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Nos queda la palabra. Vida más allá de la muerte; Zhao Lihong y su [posible] encuentro con Pablo Neruda y otros poetas.

Por Alberto Moreno [1]
Publicado en Chinese Literature in World Perspective, Prunus Press USA - First edition 2026.
China National Publications Import and Export (Group) Co., Ltd.
Beijing Normal University Jingshi Academy

 

 

Ante las multitudes que habitan la tierra, diseminadas por el todo el mundo, como especie única, tenemos la palabra. El lenguaje nos funda como seres humanos. Frente al dolor intolerable, ante la belleza sublime y sorprendente, y frente al amor que nos desquicia, sólo tenemos la palabra. Pero aún más, y este descubrimiento es terrible, (y nos señala un gran hito en el desarrollo de nuestros antepasados) ante la evidencia de que morimos un poco cada día, y que de un momento a otro, dejaremos nuestros cuerpos y esta manera de sentir, frente a ese estado puro e incognoscible de las cosas, es decir, frente a la parca muerte, que nos cortará un día el hilo de la vida; ante esa atrocidad emocional, sólo tenemos las palabras, palabras como consuelo, piedad; y los recuerdos, la hermandad, el gozo, los hijos, los amores; pero también, recuerdos del odio y de la vergüenza, y a quienes solo deseamos olvidar.  

Palabras, que configuran el habla, que se vuelven escritura. Y en el grado superior de ese andamiaje mental, sonoro, metafísico y lingüístico, visual y táctil, emotivo y abstracto, arriba de ese puente, por sobre todos los caminos, arribamos a la poesía.  Con palabras recordamos y celebramos la vida de los que ya no están. Es con palabras que alabamos a nuestros deudos. A los queridos que para siempre se han ido, y de quienes no sabremos nunca más su paradero, ni oiremos más su risa por las tardes, ni sus llantos en la noche, nunca más un abrazo al despertar, nunca más un beso, nunca más un pan compartido, nunca más juntos en la playa frente al mar.


Zhao Lihong, como poeta Zen. Hacia una definición de su poesía

"El método zen consiste en penetrar directamente en el objeto mismo y verlo, desde dentro. Conocer una flor es convertirse en la flor, ser la flor, florecer como la flor, y gozar de la luz del sol y de la lluvia. Cuando se hace esto, la flor me habla y conozco todos sus secretos, todas sus alegrías, todos sus sufrimientos; es decir, toda su vida vibrando dentro de sí misma. 

No sólo eso: al lado de mi "conocimiento" de la flor conozco todos los secretos del universo, lo que incluye todos los secretos de mi propio Yo”.  Daisetsu Teitaro Suzuki, Conferencias sobre Budismo Zen

Así como se conoce lentamente la flor, este método de contemplación y guía para no perdernos en el ruido ni en la prisa, también su mecánica nos puede llevar al conocimiento de las experiencias límites, como ocurre en el acercamiento a la muerte.

 



Aquí quiero detenerme en dos poemas de Zhao, primero en un texto que se deja leer como preámbulo al tema de la muerte. Es una elegia, un réquiem, donde aún el hombre contempla, la mente articula, el pensamiento razona, el lenguaje dice y las palabras comunican, porque luego se viene la oscuridad absoluta, la zona muda, el silencio de ese más allá que nadie nunca ha visto ni ha escuchado jamás. Este poema justamente se llama,


Pensando en la muerte (Frag.)

Pensando en la muerte,
todo tranquilo ante mí.
Una flor blanca
que florece vigorosamente en la oscuridad.
Una flor negra
que se abre en blanco.
No hay tiempo para revisar el trayecto de la vida.
Los recuerdos pasan brillando
como asteroides
asombrosos y de corta vida.
Por el desfiladero de mis oídos corren voces humanas
Revolviéndose, espesas, como una tormenta de nieve.
Caen solitarias en lo gris
y luego espléndidas en el sol,
derritiéndose,
derritiéndose.
Desaparecen sin rastros,
sin excepción,
se derriten en la tierra agrietada.

Pensando en la muerte,
una dulzura inescrutable brota en mi corazón.
El sabor del pasado,
no importa cuán amargo, ácido
o sazonado con resentimiento,
pasará,
y el ayer y el futuro
se mezclan ante mis ojos
hasta que no se distinguen.

