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La dicha y la agonía

Por Vicente Undurraga
Prólogo a VECINO Antología poética de Alfonso Alcalde
Lumen, 2022, 250 páginas




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“La comarca de la dicha y la agonía” dice un verso de Alfonso Alcalde que da buenas señas de lo que en su poesía se entrevera de las más singulares maneras: la dimensión festiva y cómica de la vida, la alegría y la embriaguez, por una parte, y por la otra la angustia, el dolor e incluso el horror, la parte trágica, en fin, la desesperación y la agonía que nuestro paso por este mundo implica. Es una poesía atravesada por personas y ríos, risas y llantos, rimas y ramas por las que se va el poeta y luego vuelve, siempre vuelve a la conversación con algún vecino, relatando, comentando, glorificando y en definitiva una y otra vez meditando en torno a los “enjambres terrestres y celestiales”.

Ese diálogo abierto es lo que quisiera reflejar el título Vecino, que por otra parte recoge el vocativo utilizado en tantos poemas de Alcalde, un llamado constante a la interlocución, un giro que da familiaridad y remarca su condición de textos conversados. Alcalde mismo es un poeta-vecino en la medida en que es cercano y generoso, a la vez que mantiene con los hechos y los seres que observa la distancia que todo buen vecino sabe guardar.

En una charla que dio en 1969 en la Universidad de Concepción, Alcalde deslizó una posibilidad que esta antología, y más en general este tiempo, refrendan. Es básicamente la vieja idea de que todo tiene su tiempo y su lugar. De que cada cosa cae por su propio peso. Dijo Alcalde esa vez: “Si el poeta pasa entre los oficios identificándose con tanta humildad que nadie se da cuenta de su delito, de su inspección general sobre las cosas y los seres, es probable que algún día, cuando se produzca el temible tiraje a la chimenea –si es que se produce– su verdad sea oportuna”.

Es llamativo cómo la obra de Alfonso Alcalde –su impresionante “inspección general sobre las cosas y los seres”– fue volviéndose algo invisible después, y también antes, de su muerte hace tres décadas. No se podría decir que es un poeta olvidado, porque lectores fervientes no le faltan, pero sí uno “injustamente marginado de las corrientes fundamentales de nuestra lírica”, como apuntó Naín Nómez hace ya un cuarto de siglo. Esto pese a haber sido reconocida su literatura por críticos como Ángel Rama, Ignacio Valente y Jaime Concha o escritores como Gonzalo Rojas, Omar Lara, Cecilia Vicuña, José Ángel Cuevas, José Miguel Varas y tantos más. Si su total desaparición de escena no ha tenido lugar se debe a su incombustible jovialidad, a su andadura incomparable, a su delicadeza a la hora de la emoción, pero las cosas no suceden solas y ha sido principalmente el trabajo de recuperación llevado a cabo por Cristian Geisse, como editor y en su propia escritura, el que ha vuelto a poner la obra de Alcalde en el ruedo. Vecino pretende sumarse a ese afán y potenciar la circulación y la celebración de lo mejor de una poesía intensa y honda, desbordante de intuiciones y formas nacientes.

Nació en Punta Arenas en 1921 y en 1992, en la caleta de Coliumo, en la “Galaxia de Tomé”, en la costa central chilena, donde vivía radicado hacía años, pobre y ya casi ciego por causa de un glaucoma, Alcalde se quitó la vida colgándose con su cinturón. Entre uno y otro hito tuvo cinco esposas y seis hijos, trabajó en los oficios más peregrinos y vivió en Santiago, Concepción y otros lugares de Chile, además de pasar un tiempo en Argentina y errar por Latinoamérica, eso sin contar seis años de exilio europeo. Durante esa peripecia de vida fue el autor de un catálogo de obras sorprendente por su volumen y su intrepidez temática y formal. Pero, más allá de eso, o mejor dicho de la mano de eso, Alcalde sostuvo y proyectó una idea de la literatura. Una idea que, sin agotarla, podría describirse como la conjugación del espíritu carnavalesco de la cultura popular –con toda su carga de sabiduría, fiesta, penuria y desparpajo y la irreductible melancolía que en la literatura chilena viene, si es que no de antes, desde el poema “Tarde en el hospital” de Pezoa Véliz. Todo siempre acompañado de proliferantes imágenes de alta intensidad.

