Tenía 4 años.
Cuando con mi madre caminábamos a la escuela y pasábamos frente a la Plaza Madeco en la población Mussa, ella me decía: "en esta plaza está enterrado Allende". Seguramente era otra frase y la interpreté de esa forma. Crecí pensando que el ex presidente estaba sepultado cerca de mi casa.
En parte era cierto. Con los años fui comprendiendo que el presidente muerto era solo un símbolo de un dolor muchísimo más grande que invadía a un país completo y esa plaza pasó a representar un cementerio invisible.
Era la plaza más bella del barrio, sin embargo, tenía un significado oculto, siempre, desde esa inocencia infantil hasta el pavor juvenil.
Es paradojal que haya asociado lo peor que conocía al lugar más lindo de mi entorno. Pienso que era una negación a que tanta miseria fuese real. Sepulté el horror y lo tapé con belleza.
Puedo decir que tuve una infancia y adolescencia feliz, protegida, pero siempre consciente de que era un privilegio que muchos, muchísimos no tenían.