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Encrucijada en el río Ouse

Por Adrián Marcelo Ferrero


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Es el mediodía
de un 28 de marzo en Sussex, Inglaterra.
El sol pega vertical sobre mi coronilla.
Con su luz meridiana emite chispazos.
Camino por la orilla del río Ouse.
Es raro.
Presiento que algo trascendente
tendrá lugar dentro de pocos instantes,
pero no alcanzo en mi ansiedad
a vislumbrar qué.
De pronto veo a una mujer
de unos 60 o 62 años
(después sabré que tiene 59)
que recorre nerviosamente
la margen derecha del río.
Se la percibe atribulada.
Realiza movimientos involuntarios,
como si estuviera fuera de sí,
agita brazos y piernas.
Vacila, retrocede, avanza
tres grandes zancadas.
De pronto la veo introducirse, nerviosa, en el río
y llenar los bolsillos de su abrigo
con grandes piedras.
Es ahora cuando mi instinto me dice
que es momento de actuar.
La mujer ha comenzado a hundirse.
La aferro del brazo, doy una patada
en el lecho del río
y salimos a la superficie.
Ella no me esperaba.
Yo no la esperaba.
El río me llega a la altura de los hombros.
Es tiempo de respirar.
Le quito una por una
cada piedra de los bolsillos,
como quien deshoja una margarita.
Comprendo que no está bien.
No está bien y está en un momento
desesperado de su vida.
La tomo de debajo del brazo izquierdo
y nado con ella hacia la orilla,
contra la corriente.
Con la ropa mojada
se me dificulta el desplazamiento.
Es una mujer de color rubio canoso,
si bien ahora mojado
su pelo parece más oscuro.
Ha descuidado su aspecto.
¿Qué le pasa señora?
¿en qué la puedo ayudar?
¿dónde vive? ¿qué tiene?
Digo todo esto consternado.
Con el respeto por alguien
que ha estado a punto
de quitarse la vida.
Me dice que está
profundamente arrepentida
de haberme hecho pasar
semejante mal momento.
Minimizo su comentario con un gesto
de la mano.
Pasa un hombre en una bicicleta,
hace sonar el timbre del vehículo
y le grita: “¡Cabra loca!”.
Adivino que esa mujer es conocida
en los alrededores,
por murmuraciones que no la favorecen.
La abrazo fuerte y le digo:
“-Pero señora, ¿qué quiso hacer?”.
Ella alcanza a balbucear una dirección.
Habla de un tal Leonard, del amor,
no quiere ser más una carga para su esposo.
Comprendo que su situación es trágica.
Más sufrimiento del tolerable en su vida.
No la culpo. Cualquiera en su lugar
sería capaz de hacer cosas como esa
o peores aún.
Se calma.
Me dice que le gusta escribir.
Que no quiere dejar de escribir.
Por eso volverá a su casa.
Porque quiere terminar su novela.
Me observa con la mirada temerosa
de una liebre.
Está empapada.
Le acomodo
mi sobretodo sobre los hombros.
“¡Se pescará un resfriado!”, le digo.
Y agrego: “-Debe ser más cuidadosa.”
“-Leonard, Leonard…”, repite en una letanía.
Musita una dirección al azar.
No sé si es cierta o la ha inventado.
Caminamos del brazo.
Ella me guía con seguridad.
Está extrañamente lúcida ahora.
Llegamos a una residencia que no es lujosa
pero sí es una casona elegante.
“-Aquí me quedo”-me dice segura.
“-Aquí estoy a salvo”.
“Mucho gusto, soy la señora Woolf”, remata.
Se despide de mis brazos
para caer en otros que también la salvan.
Esta noche, su esposo no la llorará.
O la llorará a su modo, pero no por haberla perdido
ahogada en el cauce de un río.
De todas formas,
nada garantiza que ella no vuelva a intentarlo.
Tampoco podemos confirmar que reincidirá.
Todo es fortuna y vacilación.
Es un mediodía de sol en Sussex.
Y yo he estado en el lugar indicado,
y yo he estado en el momento justo.
Me voy silbando.
Un poco para generar una distensión festiva
en torno de mí.
La despreocupación que siguen
al drama.
Otro poco para dejarle el mejor
de los recuerdos.
El de un hombre
que se despide, confiando en ella
dispuesto a que la Historia cambie para siempre.




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