Proyecto Patrimonio - 2026 | index |
Aníbal Ricci Anduaga | Autores |











LA BODA

Por Aníbal Ricci


Tweet ... . . . . . . . . . . . . ::.:...:.:

Agarro el manubrio con fuerza, un pie en el pedal, el asiento alto, el otro pie, la rueda gira, avanzo unos metros y se acaba el camino, ahora es pasto en declive, creo estoy pedaleando, pero no sé doblar, el canastillo vibra, supuestamente el freno es para atrás, aprendo a girar los pedales en una dirección, la pendiente es abrupta, el corazón late y caigo en otro camino, un árbol se interpone, el canastillo destrozado y yo con una rodilla llena de sangre. Se rompió un fierro y estoy muerto de la risa.

–Puede besar a la novia.

La sala luminosa, pero austera. La señora lee el código civil y después le pone de su cosecha. Le da solemnidad a la ceremonia. Dos testigos y salimos de la mano. Vamos a un sushi y pedimos una botella de vino blanco. Hablamos tonterías. Ella luce hermosa con el vestido rojo que le regalé hace tiempo. Se lo probó y noté los ojos de envidia en la chica de la tienda. Le quedaba perfecto. Muy sensual, pero elegante. Se ve como ese día, íbamos caminando por General Holley y apenas lo vi en la vitrina le obligué a probárselo.

–Sí, acepto.

Ese verano fuimos a Arraial D’Ajuda, un lugar precioso cruzando en bote, al lado de Porto Seguro. Un comedor al aire libre, la comida brasilera nada del otro mundo, pero los desayunos tropicales eran perfectos. Compartiendo unos huevos revueltos con esa mujer increíble. No estábamos casados, diría que la amaba más entonces. Cruzamos en barquito y compramos ropa en una tienda. Me encanta ese azul con lunas anaranjadas, se lo probó y salió con el vestido puesto. Saco la máquina fotográfica. Me encanta esa foto, su rostro irreal, su cabello desordenado al viento, el obturador haciendo su trabajo. El computador murió y perdí esa foto, la tengo en la mente, mientras viva porque esa mujer miraba al mar, suspendida en el tiempo, en Trancoso al día siguiente le regalé un anillo, la pulsera no era de Brasil, de origen asiático, perfecto el momento, ella en la orilla y yo flotando en el mar, mejor pedir una pizza, algo mediterráneo, caminar con ella de la mano, mide un metro sesenta, es hermosa de ojos azules, el fotógrafo de Valman´s para el anuario del colegio, esa foto ampliada en blanco y negro, el obturador haciendo su trabajo, ese homosexual vio lo mismo que yo, el viento en su rostro, las lunas del vestido azul, su cuerpo amazónico, pero no para mí, hicimos el amor la primera vez en el motel Continental, una máscara tribal como testigo, llevaba un par de años sin sexo y esta mujer me hizo temblar. No podía doblar en ese momento con las manos rodeando su cintura. Vibrábamos al unísono, la muerte súbita y el espejo del techo. Nos observamos e intuí su risa.

–Sí, acepto.

La habitación no era lujosa. Una vez estuve solo en una hamaca de otro hotel en Copacabana. La agencia de viajes nos vendió otra cosa, pero bastaba con la hamaca y el paisaje. A medianoche bajamos a la terraza en penumbras. Le pedimos caipiriñas al mozo que rompiendo las reglas las sirvió junto a la piscina. Perdimos la cuenta y embriagados tuvimos sexo. El agua nos cubría de los ojos furtivos. Nadé al otro lado y la observé. El tiempo se detuvo y reímos cómplices. Su cuerpo era perfecto, crucé por el fondo y la besé. El mozo trajo una última ronda y brindamos a la luz de la luna.

–Sí, acepto.

El cura nos habría dado su bendición, pero a quién le importa Dios. Ese vino blanco sabía a champagne y las piezas de sushi magníficas. Así éramos los dos, no hacíamos planes más que de corto plazo. Quizás no basta con el amor, un departamento con terraza para observar la Plaza Ñuñoa de noche. El jardín con palmeras, en Chile sería un escándalo tener sexo en la piscina. Hace frío en invierno, un fin de semana vamos a Buenos Aires. No teníamos expectativas, pero el hotel Be era genial, todo transparente con escaleras de vidrio. Muy moderno, la cama confortable. Dormí profundo después del orgasmo compartido y por la mañana tomé una fotografía. La habitación era lujosa, pero también develaba rasgos de motel, la ducha con su cristal que daba directo a la cama. Ella se jabonaba despreocupada, pensaba que yo dormía, acarició su cuerpo, una mano apoyada en el vidrio, se acomodaba el cabello y el agua se deslizó por su cuerpo. Un flashazo detrás, ya estaba desnudo y nos duchamos de placer, sin sexo, pero con el intelecto desquiciado.

