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Sobre "Las Periferias" de Angélica Ramírez (Ediciones PUCV, 2023).

Por Antonio Baeza Henríquez

 

No hay fuerza alrededor
no hay pociones para el amor
¿dónde estás? ¿dónde voy?
porque estamos en la calle de la sensación
muy lejos del sol que quema de amor

Serú Girán, “Seminare”. Serú Girán, 1978


Lo cotidiano no es sólo el apacible día a día o el vaivén emocional de la vida que no deja de agitarse. El día a día puede precipitarse hacia lo extremo. Las cosas mínimas pueden contener en sí la abominación. Son posibilidad, potencialidad, semilla que contiene dentro el árbol de la virtud y los frutos caídos del cruel acontecer. Ocuparse de lo cotidiano en literatura es abandonar toda evasión y dibujar de frente los grandes problemas y las grandes amarguras de la vida. La ironía, el humor y la deriva narrativa son fogatas y luciérnagas al mismo tiempo. Pequeñas chispas iluminan la caminata al sótano, aquel que se disfraza de intemperie. 

 

 

La frontera entre el profundo tren cotidiano y la tormenta de horror es rápida e implacable en los cuentos de Angélica Ramírez (Conchalí, 1993) presentes en este libro. Lo terrible se presentará tanto como destino fatal como performance arriesgada. Para algunos será su cárcel y para otros la sublimación triunfal de un segundo en que se le tuerce la mano a un trauma pegajoso. Se puede morir bailando o se puede abrazar a las niñas del pasado mediante una carta. Se puede huir sin escapatoria o permitirse la drasticidad de la crueldad. Todo adviene como un ladrón en la noche, inesperado como es el acontecer que nos funda como seres de nervio y neurosis. Virtud del cuento, que anuncia atmósfera, quizás, pero no suceso. Dispersión de la niebla que crea el suspenso y es caldo de cultivo para la sorpresa helada. 

En cuanto a los tópicos abordados, pueden mencionarse los siguientes entre tantos otros que la lectura puede husmear: La desmitificación de la pobreza, el espiral de errores y tormentos que obliga la culpa, la indeseable sinceridad de los rostros que odian, lo fatal del abismo engendrado por seres humanos entre sí. En la ciudad de lo sensible y de lo inteligible, estos arrabales son las periferias. Así resulta ser también en Santiago de Chile y en otras urbes posibles e indeterminadas en la ficción. Como dijera alguna vez la autora, el libro trata de los muchos sentidos y modos en los que se puede estar y ser en la periferia, lejos de los núcleos, muy lejos del sol que quema de amor. No sólo son historias acerca de los márgenes sino que son relatos estructurados con el margen como la posibilidad del advenimiento del suceso ensordecedor, sea este el punto de partida, de clivaje o de llegada. 

A continuación, un extracto y pequeño análisis de uno de los cuentos, "La visita", que juega con el género epistolar:

Ayer justo era el día en que inauguraron la nueva línea del metro. No te imaginas la diferencia que hace. Me demoré como 15 minutos desde la Plaza de Armas: Habría sido tan diferente nuestra época escolar con el metro.

La estación del metro es fea, te digo altiro. No te imagines la ciudad futurista llegando a la pobla. Creo que la hicieron fea para que combine con el entorno y combina perfecto. Acepto que igual me dio pena que no fuera como las estaciones del centro. Para que te lo imagines mejor, es una cosa metálica oxidada, así a un nivel rojizo. Eso es y no hay nada más. Nada más, ni una planta. Pienso que te habría dado pena. Mi mamá está contenta por el metro, porque le dijeron que iban a subir los precios de las casas y como siempre está diciendo que quiere vender e irse a otro lado [...]

De vuelta tomé el metro también. Me vine medio nostálgica, eso sí. Aparte del metro, está todo igual o peor. Si antes había un par de columpios en la plaza, ahora no queda ni uno. La cancha de tierra todavía no tiene pasto. Las calles tienen los mismos hoyos que se inundan todos los años. Yo sé que mi mamá y las tías dirían que todo es culpa de los volaos, que por ellos la población no avanza, pero a veces pienso que es al revés.

Y nosotras… a veces me pongo a pensar que nosotras también pudimos terminar así.

(Las periferias 83-89)

El escrito nos entrega un registro en clave cotidiana del regreso a una Ítaca que, si bien se ha dejado, exige regresos acotados como expectativa de duración indefinida, lo que sostiene el amarre a la nostalgia y, por tanto, la vigencia de la misma. Su tono emocional es distímico, plano, de quien cuenta algo con un discreto déficit de entusiasmo, así como sin una intención de lamento. Lo triste se cuenta como neutro, como contenidos que no ameritan que se dispare la respuesta emocional, síntoma propio de la costumbre y la desesperanza. El motivo trágico de la tristeza es la invariabilidad contenida tanto en los elementos del paisaje que no evolucionan desde la niñez (“La cancha de tierra todavía no tiene pasto. Las calles tienen los mismos hoyos que se inundan todos los años”) como en los avances urbanísticos que, pese a innovar, no logran revertir el destino trágico de aquella periferia (“Aparte del metro, está todo igual o peor. Si antes había un par de columpios en la plaza, ahora no queda ni uno”). La contraparte afectiva respecto al espacio de la población es la madre de la voz poética, quien reside en el territorio periférico.  Desde su punto de vista, las valoraciones son distintas. Existe un anhelo de, eventualmente, salir de la población a vivir a otro lado, pero la dimensión lamentosa de la voz poética, en tanto hija que va de visita, no se hace presente o no se visibiliza en su criterio. El metro resulta útil para la plusvalía de la casa que podría venderse, lo que permite denotar un modo de avalúo afectivo de un inmueble y una zona urbana en términos de qué tanto beneficia económicamente el irse de allí. El barrio mejora pero no lo suficiente como para decidir quedarse toda la vida allí, más allá de que eso termine pasando, de hecho. Un correlato más de la idea fuerza de esta tesis: el sujeto poético describe una discontinuidad respecto al territorio, en este caso asociada al estado de flotación propio de los habitantes de la periferia urbana y suburbana, asentados en lugares que, dentro de no tantos años, van volviéndose inconvenientes de habitar.

Otro disenso entre la voz poética y su madre en el cuento de Angélica Ramírez tiene que ver con la dirección del daño: “Yo sé que mi mamá y las tías dirían que todo es culpa de los volaos, que por ellos la población no avanza, pero a veces pienso que es al revés”. Se presenta una pregunta nuclear en la relación entre sujeto, territorio y sociedad. Si bien la respuesta podría explorarse desde el supuesto de la causalidad circular, la narradora, remitente y voz poética opta por una posición decidida hacia el entorno como factor configurador de la desgracia. La inevitabilidad corresponde al entorno, no a las personas, pues ellas pueden salir de los lugares y multiplicar sus oportunidades de destino, como en los casos de la yo remitente y la hermana destinataria. Quedarse es lo que estanca el desarrollo pleno de la vida: “Y nosotras… a veces me pongo a pensar que nosotras también pudimos terminar así”. La cumbre de la carta es la caída al abismo contemplativo de los cursos paralelos que pudo tomar la vida de no haberse escapado del influjo decadente de la periferia, lugar deleznable, desmitificado que, sin embargo, no se reniega afectivamente. La nostalgia y la decepción son posibilitados por un sentido de correspondencia, de pertenencia y de origen.  








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