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Centenario de Artur Lundkvist
Un puente entre dos continentes

Por Víctor Montoya

Quiero reconocer, sin rodeos, que muy pocos libros han tenido tanta influencia sobre mí, y sobre mi modo de ver el mundo y la realidad, como los de Lundkvist
Olof Palme.

Me siento feliz que un libro de Artur Lundkvist aparezca en castellano. Yo me detengo en pleno camino de la selva para abrirle las puertas del idioma
Pablo Neruda.

Artur Lundkvist se parecía a Julio Cortázar, pues se situaba por encima de los demás, aun estando a nivel del suelo, y fue un puente entre dos continentes. Nació en Oderljunga, el 3 de marzo de 1906, en el seno de una familia campesina. Desde niño se sintió fuertemente atraído por la literatura, cuya actividad, para su época y ámbito, era propia de haraganes o un privilegio de ricos. En su libro autobiográfico "Vindingevals" (1956) se puede advertir que su infancia kafkiana estuvo enfrentada al despotismo del padre, quien hizo lo posible por incorporarlo a la faena del campo, para así evitar una vergüenza en la familia. Mas este campesino trotamundos, autodidacta como otros autores de la "generación de escritores proletarios", abandonó su hogar siendo todavía adolescente y se refugió en el laberinto de la ciudad, donde, acosado por las tertulias de los intelectuales de clase media, se sintió más inmigrante que provinciano.

Durante largo tiempo no hizo otra cosa que leer, estudiar y leer, hasta que en 1923 publicó su primer cuento y, en 1928, su libro "Ascua", debut con el cual comenzó su fulgurante carrera literaria.

En la actualidad está considerado como una figura señera de la vida cultural sueca. De su puño y letra nacieron más de 90 obras, y su imagen -junto a la de August Strindberg, Ingmar Bergman y Astrid Lindgren- es una de las más reputadas a nivel internacional, pero no sólo porque fue un autor prolífico que rompió con el molde "insular" o "imaginario" de la labor intelectual en los países escandinavos, sino, sobre todo, porque fue miembro de la Academia Sueca, que año tras año atrae la atención general del mundo literario, donde él jugó un rol determinante en la concesión del Premio Nobel a los poetas y narradores latinoamericanos.

Artur Lundkvist fue un mito en su propia tierra. Se dice que leía más de 500 libros por año y que jamás corregía dos veces un mismo texto. De una caja del escritorio extraía hojas vacías, las llenaba con palabras y luego las guardaba en otra caja como obras acabadas. En consecuencia, no fue un artesano de la palabra escrita, sino una suerte de computadora que publicaba hasta dos libros por año, con la misma facilidad con que publicaba sus artículos en periódicos y revistas.

En la década de los años 30, Lundkvist formó parte del grupo conocido con el nombre de "Cinco Jóvenes", que marcó un hito en la literatura sueca, en atención a que ellos discriminaban toda escala de valores que la sociedad había constituido como entes absolutos, y que ellos consideraban decadentes y obsoletos.

Desde un principio actuó influenciado por el surrealismo francés, el socialismo y, con mayor intensidad, por el modernismo; corriente de la cual fue su más fiel exponente. Ya en los años 30 presentó a los modernistas finlandeses y a los nuevos escritores norteamericanos, a Eliot, Faulkner, Whitman y Jahn Perse, entre otros.

Para Artur Lundkvist, a quien se le puede leer tantas veces como a Joyce, el modernismo es sinónimo de renovación en el arte y la cultura, una escalera mágica que debe ser ascendida por el hombre. La poesía es siempre revolucionaria -decía- aunque el escritor sea profundamente reaccionario.

En su producción literaria no existen versos o párrafos que estén en limpio y otros en borrador, sino simplemente un enorme mosaico donde se funde lo "malo" con lo "bueno" y lo real con lo fantástico. Detrás de cada palabra se esconde una estrategia filosófica y estética. El hecho de escribir una poesía sin métrica ni rima, es ya una posibilidad de experimentar y vivificar el idioma. Con todo, su poesía tiene una rítmica más cercana a la prosa, una respiración profunda, basada en la trasgresión de los géneros establecidos por los doctores de la literatura. Así, en su libro "lugares rotos" se lee: "Mientras más alta sea la muralla, más hondo tendrá que cavar para escapar por debajo de ella". "El que te sigue acabará determinando tu camino". "La jirafa que se case con una burra tendrá que aprender a andar de rodillas".

Artur Lundkvist fue un escritor entre los críticos y un crítico entre los escritores, un autodidacta convertido en erudito, pero no en un erudito de cafetín o biblioteca, sino en ese otro que sabe enriquecer sus conocimientos viajando por el mundo, sin valerse de más recursos que de la palabra como herramienta y de los ojos como cámaras fotográficas. Sus crónicas de viaje, publicadas entre 1933 y 1957, son un vivo testimonio de su preocupación por los problemas sociales y un excelente material que ha servido para despertar la conciencia de los suyos en torno a los conflictos del Tercer Mundo. Incluso Olof Palme, el primer ministro sueco asesinado en una de las calles céntricas de Estocolmo en 1986, viajó por la India con un libro de Lundkvist debajo del brazo.