Pensando en la muerte,
siento una rara nostalgia.
Esos lechos de nacimiento o muerte
serán historia.
Aquellos finados que yo amaba
girarán sus cabezas hacia mí y me esperarán
y, en el cosmos, innumerables cuerdas se tienden
invisibles,
conectadas a cada cosa que perdí.
Las cuerdas que yo creí que se cortaron
y desintegraron hasta acabar en cenizas,
ahora se están reconectando.
Culminación y renacimiento
en hermandad aquí
y quizá esto es la vida,
un comenzar totalmente transformado.

La flor negra y la flor blanca
se abren al mismo tiempo
en la oscuridad,
en la luz.


Este es un poema que brota del sueño y también de los más profundos sentimientos de amor filial entre un hijo y su padre, el poema cruza las fronteras del lenguaje en tanto acción comunicativa, como invitación al entendimiento humano, y se planta de lleno en tierra de nadie, en un yermo, en el desierto espiritual, donde el lenguaje no logra traspasar ciertas barreras, ciertos dominios confusos, y el alma decae ante la pérdida para siempre del ser amado, y se debilita frente a fuerzas poderosas que un humano muchas veces, no sabe ni puede soportar. 

Surge entonces la gran poesía, surge el arte mayor, se levanta aquello que el habla cotidiana no puede nombrar ni señalar, justo allí, el arte mayor de la poesía, puede, se atreve. Estos actos creativos, son ciertamente un atrevimiento. No sabemos si se logra, tal vez no, tal vez hay límites más allá de lo humano incluso para la poesía (quizá allí sea el momento de guardar silencio, de oír otra música). De todas formas, este poema es una proeza de amor infinito frente al dolor de la aflicción, de las incertidumbres; es una experiencia límite ante lo indecible.


Extraviado 

Me he extraviado, estoy perdido.
¿por qué no puedo encontrar el camino de regreso?
Me he extraviado, estoy perdido.

Es mi padre que llama en sueños
Una y otra vez, ansioso y temeroso.
Me despierto y me hallo en un cementerio,
Un bosque de lápidas mortuorias.
Las tumbas son todas similares
graníticas, cuadrangulares
como piezas de dominó caídas,
mudas resignadas,
mucho tiempo después del primer empujón.

¿Dónde estás, padre?
No te ha de gustar tu apretada habitación de piedra
Ni has de disfrutar la húmeda oscuridad
Y por eso has salido a vagabundear.
Cuando yo era niño y perdía mi camino,
Siempre eras tú el que me encontraba.
¿Cómo te podrías tú extraviar?

En vida, estuviste prisionero en una habitación pequeña.
Dijiste que en tu próxima vida querías espacio.
Te convertiste en humo
Que deambuló en el aire,
Pero al fin fuiste devuelto a este lugar,
Una habitación más angosta que la que tenías en vida,
Acompañado por incontables extraños.

Estoy perdido, perdido.
La voz de mi padre se acerca y luego se va.
Estoy perdido, perdido.
El cementerio es amplio y profundo.
Aunque me despierto y me desvelo,
No hay manera de salir de este sueño.
Lagrimas heladas se imprimen en mi almohada.


La palabra en el tiempo

Propongo una lectura del gran Pablo Neruda, desde un poema fenomenal, fuera de serie, que el poeta de Isla Negra le escribió a su entrañable amigo Alberto Rojas, con motivo de su temprana muerte. El dolor es tal, su asombro e incredulidad son tan fuertes, que Neruda se lanza de cabeza y de corazón y de manos y pies a redactar estos versos contra la muerte, a pesar de todas las irremediables muertes circulares. 

Mas de medio siglo separa la escritura de los poemas y también la vida en la tierra de uno y otro. Eso no importa. El arte aparece así. El lenguaje actúa en las vidas destinadas a encontrarse. En esta relectura del gran poeta de China que es Zhao Lihong, nos parece que el azar une su escritura y su proceso creativo junto al de nuestro querido premio nobel Pablo Neruda. Y aunque sea en estos “poemas de la muerte”, o ante el sinsentido que la misma muerte provoca, es un azar maravilloso. Porque la respuesta humana sigue siendo la poesía. Y esto no es más ni menos que un sublime atrevimiento.  
Leamos,


Alberto Rojas Giménez viene volando
Pablo Neruda
(Frag.)

Más allá de la sangre y de los huesos,
más allá del pan, más allá del vino,
más allá del fuego,
             vienes volando.
Más allá del vinagre y de la muerte,
entre putrefacciones y violetas,
con tu celeste voz y tus zapatos húmedos,
             vienes volando.

