Escritos Después de la Peste tiene por finalidad difundir textos de escritores regionales, nacionales e internacionales. En esta instancia es el turno de un autor de la Región Metropolitana, Alejandro Morales.
A continuación, se presenta una breve reseña biográfica del autor -hecha por él-, y la introducción y un cuento de Los niños de nadie, el último libro de Alejandro Morales.
Entre los huesos desesperados de mi madre y su pulso palpitándole en las sienes, vine yo al mundo un soleado 2 de febrero de 1977, llegando a ocupar el lugar de primogénito el mismo día del cumpleaños de mi padre. De él heredé su apellido, pero no su tez ni sus ojos aguamarina que parecían contener toda el agua del océano; con los años se vio que tampoco el carácter ni la forma de ver la vida por lo que siempre parecíamos dos volcanes enfrentados a punto de explotar.
De mi madre recibí primero el regalo de la vida y a su tiempo, el de leer y escribir. Antes de comenzar mi etapa escolar, ella empezó a regalarme láminas tamaño oficio que por un lado traían la ilustración (Artes Gráficas Cobas, España) y por el reverso, escrito un cuento clásico. Mi entretención era pasarme tardes enteras colocándolas sobre la cama para inventar mis propias historias tan solo mirando los dibujos. ¡Cómo me gustaría tenerlas todavía conmigo!

Alejandro Morales
Después repasaba una y otra vez un libro de “Hansel y Gretel” propiedad de mi prima y cuando su madrina le trajo una primera edición de “Papelucho”, me sorprendió descubrir a ese niño de papel que pensaba y actuaba como yo y como otros de la misma edad alrededor mío. Desde entonces, también comencé a escribir diarios de vida que, lastimosamente, se perdieron entre los muchos cambios de casa después de la muerte de mi madre. Durante esos años de existencia nómade al lado de mi padre, sin saber cuándo, apareció la poesía: Mistral, Neruda, Huidobro, etc., emergieron para darme algo de sol en días muy nublados y con ellos una forma de expresar mis sentimientos. Mis profesores me instaban a participar de los concursos literarios en el colegio y me pedían escribir composiciones para el día de la madre y otras celebraciones, pero como Gabriela, durante los juegos florales, pedía no ser yo quien leyera mis escritos y me quedaba muy lejos guardando el anonimato, preso de una timidez que se fue cuando ya cerca de los veinte años me hice parte de un pequeño grupo realizando obras de teatro en parroquias y capillas.
Mi primer premio, participando en esos concursos, fue una agenda color naranja fluorescente, aunque, como me habían preguntado, pedí el cassette de Sinéad O’Connor con la canción “Nothing compares 2 U” el cual no llegó obviamente. Cada vez que pongo el vinilo en casa, recuerdo entre risas lo decepcionado que estaba al recibir la agenda y la cara de mi profesora diciendo encogida de hombros: “¡Es que no encontramos lo que pediste!”
La vida siguió su curso con sus días, meses y años que fueron pasando de calendario en calendario. Un amor más espiritual me atrapó desde la adolescencia y otro más humano y terrenal ya después de los treinta. Fui novicio cisterciense en el extinto monasterio del pueblo de Chada en Paine recién fundado; me formé en la abadía de Brasil en la ciudad de San José de Río Pardo y luego de tres años allá, me retiré antes de tomar los votos con el corazón agradecido de todo lo vivido con aquellos monjes por los que siento un afecto inmenso hasta ahora. Varias experiencias fallidas en lo amoroso tuve que vivir hasta que apareciera la persona indicada con quien he caminado ya seis años de matrimonio y doce de convivencia. Ha sabido entender mi complejidad, mi amor por las letras (aunque no siempre ponga buena cara cuando llego con un libro nuevo ya que no queda espacio para poner más) y me ha apoyado en todo lo referente a la escritura.
