Puede haber un clavecín en una casa de adobe y en el siglo XVIII hay aviones que sobrevuelan el valle del Mapocho. ¿Imaginación surrealista (esos caracoles en un taxi lleno de lluvia)? Sí. ¿Ojo cómico sobre la historia, desacralización? Sí. ¿Intemporalidad propia de los sueños? También. Así veo este breve volumen de Adolfo Couve: una materia narrativa, una anécdota adelgazada al máximo de precisión, de movimientos breves y bruscos, como el viejo cine mudo.

¿Problemática del inmigrante en América (al personaje Méric le faltan dos a para ser América, se ha señalado)? Tal vez, apenas; todo problema de fácil formulación racional está mencionado apenas en este texto. Casi es la literatura propia de los nihilistas y escépticos, que se miran a sí y al mundo juguetonamente. Couve inmoviliza gráficamente a sus figuras, detiene las acciones como en un daguerrotipo. Los personajes no actúan: son fantoches con armas de goma y dolores fingidos, presentados por una mirada irónica que los ve manipulados como peleles. Los escenarios son teatrales, son escenografía, decoración de cartón piedra, sobre tinglados donde los personajes y sus máscaras aparecen y se van al cuchicheo del autor-consueta.
Tras esta forma de presentación novelesca —que puede recordar EL CABALLERO INEXISTENTE de ítalo Calvino, o la patafísica, o ley de las excepciones del genial autor de UBU-REY, Alfred Jarry— , creo ver una decepción radical ante la criatura humana y la misma literatura. Inquietante no es la narración; es el narrador: ..."casi olvido que estoy aquí entre bastidores esperando me paren a palos para la actuación de mañana".
Al comenzar la lectura, la imaginación narrativa de Couve, el proceso poético de su ficción, hacen pensar en un tipo de novela que apenas ha tenido cultores en Chile, pero donde se encuentra un ilustre ejemplo visionario: EL HABITANTE Y SU ESPERANZA (1926), novela de Pablo Neruda. Es sólo una primera impresión, que se desvanece al entrar en el desconcertante, excéntrico y literario mundo poético de Adolfo Couve, sobresaliente pintor chileno, profesor de Bellas Artes, premiado múltiple, autor también de una monografía sobre Pablo Burchard y de otra nouvelle de hace cuatro años, ALAMIRO.

(extracto)
LA SIEMPREVIVA
Cuando el general Miraflores se arrimó al abismo, haciéndose el que inspeccionaba, pasando de un soldado a otro igual, se detuvo ante el precipicio en cuyo filete se agitaba una siempreviva.
La flor en su vaivén no atinaba a colocarse en posición firme y Miraflores (para quien el apellido lo ponía al servicio de ella) se inclinó para arrancarla.
Hubo un diálogo cercano y recordó el soldado que cuando muchacho se echara de bruces sobre una tumba para extraer "una flor negra que se nutría con la muerte", y el general le puso a disposición toda la palma de su mano, llevándola dormida hasta la cabalgadura.
— ¡Hoy falto al deber; no hago lo que debo; no tendrá reparación este hecho!—, gritó a la tropa.
Y al girar la cabeza, advirtió que en el vértice del abismo se agitaba como siempre la pequeña siempreviva.