Entre aviadores desaparecidos,
al lado de canales y de sombras,
al lado de azucenas enterradas,
             vienes volando.

Sobre dentistas y congregaciones,
sobre cines, y túneles y orejas,
con traje nuevo y ojos extinguidos,
             vienes volando.

Sobre tu cementerio sin paredes
donde los marineros se extravían,
mientras la lluvia de tu muerte cae,
             vienes volando.

Mientras la lluvia de tus dedos cae,
mientras la lluvia de tus huesos cae,
mientras tu médula y tu risa caen,
             vienes volando.

Sobre las piedras en que te derrites,
corriendo, invierno abajo, tiempo abajo,
mientras tu corazón desciende en gotas,
             vienes volando.
No estás allí, rodeado de cemento,
y negros corazones de notarios,
y enfurecidos huesos de jinetes:
             vienes volando.

Oh amapola marina, oh deudo mío,
oh guitarrero vestido de abejas,
no es verdad tanta sombra en tus cabellos:
             vienes volando.
No es verdad tanta sombra persiguiéndote,
no es verdad tantas golondrinas muertas,
tanta región oscura con lamentos:
             vienes volando.

Hay vapores, y un frío de mar muerto,
y silbatos, y mesas, y un olor
de mañana lloviendo y peces sucios:
             vienes volando.

Allí está el mar. Bajo de noche y te oigo
venir volando bajo el mar sin nadie,
bajo el mar que me habita, oscurecido:
             vienes volando.
Vienes volando, solo solitario,
solo entre muertos, para siempre solo,
vienes volando sin sombra y sin nombre,
sin azúcar, sin boca, sin rosales,
             vienes volando.

...


Segunda parte. Vida más allá de la muerte

En esta secuencia de poemas sobre la muerte, tanto en los versos del hijo sobre el padre como en la elegía para el amigo, estamos frente a un doble hallazgo; poético y humano, a saber, uno que nace del orden de la palabra, del lenguaje, una alta y honda formulación del habla -como arte mayor- ante la implacable aparición de la nada eterna. En paralelo estos poemas hacen gala de otra expresión grandiosa de la especie humana, nos referimos al amor filial, al apego desinteresado y genuino, la camaradería, la fraternidad, y en el fondo, la real trascendencia del llamado “espíritu humano”.  Materia que, al llegar a ciertas profundidades, se torna noble, sobre todo, perdurable.
 
Se instala así una idea poderosa, que atraviesa como un haz de luz la historia de nuestra especie, a saber, que los seres amados, al morir, no desparecen totalmente, que no se van, que de alguna forma siguen allí, aquí, y más allá: “Vienes Volando, vienes volando” reza el mantra alucinatorio que ofrenda Neruda a su querido amigo Alberto Rojas, también poeta, joven vitalista, bohemio, dueño de una personalidad encantadora, alma bella, colmada de cruda inteligencia y poesía.[2]

En los versos de Extraviado, del poeta Zhao Lihong, entre los sueños de la noche un hijo habla con su padre, con su recuerdo e imagen, entre sombras, asustado, profundamente conmovido, le dice: “¿Dónde estás, padre? Cuando yo era niño y perdía mi camino, Siempre eras tú el que me encontraba. ¿Cómo te podrías tú extraviar?” Para luego decir con voz apretada, llena de aflicción, “Estoy perdido, perdido”, demostrando desde esta otra orilla, desde otro lugar de ser en el mundo -no como el amigo de aventuras- sino como el hijo que necesita y extraña al padre protector que ha partido del mundo físico, pero, sin embargo, expresando algo muy similar, que vuelve indisoluble ambas aproximaciones sobre el viaje al más allá de los seres amados. Y es que estos no desaparecen. Vienen volando, o regresan entre las sombras y los sueños nocturnos, pero no se van del todo. 

Un ser humano amado por otro ser humano, permanece en la vida, de otras formas, bajo otras condiciones y características, mas no desaparece del plano de la existencia. Es otra existencia, sí, desconocida y extraña probablemente, pero no es muerte. No es silencio absoluto, ni es tumba[3]. Visto así podemos conjeturar que a veces, la muerte, no es olvido. 