–Sí, acepto.

Estoy ensangrentado. El corazón a mil y asustado. Los fierros retorcidos, el motor desperdigado en la acera. Ella estrelló el jeep contra el muro de una casa esquina. Por la fuerza del impacto, el airbag se activó sobre su pecho. Mana sangre de su frente y ha manchado el vestido. Acababa de dejarme en el metro Monseñor Eyzaguirre, llegué a los cinco minutos. Tiritaba y no quería bajarse del habitáculo. No me importa la sangre, le desabrocho el cinturón de seguridad y tomo su cuerpo delicado. Está en shock, me abraza instintivamente. Chocó contra una ambulancia y las luces rojas iluminan la escena. Llegan los pacos y ejecutan todo su trámite. Me entero que no hay heridos graves, pero hay que constatar lesiones. Vamos en la patrulla y se apoya en mi hombro. En el hospital Salvador nos sentamos junto a los otros accidentados. Parece que mi amor tuvo la culpa, puede que no haya respetado el disco Pare. No quiero que sienta vergüenza y en voz alta digo en la ventanilla que vean sus heridas. Asustado al verla aferrada del volante. Me abrazó temblando, ni siquiera un beso. Una risa nerviosa en su rostro, dando a entender que nos salvamos. Bendito airbag, mala suerte con la ambulancia, de milagro no hay nadie más herido.

–Sí, acepto.

Han pasado años y son tantas las fotografías. Pensar que ella me amaba incluso en los peores momentos. El obturador no falla. La vida nos separó, más bien fueron mis excesos. Las depresiones y psicosis crearon al señor Hyde. Murió su madre y no fui al funeral, no me caía bien, pero en realidad tenía resaca. Me distraje en borracheras y tuve vergüenza de volver a casa. Difícil esbozar una sonrisa. Tirado en el suelo con la rodilla ensangrentada. La miraba, ella desde la altura. No quiso levantarme y lo merecía. La máquina averiada, más bien el cerebro. Ya sabía virar el manubrio y ella desconfió de mi caída. Debí doblar hacia la derecha en vez de la izquierda, la ruta tenía obstáculos, pero no era especialmente cuesta abajo. Podría haberme contenido y mirarla directo a los ojos, no quise accionar los frenos. El semáforo en rojo, me fui de casa y dejé el auto nuevo que reemplazó la compañía de seguros. De todas maneras colisioné, los excesos con el alcohol y las drogas, me observó desde la altura y no supliqué por ayuda. Orgullo mal entendido o incapacidad de enmendar el rumbo. El árbol impidió ver el bosque y estrellé nuestro amor, destrocé la barrera de contención, mi espalda no podía tener sexo, al menos no con ella. No sorteamos los aciertos y cagadas, simplemente era imposible una sonrisa. Quizás si nos hubiésemos casado por la iglesia, pero el compromiso no pasaba por ahí, era desprecio, no haber podido defenderla de mi familia, sacarla del habitáculo y protegerla. Perdimos el departamento debido a mis problemas mentales, estaba recluido en una clínica y el banco lo remató. Mi padre, mi madre y mi hermana, le echaron la culpa del exceso de gastos, no tenían derecho a opinar si no iban a ayudar. Yo la amaba, pero no tenía fuerzas para arreglar la bicicleta, los rayos cortados y la horquilla fracturada. No podía levantarme, le eché la culpa a las heridas, pero era mi cerebro el que maniobraba contra mis deseos, no me permitía doblar y al chocar contra el muro los airbags no funcionaron. Simplemente agoté el número de risas y latidos. Imposible vislumbrar un futuro alternativo, todo se convirtió en tragedia.

 

 

 

. .








Proyecto Patrimonio Año 2026
A Página Principal
 |  A Archivo Aníbal Ricci Anduaga  | A Archivo de Autores |

www.letras.mysite.com: Página chilena al servicio de la cultura
dirigida por Luis Martinez Solorza.
e-mail: letras.s5.com@gmail.com
LA BODA
Por Aníbal Ricci