Dudaba mucho al principio de hacer el diplomado de escritura creativa en la UDP cuando se me presentó la oportunidad ya que dudaba de ser suficiente después de escribir solamente para mí y sus palabras me dieron el ánimo para decidirme. Precisamente, esto que se ha transformado en mi primer libro, fue el proyecto con el que me presenté para postular y todo comenzó a fluir desde entonces. Tenía ya la idea de trabajar con la Editorial Tintapujo luego de ver su trabajo en Instagram y conocer a su editora en una feria literaria del GAM cuando, durante las clases, me hicieron la sugerencia de que estos cuentos fuesen ilustrados. Entre todos los autores que gracias a mis profesores fui descubriendo, la española Ana María Matute vino a mi como un viento fresco que despejó mi mente para entender que no es malo ser un “bicho raro”, que lo que escribimos es una experiencia por donde transitamos y la compartimos sin el peso ni la obligación de enseñar nada, sólo invitar al lector a ser parte de ese transito para que descubra por sí mismo lo que le pueda servir de esa vivencia. Por eso no es raro encontrar reminiscencias en mis cuentos de autores como Poe o Saramago, por ejemplo; estos amigos literarios, como Ana María —y como nos lo enseñó en una clase Alberto Fuguet— han sido algunos de los que me han iluminado el camino para saber hacia dónde ir y es mi manera de intentar agradecer ese legado atendiendo al discurso de Matute al recibir el premio Cervantes: “Por favor, no me olviden”.
Hoy estoy presentando humildemente un libro pequeño, rápido en leerse pero que ojalá se quede mucho tiempo en quienes le den una oportunidad. Sigo descubriendo autores que me transportan a mundos nuevos, sigo escribiendo poemas y leyendo poesía porque son el oxígeno que necesito. Me sigo equivocando, sigo aprendiendo y sigo soñando como cuando colocaba las láminas de los cuentos sobre la cama mirando los dibujos y me contaba historias que comenzaban diciendo “había una vez un. niño…”

Cuando narrar se convierte en una necesidad visceral y espiritual (Introducción)
Ana María Matute, la escritora española considerada por muchos como una de las mejores novelistas de la posguerra civil, dijo alguna vez: “La infancia no es una etapa en la vida; es un mundo completo, autónomo, poético y también cruel, pero sin babosidades”.
Estas palabras me dieron la pauta para comenzar a narrar también historias de la infancia que, si bien es cierto, están cargadas de cierto pesimismo, también quieren reflejar mucho de la realidad que se vive en ella cuando no es un lugar cómodo y alegre.
Son muchos los niños de nadie deambulando por ahí con alguna herida en la memoria porque quizá subestimaron su sentir, su pensar, sus sueños. Erróneamente dicen algunas personas “los niños no se dan cuenta” cuando en realidad tienen mucho más para decir de lo que se cree.
Humildemente quisiera invitarles a un viaje en cada relato. Para mí lo ha sido. He tenido que recorrer mi propia niñez y la de algunas personas cercanas, buscar en mí como Rilke le recomienda a Kappus en “Cartas a un joven poeta” para hacer de mi escritura un trabajo lo más honesto posible. Recordar que las niñas de doce años también mueren como mi amiga Carolina, que hay otras como Verónica ( La niña y la muerte) cuya fortaleza dejó a todos boquiabiertos cuando le dijeron que por su cáncer nunca más podría hablar y aun así, hasta hoy sigue hablando, o relatar “El niño del fondo” entre lágrimas, con la certeza de que nunca podré leer ese cuento en público. En este en especial, donde sutilmente trato de contar dos historias, una física y otra metafórica, les propongo acompañar a una niña piel de luna que se verá amenazada por una oscuridad que nadie más puede ver, iniciando así su descenso a un estado emocional donde todo su mundo se resquebraja.
La pérdida de la inocencia, aquella negrura que no es social ni racial sino emocional, existencial, íntima y silenciosamente devastadora es lo que les propongo descubrir en este cuento, sumado a una advertencia: hay oscuridades que crecen sin hacer ruido causando un dolor silencioso que no se logra gritar en voz alta.
