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Alejandra Farías Köhnenkapf | Autores |









El telar de Penélope - Alejandra Farías Köhnenkapf
(Adelanto de su novela próxima a publicarse en octubre, en Santiago de Chile, por editorial
Las tentaciones de Penélope).

 

Canto I - La barca negra

Una barca negra es la embarcación que escogí para zarpar esta noche desde las orillas del Ponto. Los esclavos, bajo el látigo, ocupan sus puestos en la galera. Oran en silencio convocando a Apolo, el dios del retorno. Las velas negras son desplegadas mientras una daga corta las amarras y el tambor da la orden para que los remos penetren el agua. El navío se mueve guiado por el soplo de Atenea que mira desde lejos convertida en cuervo. Los mástiles de ébano crujen y el cuervo se instala en lo alto. — Una mujer sobre el mar —sentencia Poseidón inquieto en las profundidades. En la popa, veo cómo se van empequeñeciendo las luces de mi reino hasta desaparecer. El último destello marca el comienzo de la travesía. La barca se mece al compás de los remos, un golpe, otro y otro más. Camino hacia la proa mirando el manto oscuro de las aguas. El océano se comprime en mi garganta y las sombras dominan a mi alrededor. Remontando el oleaje, el bajel inicia el gran viaje; las profundidades mudas sostienen la esperanza. Apoyada en la baranda, me sumerjo en la nostalgia. El viento me trae el sonido de aquel nombre. — ¡Ulises, Ulises! —grita la ventisca. El cuervo me mira desde la vela mayor y luego apunta sus ojos a los nubarrones que se aproximan. Las olas comienzan a golpear con fuerza el casco de la nave haciendo que el velamen transite desde un punto cardinal a su opuesto. Las estrellas se van cubriendo, ocultan la ruta que me he propuesto seguir. Una cuerda que termina en nudo se estrella con fuerza contra la baranda. —Pasos— se me ocurre pensar; pasos que se aproximan como los que creía escuchar en la escalera, frente a mi puerta, cerca de mi cama, pero que se esfumaban al apuntar la lámpara en esa dirección. El oído también puede enloquecer —me repito— tratando de silenciar los trancos que retumban en la penumbra. El pájaro negro abre sus alas antes que el primer rayo inicie la tormenta. El espacio azul oscuro se ilumina con el caos de truenos y relámpagos que lo inundan. Veo estallar en colores fosforescentes los pliegues de mi ropaje, las huellas de mi piel, las hebras de mis cabellos. El mar estira su lengua y me lame el rostro llevándose mis lágrimas. La luz tiñe las nubes bañándolas de plata y violeta. En las galeras los hombres se lamentan, gritan con espanto, claman para que la Reina de Ítaca deje la locura de este viaje y los lleve nuevamente a la humedad de sus mazmorras. Reciben por respuesta el estrépito de las aguas. Obligada por la tormenta, busco refugio en mi camarote. — ¿Cómo una mujer que va cayendo puede saber sobre su rumbo? —se pregunta el timón girando en círculos. El resplandor en el suelo mojado me enceguece haciendo cada vez más difícil escoger los espacios para poner los pies y avanzar. Caigo antes de llegar a la puerta, el velo de mi cabeza es arrastrado por el viento y desaparece tragado por las agitadas aguas que remecen el navío. Me levanto, entro y cierro la puerta. El mar embravecido me hace trastabillar y volver a caer. Veo volcarse cada una de las ánforas de vino reservadas para el viaje, guardadas con la paciencia ensimismada de la espera. La bebida corre por el piso, mana sin contención y mancha mi vestido mientras ensangrienta el agua. Los dioses hablan de malos augurios, de pérdidas que anteceden a la muerte. Un nuevo embate de la tormenta me impide ponerme de pie. Permanezco quieta en medio del charco rojo. Bajo, me sumerjo, transito por aguas negras, desciendo por pasillos ciegos que me llevan a mi propio laberinto. Una tras otra caen las olas sobre la cubierta de la negra barca. En un rincón de mi camarote, encogida, ovillada, canto una canción antigua, repito una a una las sílabas, las palabras, la cadencia, como sortilegio contra el infortunio. Canto y la melodía me humedece la boca. Canto y mi voz se acopla al viento que hace silbar las cuerdas y perder los estandartes. La canción se descompone, se convierte en un grito al cielo que esconde sus constelaciones. El viento penetra en ráfagas por las diminutas ranuras. La tormenta azota la embarcación y en el caos me desmembro. Secos y ciegos, mis ojos ruedan desde sus cuencas y se estrellan contra el suelo. De tanto buscar en el horizonte, de tanto indagar en la silueta de las colinas perdieron su brillo, su alcance. Se conformaron con ver lo que estaba más cerca, más próximo. Fueron enajenando las distancias para engañar al olvido. Euriclea lavó mis ojos con yerbas y ungüentos traídos desde la fértil Éfira, pero no sanaron. Mi suegra, la dulce Anticlea, intentó con compresas de arenas húmedas de la misma playa en que vimos desaparecer al viajero, pero no dieron resultado. Ya no hubo más amarillos, tornasoles y morados a la hora del crepúsculo. Con tanta oscuridad, mi soledad se fue llenando de seres fantasmales, situaciones funestas, muertes horrendas; mi Ulises devorado por un monstruo de gran cabeza y cabello de serpientes, despedazado por un cíclope gigantesco sediento de sangre humana. Escuchaba sus alaridos, veía su rostro deformado por el dolor, extenuado de tanta tortura. Traté de evitarlo, pero mis ojos siguieron oscureciéndome, las sombras pintaron mis ropajes y el negro se hizo mi compañero. Yo, la sin luz, la esclava de las tinieblas, la condenada a rastrear, a interrogar a los recién llegados. A preguntar a la orilla de los caminos, a husmear en los cementerios el nombre del desaparecido. Los ojos desprendidos de mis cuencas flotan en el suelo anegado. Como las hebras de un tapiz mal tejido que se deshace, son mis manos las que se desprenden de mis muñecas y caen al agua ennegrecida flotando junto a mis ojos. Lentamente dejaron de sentir, apenas reconocen la textura de la lana al ser escarmenada, con dificultad elaboran los ovillos y hacen bailar al huso. Ya no quieren saber de caricias, ni de abrazos y menos deslizarse por otras pieles. Ahora se desarticulan, sus falanges se separan y se desperdigan sobre el piso anegado. Sin ojos y sin manos recorro mi laberinto. No hay indicios que sirvan de guía, no hay huellas que puedan mostrarme el camino; perdida la voluntad flotan en medio de la espuma.