Me atrevo a señalar que este es un hecho paradigmático, un estigma de la existencia humana, que nos permite seguir reproduciendo sensaciones, pensamientos y emociones, más allá de la muerte. Un enjambre -una red- y una trama, que no se detienen ni siquiera ante el hecho más radical e incuestionable de la vida, el hecho de que mueren aquellos a los que amamos, y que llegado un momento, también seremos nosotros los llamados a partir. Así se reconfigura indefinida e indisolublemente el efecto del amor sobre la muerte. Y vemos en esta poesía su pulso firme y duradero, que no se detiene. La vida adquiere otras formas después de la muerte…a veces, viene volando, y otras viene entre sueños y sombras. Como en la corriente del río, o en las olas del mar, nunca nada se detiene. Tampoco, ante la muerte.  No sabemos cuánto persistirá, cuántos días, meses o años. Sólo podemos afirmar que, por un período indefinido de tiempo, la vida sigue imponiendo su presencia fulgurante ante la fría muerte. Estas dos historias que hemos presentado aquí, al abrigo de la poesía, son el fiel testimonio de una hazaña. De una proeza humana.


Tercera parte. Derivas y divagaciones sobre la muerte y el duelo en otras formas de expresión amorosa.

Tú no fuiste una flor, porque tu cuerpo era
todas las flores juntas en una primavera.
Rojo y fresco clavel fueron tus labios rojos,
azules nomeolvides aquellos claros ojos,
y con venas y tez de lirio y de azucena
aquella frente pura, aquella frente buena;
y como respondías a todo rumorosa,
tomaron tus mejillas el color de la rosa.
Hoy, que bajo el ciprés cercado de laureles,
rosas y nomeolvides, y lirios y claveles,
brotando de la tierra, confunden sus colores,
parece que tu cuerpo nos lo devuelve en flores

Francisco A. de Icaza, Madrigal de la muerte.


Duelo

Del latín tardío dolus, dolor. Demostraciones que se hacen para manifestar el sentimiento que se tiene por la muerte de alguien. Sinónimos: luto, pena, dolor, aflicción. (Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, RAE). 

Del Diario Filosófico 1950-1973, de Hannah Arendt: "El amor es un poder, no un sentimiento. Se apodera del corazón, pero no brota de él. Es un poder del universo. Es el poder de la vida y garantiza su continuación frente a la muerte. Por eso, el amor supera la muerte".  

Detengamos aquí la mirada. “El amor es un poder, no un sentimiento”. Ciertamente podrían escribirse tratados de filosofía, antropología, psicoanálisis, ciencia política y estética a partir de la idea que sustenta la escritora que nos enseñó aquello terrible sobre “la banalidad del mal”. Y visto lo que hemos compartido de los poetas antes convocados, nosotros creemos que sí, que al hablar de amor estamos señalando e invocando fuerzas naturales y humanas tan grandes, que efectivamente no puede ser sólo el factor humano, ni mucho menos algo que desaparece fácilmente, como un utensilio, como un golpe, o una historia irrelevante escuchada al pasar. Toda la energía que moviliza el acto de amor, el amor del padre, de los hijos, de las madres, y de los amigos y de los amantes, todo eso que genera vida, la reproduce y la sostiene a través de años y décadas y siglos, de generación en generación de pleno esfuerzo, constancia, dedicación, vocación, delicadeza y pasión, bueno, efectivamente creemos que toda esa red de ideas, sentimientos y acciones concretas guiadas por el motivo único de amar y acompañar, de cuidar y proteger, sí, todo eso representa un poder inmenso. Poder sanador, poder restaurador, poder de desarrollo humano, de crecimiento, de guía, un poder que actúa como ninguna otra fuerza humana conocida. 

Podríamos hacer una brevísima digresión (que resulta algo inevitable si estamos pensando con Arendt) y es que esto es posible, es un poder maravilloso, pero que muchas veces no está, no nace, no entrega sus frutos generosos, por ejemplo, cuando la oscuridad se asoma y luego se instala como violencia y terror y en las mentes y los corazones humanos, que es otra verdad tan grande como la del amor. A veces, somos doblegados por la tiranía, el afán abyecto de humillar a los otros, perjudicarlos, abusar de quien se presenta más débil, e incluso en casos extremos de locura y maldad colectiva, los seres humanos han llegado a destruir -e incluso a querer exterminar- a otros seres humanos por su color de piel, origen étnico, o sencillamente por su orientación sexual. Todo esto ciertamente es de una bajeza y depravación innombrables, pero ocurre, ha ocurrido muchas veces a lo largo de la historia humana. Y no podemos desconocerlo, ni mucho menos olvidarlo para barrerlo bajo la alfombra. Si el amor sublime del que nos ocupamos en este ensayo habla de las cumbres intelectuales y emocionales de la especie humana, también tenemos conciencia plena de su doble opuesto, del salvajismo y de la barbarie de ciertas ideologías de exterminio que han manchado para siempre la historia de nuestra especie. (Cierro la digresión).