Nunca recibió el Premio Nobel, pero su obra multifacética hace de él un escritor para escritores y un autor al que se debe leer y respetar. Muchos de sus libros están impregnados de tragedias humanas y convulsiones sociales, como su propio yo sensible a los mínimos temblores de la vida. En 1936, luego de haber experimentado el fracaso del movimiento popular español, se sumó al boicot contra el régimen franquista y escribió: "Ante la España que lucha por la vida, esta España que ha sido abandonada por todo el mundo y traicionada, víctima de lo insostenible, la situación fuertemente criminal en la política internacional, debe uno de sentir al mismo tiempo, la más profunda compasión y la más fuerte admiración. A la vez que, uno amargamente percibe su impotencia, su incapacidad de hacer algo para que las palabras que debieran ser las más bellas de todas -Justicia, Verdad, Solidaridad- no sólo produzcan asco y desprecio".

Asimismo, condenó la guerra fría entre las superpotencias, la agresión imperialista en Vietnam y la carrera armamentista. Él mismo se definió como socialista utópico y militante sin partido; independencia política de la cual se sirvió para criticar a las dictaduras militares latinoamericanas y a los regímenes totalitarios de los países del Este. Sin embargo, su actitud liberal fue blanco de las críticas provenientes de los intelectuales de la izquierda más radical, para quienes había muerto el Lundkvist revolucionario y creativo de los años 30, tras abandonar su posición como autor social y aceptar su ingreso a la Academia Sueca, en función de "censor" y en desmedro de su vocación literaria. A pesar de las críticas, fue galardonado con el Premio Lenin de la Paz, que él donó a un fondo para financiar la traducción de la literatura sueca a otros idiomas, y el gobierno español le otorgó la Medalla de Oro de Bellas Artes, en justo reconocimiento a su labor de promotor de la literatura hispánica en Suecia.

En 1983, este escritor que dedicó más de medio siglo de su vida a leer y escribir, sufrió un derrame cerebral en una conferencia, donde se hablaba de Antony Burguess y la literatura inglesa contemporánea. Tres meses después de rebasar un estado de coma, volvió a despertar al lado de la poetisa María Wine, para contar su viaje dantesco por los túneles de la muerte, por ese confín desconocido para los seres de este mundo. Tema alucinante que recogió en un fresco de prosa poética en su libro "Viaje del sueño y la fantasía". También se cuenta que, después de su largo sueño, volvió a leer literatura latinoamericana: "La Guerra del fin del mundo" de Vargas Llosa, "Yo el supremo" de Roa Bastos, "Viejo gringo" de Carlos Fuentes, "El metal del diablo" de Augusto Céspedes, y la producción de dos escritores latinoamericanos residentes en Suecia.

Ya dijimos que Artur Lundkvist era un puente entre dos continentes; más todavía, si consideramos que un puente es un caminante que cruza por él, llevando y trayendo valores culturales.

El estallido de la guerra civil española, su fanatismo por la lectura y sus deseos de conocer el mundo, son algunos de los antecedentes que lo empujaron a aprender el idioma de Cervantes. A poco de llegar a Mallorca, en 1936, entró en contacto con los nombres de Rafael Alberti, Vicente Alexiandre y Federico García Lorca, quien fue asesinado por el franquismo. Este célebre poeta granadino tuvo una gran influencia sobre Lundkvist, ante todo, con su libro "Poeta en New York", que él tradujo al sueco no sólo porque tenía un valor literario, sino también un valor moral y ético.

El mismo año que la Academia Sueca le otorgó a Vicente Alexiandre el Premio Nobel de Literatura, Lundkvist manifestó a la prensa: "Muchos me preguntaron por qué no se le había concedido antes el Premio Nobel a algún poeta español, y yo respondí que eso hubiese ocurrido seguramente si Federico García Lorca no hubiera sido asesinado. Creo que él se lo merecía plenamente. Es un poeta universal".

Cuando Gabriela Mistral viajó a Suecia, con motivo de recoger su premio, se conoció con Artur Lundkvist, a quien le entregó varias cartas de presentación para diferentes escritores latinoamericanos, entre los cuales figuraba un solo boliviano, cuyo nombre jamás fue revelado.

Al cabo de un año, emprendió su viaje hacia ese continente, donde lo real maravilloso está en el arte y en la calle. En Buenos Aires preguntó por Jorge Luis Borges y alguien le aconsejó no verlo porque era alcohólico. No obstante, él insistió y poco después conoció a Borges, los barrios obreros y las librerías donde uno podía encontrar ediciones antiguas, como en un anticuario de Londres o París. Con Borges mantuvo buena amistad desde el principio, juntos viajaron a las pampas y visitaron una vieja estancia, hablando y discutiendo sobre literatura nórdica y mitología islandesa. Desde entonces, jamás dejó de admirar en Borges su maestría en el manejo de la palabra escrita, aunque confesó que le gustaba más como poeta que como narrador, género en el que resultaba excesivamente refinado. "Borges se ha convertido en un mito, dijo, sobre todo en Europa y pienso que su trabajo no está a la altura de un Nobel". En efecto, el escritor argentino vivió resignado a no esperar otra cosa que la muerte.

