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EL ARTE DE ADAPTAR

 

Por Alberto Fuguet
Revista de Libros de El Mercurio, sábado 29 de marzo de 2003.


La entrega del Oscar al mejor guión (en rigor, al mejor guión original y mejor guión adaptado) es la ceremonia literaria con mayor audiencia en el mundo (ni siquiera el Nobel es transmitido por TNT o E!). Mucho se habla de Jonathan Franzen o de David Foster Wallace, pero a estas alturas el impacto (tanto pop como literario) de P.T.Anderson, Quentin Tarantino y —por cierto— del ya mítico Charlie Kaufman (el responsable de la asombrosa y narcisística «El ladrón de orquídeas») es incalculable. Curioso como, incluso en el ámbito literario, el cine (y los medios audiovisuales) llevan la delantera. ¿Alguien, de verdad, está sacando novelas como las de HBO, por ejemplo? ¿Quiénes están a la altura de un David Chase, el hombre tras «Los Soprano»; o de un Alan Ball, el guionista/productor-visionario responsable de «Six Foot Under»?

En la categoría de guión adaptado Charlie Kaufman perdió el pasado domingo ante «El pianista». Pero la derrota fue hasta por ahí no más porque cuesta sostener que «El ladrón de orquídeas» sea un guión adaptado. ¿Lo es? No creo. Lo único que transpira es originalidad (quizás peque de "demasiado original") y lo que menos hace es adaptar la novela madre (que no es una novela sino un reportaje ampliado a tamaño de libro). Así las cosas, el verdadero ganador de la noche fue Charlie Kaufman al poner a la propia categoría en jaque. «Adaptation» (su notable título original) no venció, entre otros motivos, porque lo que Kaufman hizo fue sencillamente una canallada, algo que cualquier guionista bien nacido sabe que no se puede hacer: despachar un guión que nada tenga que ver con lo solicitado. Lo notable es que Kaufman se salió con la suya y, de paso, cerró la posibilidad de que se haga de nuevo.

Lo decisivo de la gala fue que «Las horas» no haya ganado en la misma categoría. Eso es lo realmente importante. Quizás ése sea además el verdadero y perverso triunfo de la dupla Jonze-Kaufman. Un año antes, el trabajo de David Haré a partir de la premiada novela de Michael Cunningham se hubiera convertido en una lección, pero «Adaptation» cambió para siempre lo que se entiende por adaptar. ¿Qué es lo que hay que adaptar: la historia, el espíritu, la esencia? Uno lee Las horas y luego ve «Las horas» y está casi todo, la adaptación parece ser perfecta, pero no lo es. Es literal, plana, básica y, sobre todo, bien intencionada. Haré, un dramaturgo en su propia ley, termina teniéndoles miedo no sólo a Virgina Woolf sino al autor y, sin querer, traiciona el espíritu del libro. David Haré cierra el filme con la misma imagen con que parte la novela y la propia película: un suicidio en el río (duda: ¿por qué los escritores y poetas siempre se suicidan en las películas? En «El ladrón de orquídeas», al menos, el guionista termina feliz, enamorado, escuchando «Happy Together»). La imagen del suicidio acuático es potente, en especial si uno es fanático de la poesía de Sylvia Plath, pero no es del todo original. Pero eso es un detalle. Lo sorprendente es que la novela no termina así. El libro, a pesar de sus ripios culteranos, se redime con un final portentoso, epifánico, que desnuca e ilumina. Cunningham cierra su libro apostando por la vida; Haré culmina su adaptación con la muerte.

Lo que Charlie Kaufman hizo, por cierto, fue más radical que cambiar el final: ni siquiera adaptó el libro. En el colegio, eso se llama "recurrir a los fenicios" y, por lo general, los alumnos que utilizan esa artimaña del "engrupimiento" terminan con un dos. Lo curioso, sin embargo, lo realmente misterioso, es que, a pesar de todo, de todas las locuras y giros, la adaptación que Kaufman hace de El ladrón de orquídeas de Susan Orlean funciona. Funciona tangencialmente pero funciona. Al comparar libro-película, queda claro que el guionista estaba en lo cierto (el libro es, en rigor, inadaptable) y que el tipo es un genio: toda la esencia del libro está en la pantalla. Es más: mientras las novelas pierden personajes o detalles al ser traspasadas, «El ladrón de orquídeas» deja atrás su DNA periodístico y se alza como una obra de arte. Como bonus track, la prosa y los pensamientos de Susan Orlean se transforman, vía Kaufman, en un personaje entrañable: la propia Susan Orlean.


A pesar del "fracaso" de Kaufman, uno sale de «Elladrón de orquídeas» con ganas de leer El ladrón de orquídeas; uno sale de «Las horas», en cambio, con la idea que ya no es necesario leer Las horas. En el caso que uno ya lo había leído, termina pronunciando la desgastada frase: "no está mal pero el libro era mejor". Donde sí triunfan ambas adaptaciones es que las dos te motivan a leer otros libros. Uno queda con deseos de leer cuanto antes el libro de la Orlean. Fue mi caso. Me conseguí The Orchid Thief y un libro que recopila sus otros artíis del New Yorker. Compré también Story, la gruesa biblia para guionista del irascible Bob McKee, que prácticamente se roba la película en su corta aparición.

El mayor triunfo de «Las horas» es cuando deja de fascinarse con los escritores malditos y se fija en aquellos que leen (quién dice que un lector no puede ser más complejo que un autor). Lo mejor de este académico filme es cómo establece la importancia de los libros. No es raro que el mejor rol en el filme sea el de Julianne Moore como una mujer que está condenada a leer porque siente que necesita algo más. Es por ella, y no por Nicole Kidman, que uno sale del cine deseoso de leer La señora Dalloway de Virginia Woolf.


 

 

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Alberto Fuguet: El arte de adaptar,
Fuente: Revista de Libros de El Mercurio,
sábado 29 de marzo de 2003.