El océano, agitado por la tormenta, me provoca una náusea gigantesca que me hace expulsar como lluvia todos mis dientes. Desdentada, no puedo articular la canción cuyas sílabas me empecino en repetir. Entonces, brota desde mi garganta la melodía que se acopla al crujido del bajel que intenta resistir la fuerza de las olas. Me desintegro; siento mis senos aflojarse del pecho. Qué importa, sí ya no hay quién se adhiera a mis pezones ni hay miradas que penetren en mi escote. Entran en el agua y se sumergen junto a los huesos, los dientes y los ojos que apuntan sus pupilas de un lado a otro. Un enorme relámpago ilumina el camarote y, cuando el feroz estruendo retumba en el mar enardecido, es la cabeza la que se separa del cuello. Así, sin resistencia alguna, pierdo la cabeza. Extravío aquella máquina infernal en medio de la tempestad. Sin ojos ni dientes, el cráneo navega sin rumbo, lleno de agua salobre que ahoga los recuerdos. Desprendida, la cabeza ya no busca explicaciones, no acusa el torbellino que la habita y que la atormenta con imágenes de cuerpos retorcidos por el placer en el suelo de una gruta. Por fin, he quedado libre de la tiranía del cuerpo. Liberada del deseo cesará la búsqueda. Por sí sola, una cabeza no es esposa ni viuda, no requiere indagar sobre su estado. No necesita varón que la honre ni linaje que la dignifique. Una cabeza de mujer por sí sola no es delito alguno, no significa peligro, amenaza, ni tentación para nadie. No altera ningún orden y no se le exige descendencia. Una cabeza desprendida de un cuerpo de mujer puede transitar todos los caminos, puede llegar al límite sin causar sospecha. No genera reticencias ni provoca la ingobernable amenaza del deseo.

Floto en el mar sin cuerpo que me delate. No habrá pretendiente alguno que se sienta llamado a esperar frente a mi puerta. Viajo sin rumbo por el Hades, no hay luces que alumbren el camino. En el fondo del extravío escucho voces que gimen, llantos que terminan en ahogados sollozos. Nadie viene en mi ayuda, nadie puede encontrarme en estos abismos. Si solo pudiera escuchar el sonido de mi voz.








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(Adelanto de su novela próxima a publicarse en octubre, en Santiago de Chile, por editorial Las tentaciones de Penélope).