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Antología 40 años de poesía: (1965-2007) de Astrid Fugellie

(Santiago de Chile, La Trastienda, 2008)

PALABRAS PRELIMINARES

Raúl Zurita
Santiago, enero 2008

 

Dijo: - No llores en Ingl és o en Francés ¡Llora en Chilenito!
(Los círculos)

Recorrer los ochos libros publicados hasta ahora por Astrid Fugellie, desde Poemas aparecido en Punta Arenas en 1966 cuando su autora tenía 17 años, hasta La generación de las palomas del 2005, es entrar en una de las poéticas más amplias y originales de la poesía chilena actual. Ella paulatinamente nos va revelando una cara del mundo en la cual la experiencia personal se funde a menudo con la historia y lo colectivo, en una suerte de confrontación permanente que va de lo cotidiano a lo religioso, del susurro a la profecía, de lo ancestral a lo presente, mostrándonos que aquello que entendemos por privado es también una dimensión de lo colectivo y que lo colectivo a su vez es un hecho íntimo, personal, que acaece en la soledad de nuestra experiencia. Hechos vastos y terribles como la desaparición de un pueblo, tematizado en la obra de Fugellie, o el duelo o la pérdida individual, son los rostros opuestos y simultáneamente similares de la historia de una humanidad que fundamentalmente ha hecho arte, ha escrito novelas, ha compuesto música, por exactamente las mismas razones que no ha podido hacer de la vida misma una gran obra de arte, una escultura, una sinfonía. En nuestras existencias experimentamos permanentemente esa escisión entre el dolor real y el vislumbre de la felicidad, entre el anhelo de paz y el espectáculo permanente de la violencia, entre nuestra radical incompletud y el vislumbre de una eternidad maravillosa y arrasadora, y donde la historia de la escritura, de la creación artística en general, no es sino el gran registro de esa escisión permanente que en cierto sentido define lo humano y que, precisamente por eso, siempre ha sido tratada de manipular por los poderes como lo es hoy por el mercado. Pero eso es también el privilegio de la poesía. Confinada del circuito del poder político y del mercado, la poesía, y su resistencia a ser absorbida por la lógica del consumo, es lo que más radical y dramáticamente ha dado y continúa dando cuenta tanto de las infinitas dimensiones de toda existencia como de la permanente amenaza de que esas dimensiones sean reducidas y cercenadas. La multitud de voces que es en sí misma la obra de Astrid Fugellie representa una de las muestras más elocuentes que hoy se puede exhibir de esa lucha contra toda reducción y unilateralidad.

Su poesía comienza siendo una poesía fuertemente centrada en una imagen de la trascendencia, como lo muestra su primera publicación: Poemas (1966), que recoge textos escritos entre los 15 años y 16 años, uno de los cuales, “Ansiedades”, abre esta muestra porque, aún siendo Poemas un libro juvenil y con los estereotipos que suelen tener los libros juveniles incluso de los más dotados, véase por ejemplo Cuadernos de Temuco del joven Neruda, tiene la virtud de mostrarnos uno de los rostros de la obra de la autora que se reiterará en sus poemas mayores. Es una apuesta por la trascendencia profundamente material por así decirlo, extremadamente pegada a las cosas, donde el amor, la duda, los objetos, van siendo puestos en la potencia de su presente. Es lo que puede ya verse en su segundo libro, Siete poemas de Astrid Fugellie de 1970, que contiene ese magnífico poema que es “La muerte de Varinia”, y en el libro que sigue, La casa en la lluvia de 1974, donde emergen las características de sus obras mayores: un sentido del lugar y de la pertenencia y, simultáneamente, la creación de un lenguaje que funda un territorio a la vez mítico y real: el sur, la Patagonia,. Este sentido se acentuará aún más en el ciclo iniciado por Las jornadas del silencio de 1984 donde el poema “Carta para mi hermana Ingrid” constituye un pilar fundamental no solo de la poesía de esta autora sino que de la poesía chilena, y que continuará ampliándose en Los círculos de1988 y Dioses del sueño de 1991, libros en los cuales Astrid Fugellie alcanza un hondor y amplitud sólo comparables con los poemas cumbres de Gabriela Mistral en los cuales esta última también hace presente esa oralidad arcaica, quebrada, que la caracteriza.

Pero este sentido del lugar no sería posible si la poesía de Fugellie no fuese asimismo una suma de voces, de paisajes y de oralidades, que van ocupando el cuerpo del poema haciendo de ellos un mundo donde se puede percibir el latido de lo que habla, su sonoridad, sus ecos, su respiración. En Los círculos esta respiración es sobretodo la de la emergencia de una nueva habla, de un lenguaje que no existía antes de estos poemas y que en sus ondulaciones, contrapuntos, acentos, permite que una realidad hasta entonces no nombrada se nombre. Es la modulación del poema; su melopea como la llamaba Pound. Estos poemas deben ser leídos también con el oído, hay que escucharlos en su increíble despliegue musical, en el idioma que levantan. Recorrer así esta obra es recorrer también un registro de la historia trágica del exterminio de los pueblos indígenas del sur de Chile, pero para hacerlo debía crear una modulación nueva que diera cuenta de las marcas presentes de esos crímenes y tragedia. Es lo que en Los círculos muestra conmovedora y desgarradamente ese ¡Llora en chilenito/ que va al comienzo de estas líneas.

