hablar con jactancia, como un actor shakespereano, porque no hay cosa en el mundo que no sepas cuando se aproxima el momento de la llegada de los ángeles, y  puedes responder: Nada, no me pasa nada, y decir "enquot; ingles lo que estabas pensando sin omitir palabras, hablando con las patas, con las cejas, con la lengua mascada entre los dientes, con las carcajadas si es que te falta el vocabulario para pronunciar al fin la única palabra que puedes decir: yo aquí, existiendo. Nada, no me pasa nada, estaba pensando- dije a Abby.
.......... Me di vuelta y le cogí la cabeza entre ambas manos, y le acaricié el pelo y la besé en la frente, y en seguida puse mi mano en su nuca, y sostuve la misma mirada con que ella prometía su compañía aquella noche. Pronto la había rodeado y le acariciaba todo el cuerpo y sus manos presionaban mi espalda, y le aparté un segundo y me despojé del querido chaquetón y tirándolo en el suelo, recosté a Abby sobre él y yo me eché a su costado y proseguimos acariciandonos sin hablar hasta que yo introduje la mano bajo su vestido e intenté desnudarla, porque entonces, para mí sorpresa detuvo mi maniobra cogiéndome la mano, y yo paralizado la dejé quieta sobre su vientre sin saber que hacer; en cuanto ella aflojó la presión insistí en acariciarla y ahora si ella se dejó hacer, pero cuando tiré de la ropa hacia abajo, se afirmó contra el suelo, dificultandome mi intención.
.......... -¿Por qué no? -pregunté.
.......... Estaba muy excitado, aunque sin rabia.
.......... -No sé -dijo-. Tú te vas mañana a México. Nos conocemos desde hace tres días. Aún no sé pronunciar tu nombre.
.......... -Antonio -dijo-. ¿Esta bien?
.......... -Esta bien -dije-. Ahora ya lo sabes.
.......... Se sentó sobre el chaquetón, cruzando las piernas. Con la mano derecha acariciaba la piel, aparentemente sin saber qué hacer.
.......... -No es eso lo que quería decir -dijo-. No sé nada de ti. Lo único que hemos hecho desde que nos conocimos ha sido cantar con la guitarra y tomar cerveza. Apenas sabes quién soy. ¿De dónde eres? ¿Por qué viniste a U.S.A.? ¿Por qué estas aquí conmigo? ¿Por qué no estás pasando esta noche con Suzie o con René Deans, o con cualquiera otra? ¿Me entiendes?

 

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