Otras formas de amor filial

“Mi miedo recurrente durante muchos años era que mi abuela, mi madre, mi hermana y yo muriéramos separados. Quería que nos muriéramos todos juntos. No quería quedar solo y tampoco que ellas quedaran solas. Y esa fue una obsesión absoluta, el terror a que mi abuela, mi madre y mi hermana se murieran. Mi abuela sobre todo.
 
Creo que cuando uno ama profundamente a alguien, radicalmente, quiere morirse con esa persona en el mismo instante y en el mismo lugar. Y tal vez, lo que después hemos dado en llamar el pecado original, caída y todo el lenguaje cristiano-judío no es otra cosa que ese olvido, nos olvidamos de eso y finalmente nos morimos separadamente.  Toda nuestra vida “de adulto” es el olvido de que en la infancia uno quiso morirse con los seres que realmente amaba. Y ese es uno de los deseos más profundos, más fuertes y más básicos que anidan que anidan en todos los seres humanos y que desgraciadamente olvidamos. Olvidamos que amar es sobre todo desear morirse con el otro”. [Raúl Zurita, Mi dios no ve]. 

Este poema en prosa del destacado poeta chileno Raúl Zurita, (Premio Nacional de Literatura 2000, Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 2020) nos lleva de regreso al camino que nos dibujan los versos del poeta chino Zhao Lihong. Volvemos al amor de un niño, esta vez, representado por el temor del pequeño niño a perder a sus seres queridos, y en esta historia particular, todas ellas mujeres, abuela, madre, hermana. No quiere perderlas, no quiere que se vayan de este mundo por separado. O están todos reunidas, o se mueren todos juntos, nos evoca la memoria del escritor en su mundo ahora de adulto. Pero más allá, este poema se embarca y navega hacia otras aguas, porque al decirnos que toda nuestra adultez es el olvido de ese deseo de morir junto a los que ama, en ese deseo, se abre otra dimensión. Zhao Lihong rememora las apariciones de su padre extraviado en sueños, lo quiere de vuelta, se pregunta a sí mismo, desorientado y confuso, lleno de visones contradictorias y ásperas, cómo es posible que él, que fuera su cuidador, ahora no esté más. Anhela su mano y su manto protector. Pero éste se ha vuelto humo, desaparece, es, a fin de cuentas, una imagen que remite al desvelo del niño, al desamparo que se ve arrojado tras la partida de su padre. Hay sufrimiento [No olvidemos que Aflicciones es el título del conjunto de poemas del autor chino] y amor filial mezclados en esos sueños, en esas visiones que acongojan al autor de esos versos. Al niño que fue.

En cambio, la propuesta del poeta Zurita llega desde la memoria de un adulto que escribe y recuerda con detalle minucioso su pesadumbre, su propia aflicción, al temer y sentir como algo posible el abandono donde quedaría al perder a sus mujeres mayores, que son su única familia, pues no hay hermanos ni padre allí. Como toda la obra del bardo chileno este párrafo destila y trasunta extremos, posiciones radicales, siempre yendo un poco más lejos, desafiando al sentido común, arriesgándolo todo en su arte poética. Él nos recuerda que todo el ejercicio de la adultez no es otra cosa que olvidarnos de querer morir junto a la persona amada.  “Amar es desear morirse con el otro”. ¿Será acaso porque se entrevé la finitud de la vida, la proximidad del fin? ¿Será acaso porque tras alanzar cierto umbral de intensidad el amor, luego decae, y se simplifica, se domestica? ¿Será tal vez, porque después de cierto nivel es imposible ir más allá, ya no se puede ser más feliz, ni estar más protegido ante los incontables males y desamparos que la vida nos presenta?  Ante ese panorama adverso para el amor, es mejor morirse juntos de una sola vez y para siempre unidos -más allá del bien y del mal- parece desafiarnos la voz del poeta. Morir de amor, morir por amor, y para el amor. 