Es la de Alcalde una poesía de la gran risa, quizás porque ante todo es un diálogo constante con lo más vivo de los vivos y también con la muerte. Con su horizonte irrecusable. Y con los muertos mismos. Por eso está llena de agonías, cadáveres felices, ataúdes, velorios y lloronas. Este diálogo íntimo puede tener en parte un origen concreto, biográfico: los años en que Alcalde trabajó trasladando ataúdes en una funeraria. Mejor lo cuenta él mismo en la conferencia que esta antología recoge a modo de epílogo: “Como los viajes eran bastante largos y aburridos no quedaba más remedio que entablar un buen diálogo con el difunto, escuchar también su parte, entrar en lo más recóndito de las confidencias aunque el acompañante se fuera poniendo cada vez más pálido”.

Traductor libre de poemas italianos y alemanes, aymaras y franceses, clásicos y vanguardistas (versiones recogidas en su libro El árbol de la palabra), cronista quemante, novelista de ocasión y cuentista excepcional, hombre clave en la editorial Quimantú, donde dirigió la colección “Nosotros los chilenos”, Alcalde fue también autor de piezas teatrales descomedidas –una de ellas, La consagración de la pobreza, fue llevada a escena en 1995 por Andrés Pérez–, una fotonovela sobre Marilyn Monroe (en un diálogo explícito con Ernesto Cardenal), un relato gráfico sobre el accidente de los rugbistas uruguayos en la cordillera de los Andes y varios ensayos biográficos sobre figuras como Fellini, Pelé, Salvador Allende, Joan Báez, Nixon, Agustín Lara, Cassius Clay y Carlos Droguett.  

Al igual que su querido Pablo de Rokha, Alcalde se metió de lleno en un proyecto literario desaforado, total, al cual nada o casi nada le es indiferente y donde se permite mezclar constantemente no solo peras y manzanas sino “la belleza y la desesperación de la belleza”. El conjunto de su obra –que él añoraba aglutinar entera en un solo volumen– se lee como una crónica dramática y risueña donde lo más bajo y lo más elevado de la vida humana, y especialmente lo que está entre medio, conforman una trama vibrante y emocionante. No se lee a Alcalde sin emoción.
     
Alcalde hay varios, como queda dicho, y es a la vez siempre el mismo. Si hay uno que los contiene a todos, ese es el poeta. Que se dio a conocer joven, pero decir que “se dio a conocer” es exagerar; en 1947 publicó Balada para la ciudad muerta, un libro breve que llevaba un poema-prólogo de Neruda: “Tú Alfonso, de las / ciudades marinas traes / humo y lluvia en tus manos / y sabes tejer el hilo fresco y frío / de la profundidad matutina”. Pero Alcalde no quedó cómodo y quemó casi todos los ejemplares no bien salieron de imprenta. El hecho lo comentaría años después en una entrevista con Soledad Bianchi que apareció póstumamente en el diario La Época bajo el elocuente título de “El maldito trabajo de escribir”: “Compré dos chuicos, uno de parafina y otro de vino, hicimos una comidita y, después, puse los 499 ejemplares –me queda uno, te lo voy a mostrar–, y los quemé todos. Neruda se informó, me mandó llamar y muy molesto, me pidió explicaciones, y como no lo convencí, me quitó el saludo, me quitó su amistad, y entonces yo me fui a Concepción”.

Fue un momento no destructivo sino germinal; en un acto de lucidez casi temeraria, Alcalde se mandó literal y literariamente a cambiar, es probable que tras reconocer la excesiva influencia del mejor Neruda, el de Residencia en la tierra, con ese aire surrealista de imágenes extremas mezclado con repetidos elementos cotidianos, en un fraseo de gerundios y acentos que Alcalde no debe haber sentido del todo suyo. Aunque supo guardar para sí algo de esa gran expresividad nerudiana que Charles Simic describe como un “audaz desdén por la lógica… Como alguien que asistiera a un funeral con un traje oscuro y una corbata de color chillante”.   

Lo cierto es que Alcalde sacó de circulación el libro (que recién fue reeditado setenta y un años después, en 2018) y pasarían más de quince años para que volviera a publicar poesía: se trataría de un anticipo poético, Variaciones sobre el tema del amor y de la muerte, donde ya mostraba una voz distinta, como lo haría de manera decisiva en 1969 al sacar de debajo de la manga su obra magna, El panorama ante nosotros. En rigor, lo que publicó fue un libro de 17 cantos y más de 300 páginas que se anunciaba como el primero de los cuatros tomos que constituirían un poema épico sobre Concepción. Esta primera parte de El panorama ante nosotros, llamada “El arado de cinco dedos”(que es “el que redescubre los muertos / el que deja al aire las osamentas”) fue finalmente lo único que quedó, pues el golpe de estado de 1973 truncó los trabajos y los días de Alcalde y lo que pudiera haber avanzado de lo restante la malicia del tiempo y la milicia de ese tiempo lo destruyeron.

