Me vi muy pequeño. Iba de la mano de mamá. No podía recordar su cara debido a
que era demasiado alta para mi mundo. Íbamos cruzando por la Plaza Ñuñoa. No
recuerdo que miraba, quizás algunos niños que jugaban en la cancha. Pensaba en las
galletas que compraríamos. Esas del tamaño de mi mano que saboreaba lentamente.
Cuando llegamos a la dulcería, recuerdo que me abalancé sobre esas cajas enormes
con puerta de cristal que contenían distintos tipos de golosinas. Me gustaban unas
cuadradas que tenían tres palabras escritas. No sabía leer pero mamá me traducía las
letras, al tiempo que el dueño pesaba las galletas en la balanza. El caballero siempre
me daba unos golpecitos en la cabeza y le decía algo a mamá. Yo no apartaba los
ojos del envoltorio café y prácticamente no escuchaba nada de lo que decían.
Cuando finalmente me pasaban el paquete me convertía en el niño más feliz del
mundo. Aprisionaba el tesoro en mis brazos y retornábamos a casa. Siempre las
abría sentado en la mesa del comedor. Me podían durar horas debido a que me las
comía de a pedacitos. Partía cada una de las palabras con mis dientes. En el camino
mamá me daba una para entretenerme. Iba tan preocupado de proteger mi botín, que
no divisé a un hombre que venía en sentido contrario por la vereda. Cuando me
percaté vi una enorme bicicleta. Me hice a un lado al tiempo que el ciclista hacía lo
propio. Luego nos enfrentamos. Coincidimos en ambos movimientos y me atropelló
con la rueda delantera. No me dolió tanto, no había sido más que un susto. Pero en
cuanto me levanté me di cuenta que faltaba algo. Miré hacia atrás y vi el cambucho
aplastado. Miré al hombre y su actitud de disculpa me hizo suponer que nada podía
hacer. Mi mamá estaba preocupada de que no tuviera un rasguño. Agarré el
envoltorio y palpé las galletas pulverizadas. No pude contener mi llanto. Fue como
si hubiesen roto mis sueños.