[Digresión] Así como Zurita canta con gozo y desenfreno al amor en su poesía, también condena ampliamente en toda su obra la violencia política del Estado, la dictadura chilena y en toda América Latina. En alguna parte también él ha dicho que el odio nos quita la vida, nos roba la libertad, y que nos acerca a la muerte.

El odio del poder envilecido, y ahí se cruza con las palabras de Arendt, el amor es un poder, pero el odio nos quita esa capacidad y se mete en las vidas, acercando las tinieblas, las huestes de la muerte. Esto pasa en los grandes colectivos, en los pueblos y naciones, en las guerras, pero también sabemos que se filtra en las relaciones familiares, por odio, por avaricia, por celos, por traiciones. Quizá no es diferente el carácter que genera o propician el odio y la furia de unos frente a otros, y sólo sea diferente la región, la geografía, y la escala del conflicto, pero de fondo, es la falta de amor, por un lado, y la presencia innegable del odio de la muerte, por otro.  [Fin digresión].


Los versos inmortales de Quevedo. “Amor constante más allá de la muerte”.

Cerrar podrá mis ojos la postrera
sombra que me llevare el blanco día,
y podrá desatar esta alma mía
hora a su afán ansioso lisonjera;
mas no, de esotra parte, en la ribera,
dejará la memoria, en donde ardía:
nadar sabe mi llama el agua fría,
y perder el respeto a ley severa.
Alma a quien todo un dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
médulas que han gloriosamente ardido:
su cuerpo dejará, no su cuidado;
serán ceniza, más tendrá sentido;
polvo serán, más polvo enamorado.


Llegamos así al amor de enamorados, y para ello hemos considerado este soneto de Quevedo, fuente de inspiración y devoción para miles de lectores y escritores a lo largo del tiempo. Antes que todo plegarnos a su lectura más fiel y clásica, la que dice que es una muestra de cómo romper con las barreras impuestas por el cuerpo a las almas. Sólo siendo cenizas, al morir, al ser polvo, podrán esos amantes ser liberados del yugo que los oprimía o encerraba. Sólo la muerte -una vez más- libera a los verdaderos amantes, a los reales cultores del amor sin límite. Y para ello, bienvenida sea la muerte, que proyecta así algo desconocido y sublime, no se sabe cómo ni cuándo, aquí tampoco hay pistas de aquello, nada asegura un regreso o reencuentro de los amantes en un más allá. Ni en forma ni en contenido, y otra vez, es la fe ciega en el amor absoluto, lo que motiva y moviliza este canto. 

En lo particular, en el fuero más íntimo, me sorprende y me apasiona escuchar “venas que humor a tanto fuego han dado”, “médulas que han gloriosamente ardido”, me resulta tan visceral, tan corpóreo, táctil, sanguíneo, tan sensiblemente apasionado y a la vez, dicho en un lenguaje universal, simple, directo, prueba de ello es que atraviesa siglos y perdura. Su relación con el cuerpo es muy moderna, diría contemporánea, la referencia a la sangre me parece que es fundamental en su profundidad y perdurabilidad. “Médulas que han gloriosamente ardido”. Me imagino la extrañeza de los editores y lectores de la época. Es de una relación entre la palabra y el cuerpo increíblemente avanzada para esa época, realmente no imagino algo más atrevido y vanguardista. De dónde sacó esa visión, propia de un anatomista, de un cirujano, pero no de un político y escritor del 1600. Desde que lo leo no puedo dejar de pensar en Artaud, y otros del estilo, que se acercan así al lenguaje poético, muchas veces impulsados por alguna marcada alteración física o mental. Sonoramente es música, y el remate, el cierre es toda una composición en sí misma, una proclama que vuela, que viene volando, o también se deja ver o leer entre sueños, como ocurre con los poemas de Neruda y Zhao Lihong, son imágenes muy marcadas, fuertes, y enigmáticas. Polvo serán, más polvo enamorado. Así, los cuerpos que se amaron, los humores que se transmitieron uno al otro, ahora yacen bajo la tierra, y desde allí irán al encuentro de sus nuevas formas de existir. En algún lugar y en algún tiempo que no conocemos, que nos es vedado, pero que, sin duda, ellos sabrán encontrar.        

