Hay libros que no nacen del sosiego, sino de la urgencia respiratoria. Libros que se gestan en la fisura donde la memoria y el trauma de las relaciones codependientes amenazan con asfixiar la voz. El bozal, la más reciente entrega narrativa de la escritora chilena Alejandra Coz Rosenfeld, es un ejercicio de arquitectura íntima, una bitácora de desprendimiento y una exploración valiente del espacio fronterizo donde la autobiografía y la ficción se confunden para cicatrizar.
LA ESTRUCTURA DEL FRAGMENTO: DIARIO DE UNA EMANCIPACIÓN
Construida bajo un formato que oscila de manera ininterrumpida entre el diario de vida y la epístola interior, la obra arranca con una cita esclarecedora de Mariana Enríquez: «El miedo cambia, se proporciona». A través de marcas temporales que van desde días de la semana desprovistos de certeza («Es martes / Da lo mismo», «Otro lunes», «No sé qué día es») hasta hitos astronómicos y biológicos (la Luna nueva, el equinoccio, los ciclos menstruales), Coz Rosenfeld articula una temporalidad que rehúsa la cronología lineal del relato tradicional.

El lector asiste a la intimidad de un sujeto autorial golpeado por el cansancio del «deber ser», la maternidad exigente, la sombra de la dictadura en los recuerdos de infancia y la presencia opresiva de un vínculo afectivo violento y manipulador. El formato fragmentario actúa aquí como el reflejo fiel de una mente que intenta reestructurarse entre escombros, donde cada pequeña entrada constituye un paso hacia la restitución de la soberanía personal.
«Mientes, siempre lo haces, siempre lo hiciste... para que así esté despejado el canal, sin interferencia la comunicación, imponer tu orden y perder el rumbo, usar el bozal, la mirilla, cerrar un ojo, intercalar la mirada, no ver nada a lo lejos.»
EL CRUCE ENTRE LA FICCIÓN Y LA MEMORIA CORPORAL
En El bozal, el ejercicio de memoria no es un mero inventario nostálgico del pasado; es un examen incisivo de la carne y el instinto. La autora retoma elementos de su propia biografía —el recuerdo de las tardes infantiles en el piso de parqué escuchando la radio de onda corta durante la dictadura, el peso de los linajes femeninos— para imbricarlos con una prosa poética de alta intensidad dramática.
El «bozal» del título opera como una metáfora central y polisémica: es el dispositivo impuesto por el relato del otro —aquella pareja que juzga, invalida y reescribe la infancia de la protagonista—, pero también representa la autoexigencia y el sesgo de la culpa introyectada. Romper el bozal exige atravesar el fango de la duda («¿Seré yo? ... creo que a esto se refiere el síndrome de Estocolmo») y someter el propio dolor a un proceso de alquimia verbal.
«Porque, hasta que no encaré la muerte, no sabía qué era Fénix. Las ganas de salir del pantano y la espesura comenzaron a mover mis aguas y todo comenzó a encajar.»
A medida que las páginas avanzan, el tono agobiante y de asfixia inicial cede el paso a una luminosidad conquistada. La sanación en el texto de Coz Rosenfeld no aparece como un milagro instantáneo, sino como un aprendizaje de la lentitud y el desapego. La reconexión con los elementos naturales (el bambú, el junco, la tierra bajo los pies descalzos, las fases lunares) y los actos cotidianos de psicomagia —volverse a cortar el pelo, retomar el mate, hacer yoga, escuchar a los pájaros al amanecer— marcan el paulatino retorno del sujeto a su propio eje.
La voz narrativa renuncia finalmente a ser el alimento espiritual de una relación tóxica («Dejé al fin de ser tu alimento»). El libro concluye no en la complacencia, sino en una calma ganada a pulso, donde la soledad ya no aterra, sino que se alaba como un espacio limpio para volver a habitarse.
Con una propuesta tipográfica sobria sobre papel ahuesado y editado bajo el cuidado de Ediciones Filacteria, El bozal se consolida como un testimonio fundamental sobre las violencias invisibles en la esfera de lo íntimo y sobre la literatura como territorio insobornable de libertad. Alejandra Coz Rosenfeld nos entrega una obra transparente, valiente y profundamente humana que demuestra que, aun cuando las palabras hayan sido amputadas por el miedo, siempre es posible volver a nombrarse.