Pero bastó: Alcalde ya había llegado a dar forma a una obra poética inconfundible, que evita encriptarse “en la clave de la clave”, como le dijo a Bianchi, porque a la poesía, sin dejar de lado lo insondable, “hay que cambiarla, hay que renovarla, hay que inyectarle otros elementos”.  

Y eso hizo: “Hoy pedí prestado / el sol a mis vecinos. / Una pobre hebra de luz / –les dije– / algo para andar sobre la tierra”: son los primeros versos de El panorama ante nosotros, extenso y abrasador (y abrazador) diálogo vecinal que va pasando, como de una casa a otra, del poema breve al larguísimo, de la bienaventuranza a la arenga, del soneto impreciso al poema narrativo, de la elegía al humor, de la aventura cotidiana al rito fúnebre y de ahí al cahuín de ultratumba. Es una gran ventana, una poesía metafísica y mundanal, meditativa y celebratoria, que no busca una cansada perfección sino una enérgica hospitalidad, repleta como está de personas, de trabajos y oficios, de escenas amorosas y amistosas y sociales donde a menudo corre “vino como para bañar caballos / y tragar a baldazos”.

Ese mismo año de 1969, casi haciendo ostentación de brío y versatilidad, Alcalde publicó otro libro, más breve: Ejercicios con el tema de la rosa, 54 sonetos no rimados de los cuales esta antología recoge un puñado donde la fuerza de su voz no se pierde en las rejas de una forma ya vetusta. Es curioso el caso: son sonetos, ejercicios de contención métrica que se publican en paralelo a un libro que es un río, una erupción de palabras. Lo concreto es que estos sonetos de tema tan sutil y clásico como la rosa, Alcalde contaría que los escribió en su mayoría sentado en el WC del baño de su trabajo, “en vez de hacer otras necesidades casi tan impostergables como la poesía”, todo esto mientras el capataz vigilaba que no tardase mucho.  

Pronto vendría el exilio, el regreso, el retiro, la desatención y el fin. Pero no dejó de escribir jamás. En 1978, en el primer número de la revista Araucaria publicó un poema político que se metía, como las barrenas de Baldomero Lillo, de lleno en la realidad: “Qué crimen no cometieron?”. Era parte de un conjunto llamado Brutalmente amanece, que se conocería póstumamente. Y había más: Salmos cotidianos, un libro de honda belleza que aparecería también de manera póstuma –una maravilla absoluta:


Uno cree tocar fondo, pero no.
Hay otro fondo después del fondo
y otro y otro, todos los días.
Hay una puerta y después otra
sin fondo al comienzo y al final
y estás desnudo en medio de todo.
El sol sigue su camino envejecido.
Algún pájaro es casi tuyo de tan distante.
Una mano se levanta, otro puño se cierra
y perdonarás cada día
con la misma inocencia de un niño viejo.

Y si bien lo terrenal y lo cómico imponen a menudo sus términos, dibujando los contornos de toda una aldea, no está de más enfatizar que esta es una poesía de excepcional delicadeza, que tan pronto aterriza para contar un chascarro como luego se eleva en arrebatos en cuyo despliegue se dejan ver frecuentemente, junto a una cierta ternura, unas “luces bravías”, dicho con un verso del propio Alcalde, como si toda su obra se tratara de “una muestra de la brutalidad y la abnegación humanas”.

En uno de sus poemas que tratan sobre la poesía misma –lo metapoético no está ausente en esta obra, pero nunca se encapsula ni trafica flores plásticas–, Alcalde enumera las que considera las siete virtudes de la poesía: “la identificación como morada, el dolor como argumento, el ritmo / como venganza, la libertad como contenido, las palabras como / subterfugio, el método como sacrificio, la evolución como dictamen”. Quisieran estas páginas ratificar con qué holgura su propia obra poética da el ancho.
 
De Alcalde, que se definió a sí mismo como “un barbudo artesano de la poesía”, se podría decir lo que él dijo de Violeta Parra –a quien antologó y biografió en 1974 en el pionero libro Toda Violeta Parra para el sello argentino Ediciones de la Flor–: “Se quedó dormida sobre el sueño sangriento de su sinfonía folclórica inconclusa”. Que a cien años de su nacimiento y treinta de su muerte sean cada vez más los lectores los que sigan reavivando el sentido abierto de la gran sinfonía alcaldiana para que los vecinos que la habitan y hablan sigan siendo, con sus penas y alegrías, sus pequeñeces y grandezas, lo que en el fondo y pese a todo siempre son o intentan ser, “viajeros en tránsito dichoso”.

 

 

 

 



 

 

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