Querido lector, si estás de acuerdo, entonces deja que tome tu mano para dar los primeros pasos, no sin antes despertar a tu niño interior para recibir estas historias. Haz este camino conmigo y sencillamente deja que te cuente. Lo haré diciendo “hubo una vez un niño” en lugar de “había una vez”, porque precisamente, como se percibe la presencia del viento, yo estuve ahí para escribirlo.
La niña negra (cuento)
La niña que era blanca, comenzó a volverse negra poco a poco, muy lentamente, desde la punta de los dedos y hasta donde nacían sus cabellos castaños, pero no como lo son las personas de color sino como el carbón, obscureciendo de dentro hacia afuera.
Antes ella se alegraba con el canto de los pájaros, con el olor a humedad que dejaban las últimas lluvias de invierno y su pecho se expandía de gozo porque al fin habría primavera de nuevo. Esa primavera no llegó sola. Trajo consigo los atisbos del primer amor envuelto en una capa de sombra muy densa que al principio solo parecía un delgado lazo negro a la luz del día, pero esa negrura fue tomando forma, fue creciendo despacito en el jardín bajo las ramas de un naranjo al lado de la huerta en la casa nueva. Aumentando muy lento, sin hacer ruido, y nadie pudo notarlo.
La tenebrosidad aprendió a caminar, a engañar, a esconderse.
Le brotaron garras y aparecieron en sus fauces colmillos con los que pudo desgarrar a su paso cuanto iba devorando. Logró entrar a la casa sobre la punta de los pies y se disfrazó de tinta también negra para esconderse en una carta de despedida que la niña llevaba dentro de un bolsillo y ella al leerla, sintió como la oscuridad emanaba del papel invadiendo todo. Entró a su pecho y por ahí se expandió como gangrena a todo el cuerpo. Le despedazaba el alma. El corazón, lo masticaba sin apuro y le desgarraba también las entrañas en cámara lenta.
Un día, luego de haber llorado hasta tener dos surcos de arado en las mejillas, la niña se miró los ojos en el espejo y los que fueron color miel se convirtieron sin saber cuándo, en dos aceitunas. Luego de esto fue el paladar, transformado en una claraboya de fondo muy negro; las encías, los dientes y otro día los labios en luto. Las palabras entonces que brotaban de su interior solo eran de pesar, de queja, de tristeza y de desgano; por eso mismo la lengua, de tanto pronunciar palabras cargadas de amargura, se le volvió negra.
Las uñas de los pies, la piel tiznada, como la de un minero en la faena de remover las entrañas de la tierra. Niña carbonera, niña de negro carbón. Mientras más se ennegrecía, más se encerraba y ya no respondía a los llamados de su madre para levantarse e ir a la escuela, a los de Pablo para salir a pasear en bicicleta por la tarde o los de su abuela para desayunar juntas el domingo.
Se volvía negra y lo que tocaba se sombreaba junto con ella. Las paredes de su cuarto, la cama, su ropa, todo era un abismo carente de luz que terminó ahuyentando a los pájaros que se asomaban a la ventana cuando despuntaba el alba y llegaron los cuervos, que antes fueran niños, para augurar su fin siniestro emitiendo un sonido parecido a un llanto de mujer. Cuando de su apariencia humana ya no quedaba nada y era su ser todo un tizón, atisbó un diminuto rayo de sol por un hueco de la muralla como un ojo curioso que quiso saber si aún estaba ahí, y al rosarle una de sus manos, la encendió inflamando su cuerpo como una antorcha viviente, sin que pudiera emanar de su negra boca algún grito de auxilio pues ya no tenía voz.
Aclaró nuevamente afuera y la mañana se coló sin permiso por debajo de la puerta otra vez con el canto de los gorriones, que volvieron al jardín cuando se marcharon los cuervos. El rocío en los pétalos de los claveles y la brisa con el aroma de la lavanda anunciaron que ya de nuevo era primavera, pero la niña que fuera alguna vez blanca, ahora ya era tan solo un montón de cenizas.