Para el final de este escrito. La vida que todo transforma, permite que el amor -que antes fuese exterior pues dependía del tacto y el contacto físico- una vez desaparecido el cuerpo del amigo, del padre o la madre, del ser amado, ese sentimiento cruce una barrera antes imposible, y ahora tenga vida dentro de uno, volviéndose real en el alma, en los sueños, en el espíritu que viaja por otros planos del existir, pero que continúa, de alguna manera, vivo, pues sigue dando señales, persistiendo en la memoria, en la voluntad, en el recuerdo, en lo que dejaste escrito, en la memoria de un abrazo, en el eco de unas palabras. En una proyección que linda con lo mágico y la ficción imaginativa, podemos llegar a decir que cierto tipo de amor, ciertas formas de unión que fueran profundas y perdurables en vida, viajan hacia el interior de los que siguen en la tierra, sus deudos. Y así se volvería intocable, imperecedero el amor, de alguna forma, sin límites.  

Posdata
Una última reflexión de la mano de Octavio Paz, de su libro titulado La llama doble, amor y erotismo. La frase que citaremos no es del propio Paz, sino del “joven Hegel” como él lo nombra entre sus páginas: “El amor excluye todas las oposiciones y de ahí que escape al dominio de la razón… Anula la objetividad y así va más allá de la reflexión… En el amor la vida se descubre ella misma ya exenta de cualquier incompletud… Los amantes no pueden separarse sino en la medida que son mortales o cuando reflexionan sobre la posibilidad de morir”. 

“El amor no vence a la muerte, pero la integra en la vida”, parece ser una de las más lúcidas y liricas conclusiones del poeta y ensayista mexicano, Premio Nobel de Literatura. Y quisimos incorporar a Paz, al fin de estas conjunciones y disyunciones sobre el tema del amor y de la muerte, en el entendido que es uno de los autores que más seriamente a trabajado en su obra la temática del amor, con especial énfasis en su vertiente romántica y erótica. (Lo dejamos consignado, como inspiración). 
Así como en esta vida nada escapa al abrazo del tiempo, que todo lo alcanza, nada ni nadie puede rehuir su encuentro con la muerte. Pero hay formas y formas de entrar y de salir de las cosas de esta vida. El amor aparece entonces como el mayor desafío, y a la vez, como hazaña mayor de la humanidad, frente a la vida misma, pero, sobre todo, ante la muerte. 

Isla Negra 2024, Santiago de Chile, 2025.

 

 

______________________________________
Notas

[1] Poeta, antropólogo y editor. En poesía ha publicado los libros Quebrado, poemas y canciones de invierno, 2021; Antes del fin, 2020; Pretextos para los días, 2015, Crann Editores; Espejismo y circunstancias, 2012, Comuna Literaria; Falsos pasos, plaquette, Ventana abierta, 2010; Graves inconvenientes, 2007, Mosquito Comunicaciones. Tiene una obra inédita, bajo el título Lejos de aquí. Editor y coautor del libro Memorias de Isla Negra (un entramado de palabras), Santiago, 2021. Coautoría y coedición de la antología de poesía y obras visuales Encerrar y vigilar, escrituras bajo amenaza, con Marciano Ediciones. Es una publicación digital, realizada en forma colectiva, que reunió a más de 50 creadores en el contexto de las cuarentenas por la pandemia del Covid 19.

[2]  En una carta escrita en esos días a Sara Tornú de Rojas, dice Neruda: “Te diré que se me ha muerto mi amigo el poeta Alberto Rojas Jiménez […] Era un ángel lleno de vino […] Escribí una poesía que se llama 'Alberto Rojas Jiménez viene volando'. Es un himno fúnebre, solemne, y si lo lees en tu casa, ha de hacerlo Amado Villar, con voz acongojada, porque de otra manera no estaría bien.” Véase J. Loveluck, "Una carta desconocida de P. Neruda".  Revista Chilena de Literatura, núm. 22, noviembre, 1983, páginas 143-147.

[3]  “Dejar el cuerpo en la tumba es Poseer la Nada”, citado en el libro El maestro del monte frío, de Han Shan. En el glosario de la misma obra encontramos esta nota que profundiza sobre el concepto de “la posesión de la nada”: wu No haber, no existir, no tener, sin. A menudo se presenta en paralelo con su opuesto you, para expresar el ser o no ser, el tener o no tener. Estos son conceptos centrales en el pensamiento chino, y desde antiguo cada corriente filosófica lo ha provisto de matices propios. Para el taoísmo el, “el ser y la nada se generan uno a otro”. [Poesía Hiperión, Ediciones Hiperión, 2008].








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