En Chile encontró a los intelectuales divididos entre los partidarios de Huidobro y Pablo Neruda, con quien se entendió mejor que con Borges. Ambos participaron en el Movimiento por la Paz, en los actos contra la violación a los Derechos Humanos y mantuvieron correspondencia durante años, asida a una amistad que ni la muerte pudo irrumpir. La prueba está en la carta que Neruda le escribió en enero de 1973, y que Lundkvist la guardó con mucho afecto y cariño. Cuando el poeta chileno era todavía embajador en París, él y María Wine lo visitaron en su residencia, donde Neruda les manifestó su deseo de volver a su país. Para entonces estaba ya gravemente enfermo y les enseñó el manuscrito de sus memorias que, de día y de noche, le dictaba a un hombre menudo que llevaba el raro nombre de Homero.

Era tan grande su admiración por Neruda, que lo consideraba el poeta más grande de América Latina y el mejor amigo de su vida. Con él compartió instantes de tristeza y alegría en Isla Negra, Moscú, Viena, Leningrado, y, para demostrarle su admiración, le dedicó un epistolario en el otoño de 1981: "Tú fuiste, y seguirás siéndolo, un inigualable historiador de los pueblos y de los destinos humanos, pero para mí eres, sobre todo, el revelador de la naturaleza, los elementos y la materia, el predicador de un materialismo espiritualizado por la poesía. Tú fuiste el mago que explicaba los acontecimientos que se desarrollaban más allá de la tragedia humana. Los procesos más íntimos y ocultos en el interior de las plantas y las rocas, en las raicillas y las gotas de agua, hasta en los átomos y las moléculas... Si bien tenías un parecido frecuentemente señalado, con el tapir y el pingüino, ante mí te presentabas siempre como Neptuno o Poseidón... Tu rostro, como una roca costera batida por un oleaje de millones de años, parecía tallada en una sabiduría insondable hasta que, de repente, tu malicioso humor lo iluminaba desde dentro, delicada o suavemente burlón, con una inteligencia que iba mucho más allá de las contradicciones corrientes y los problemas cotidianos".

A su retorno de América Latina, tradujo e introdujo en Suecia a los más destacados escritores de ese continente que él llamó "volcánico". El primer volumen estuvo dedicado a la obra de Jorge Amado, Miguel Angel Asturias y Alejo Carpentier; el segundo, a Miguel Angel Asturias, Alejo Carpentier y Pablo Neruda; el tercero, a Miguel Angel Asturias, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y José Donoso; el cuarto, a Carlos Fuentes, Fernando del Paso, José Lezama Lima, Guillermo Cabrera Infante, José María Arguedas, Mario Vargas Llosa, Joao Guimaraes Rosa, Gabriel García Márquez, Eduardo Mallea, Ernesto Sábato y Julio Cortázar. Todas las presentaciones fueron de excelente calidad literaria y oscilaban entre 3 y 50 páginas.

A fines de 1956, Artur Lundkvist volvió a América Latina, con la intención de empaparse en esa realidad fascinante y contradictoria, y ahondar su relación con algunos intelectuales. En Buenos Aires se encontró con los pintores surrealistas, en Quito con Guayasamín, en Brasil con Jorge de Lima y Drummond de Andrade, en Ciudad de México con los muralistas y Octavio Paz, quien lo asombró por su vasto dominio de las diversas disciplinas del conocimiento humano. A su paso por Bolivia, no encontró a más intelectuales que a la escultora Marina Núñez del Prado y no leyó más libros que "Hombres y tierra" de Mario Guzmán Aspiazu. De cualquier modo, todos los recuerdos e impresiones de este viaje están reunidos en el libro "Continente volcánico" (1957).

Después siguió rodando por el mundo, hasta que lo designaron miembro de la Academia Sueca, donde ha influido decisivamente en la elección del Premio Nobel de Literatura. De ahí que Vicente Alexiandre, Miguel Angel Asturias, Pablo Neruda, Gabriel García Márquez y Octavio Paz, le deben mucho a su pluma y a su esmerado esfuerzo por rescatar a los mejores creadores hispanoamericanos, aunque reconocía no haber tenido tanto poder de decisión en la Academia, arguyendo que muchos de sus candidatos fueron votados en contra. Por ejemplo, el año en que se le concedió el galardón a William Golding, su candidato preferido era el poeta senegalés Leopoldo Senghor, y años antes el francés Claude Simon. En 1968, ni bien propuso el nombre de Pablo Neruda, éste fue rechazado inmediatamente por su militancia política. Empero, para Lundkvist, los únicos merecedores del premio son aquellos escritores cuyas obras son complejas tanto en la sintaxis como en su estructura.

Artur Lundkvist, tras su muerte acaecida a los 85 años de edad, en el frío invierno de 1990, seguirá siendo ese puente que supo unir a los creadores de dos continentes, en base al sólido cimiento del discurso poético y el compromiso con la realidad social.



 

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