Lo que abre entonces esta poesía es también una dimensión oral de un valor inestimable, exactamente porque registra un momento del habla al mismo tiempo que le inventa una modulación a esa habla. Estos poemas deben ser leídos también con el oído, hay que escucharlos en su sonoridad, en el idioma que levantan. La poesía de Astrid Fugellie es exactamente el lugar que posibilita que esas hablas no oídas se escuchen y por ende que la infinitud de nuestros registros internos: como hablamos en los sueños, como hablamos cuando estamos solos, como hablamos frente a otro, como nos oímos al hablar, encuentren su expresión pública y su dignidad. Pocos poetas, ya mencionamos a la Mistral, ahora deberíamos mencionar a César Vallejo, han alcanzado como ella a tocar esa sonoridad misteriosa y persistente, que cada ser humano posee, y que los personajes que habitan Los círculos: Mariagua Mediagua, Maximiliana Pirul, Angelina Quilleleo, Lucrecia Millapi, Paulina Yagán Yagán, Segunda Loncón, nos muestran en poemas que se cuentan entre los más cruciales y relevantes de la poesía chilena. Pero un habla es exactamente eso, al decir decimos la totalidad de nuestras voces y también en algún lugar esas voces son igualmente la de todos. Esa patria común que une lo más íntimo de nuestra expresión con lo más extenso de lo colectivo y por ende, con lo religioso, con lo social, con la trascendencia y la muerte, es lo que nos muestran los poemas aquí reunidos.

El sujeto que emerge es así nuestro propio sujeto, nuestra propia experiencia. En sus dos últimos libros publicados: Llaves para una maga (1999) y sobretodo en La generación de las palomas, Fugellie vuelve a tomar esa suerte de polifonía del habla, mostrándonos -como anoté en el prólogo de este último- los momentos de un itinerario donde la voz que atraviesa los poemas, sus silencios, sus salmodias, sus entonaciones, nos señalan un exilio radical en el cual los seres y los territorios de nuestras vidas son también los seres de nuestra soledad y de nuestra muerte. Este nuevo giro en la poesía de Fugellie representa una especie de hundimiento en aquellas zonas donde efectivamente todo se pierde como si nosotros mismos fuésemos hijos de esa muerte general a la que debemos una y otra vez volver, enfrentar, mirar, porque sólo desde ese enfrentamiento feroz es posible levantar un nuevo nacimiento, un relato nuevo. Lo admirable es nuevamente que sus visiones no están tergiversadas por el terreno pantanoso de las ideas previas, jamás caen en el vicio de la abstracción sino que se afincan en cosas palpables, en hechos y seres concretos, en sonidos y voces, lo que le otorga esa esencial cercanía con el mundo y profundidad. En sus dos libros hasta el momento inéditos: Libro del mal morir y Haikú o el libro de las contemplaciones, esta visión se hace cada vez más intensa volcándose en un verdadero de profundis de las cosas: un reloj de pared, un dormitorio, una puerta, y sus luces vuelven más despiadadas como se ve en los tres poemas breves que cierran este libro, en un ejercicio límite de lucidez que, en primer lugar, nos indica que en poesía se debe llegar al final, que esa es su demoledora certeza pero también su esperanza.

No deseo extenderme más, en poesía la misión de los prólogos es que el lector se los salte y espero muy sinceramente que estas palabras no sean leídas porque a una poesía como estos hay que entrar directamente, sin rodeos. Leer entonces estos poemas en ese arco que va desde las búsquedas propias del comienzo hasta la desgarradora plenitud de su obra mayor, es leer la historia de nuestra habla de un modo que no se había hecho antes. Como lector fervoroso de la poesía de Astrid desde que leí Los círculos sentía el deseo de poder leer su obra en conjunto, por lo que el querer reunir en un solo libro aquellos poemas que más fuertemente me han marcado solo libro no obedece tanto a un afán antológico, sino que a un motivo que me atrevería a calificar como ético: una obra y una autora como ésta debe ser atendida, escuchada y apreciada en todo su valor y dignidad. En ello también se juega nuestra dignidad como lectores.

Deseo finalmente expresar mis agradecimientos a Astrid por su estupenda disposición, la iniciativa de este libro como la selección es estrictamente de mi responsabilidad. Como no podía ser de otra manera, los poemas aquí incluidos obedecen a mis preferencias y al abordarlos carecía de una cartografía previa, descreo por lo demás en la mayoría de los casos de los llamados cortes críticos porque toda obra importante tiene incontables direcciones y nudos que se van sobreponiendo y que las distintas generaciones de lectores van a su vez modificando. No obstante lo anterior, quise dar una muestra de la totalidad del desarrollo hasta hoy de esta notable poeta chilena en plena producción y ello imponía una cierta línea, un espíritu, por llamarlo de alguna manera, pero soy conciente que en una obra como ésta, esa línea es una extrema parcialidad; no hay una línea decía recién, hay millones, y cada nuevo lector construirá la suya. Pero sobretodo he querido que esta muestra de los poemas de Astrid Fugellie se entienda como un tributo de admiración a esta poesía y a su autora. Esta última frase es la única de este prefacio que desea ser leída.

 

 

 

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Raúl Zurita.
Santiago, enero 2008