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Aníbal Ricci Anduaga | Autores |











MIS RECUERDOS

Por Aníbal Ricci


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Modelo de reconocido prestigio que a veces incursiona en el cine. Hace años abusó de las drogas, aunque pudo recomponer sus pasos en cuanto se alejó de los eventos intrascendentes. Las pasarelas le permitían lujos ajenos a la mayoría de las mujeres. A futuro cuidaría su privacidad asistiendo sin compañía a las fiestas. Bebía a veces y conversaba lo justo y necesario. Era rostro de una marca de relojes de alta gama. Otros le administran su fortuna e invierten en negocios relacionados con la moda. Estudió literatura en Oxford, hija de padres famosos dentro del ámbito de la salud. A los 27 años escribió su primera novela, de buen recibimiento en Reino Unido. Luego incursionó en películas, primero en Inglaterra, la segunda en los Estados Unidos. De ojos expresivos, jamás abandonó el mundo del modelaje.

En 2030 su personalidad transitó desde lo excéntrico a una especie de autismo frente a las cámaras. No respondió más preguntas al dejar de lado las entrevistas. Se doctoró en Yale y a los dos años publicó su segunda novela. Ficción muy alejada de su mundo, en la vereda opuesta de su anterior libro.

Al principio, la inteligencia artificial le pareció divertida e incluso completaba capítulos con el asistente de Google. Pero en la década del 30 surgieron las colecciones virtuales, eventos de alta costura dirigidos por modistos en decadencia. Éstos prescindieron de las modelos y crearon estándares propios de belleza. Eran musas ultra delgadas con rostros excesivamente atractivos, casi pornográficos. Nuestra modelo de Gales sufrió menos que sus contemporáneas. Ellas vivían cien por ciento de la imagen y sus cuerpos fueron modificados por inteligencia artificial. Mucho más atractivos y adictivos, las dejaron de cotizar para modelaje y perdieron contratos con empresas relacionadas al lujo.

Galena era distinta y sus películas una rareza poco comercial, aunque con el tiempo ya no hubo nuevas ofertas en la industria. Se dedicó a la literatura de ciencia ficción, pero la inteligencia artificial transformó el ciberpunk en una corriente demasiado imaginativa para una mente humana. Las exploraciones mentales de estos personajes viajaron desde lo racional a una fantasía sin límites. Tuvo que reescribir su literatura y se concentró en temas mundanos. Era impensable compartir su material a través de redes sociales o libros digitales. En su mansión montó una imprenta y sacó tirajes mínimos de doscientos libros. Empastes artesanales y círculos cerrados de lectores. Pequeñas presentaciones ante no más de quince personas.

El mundo virtual se saturó y la productividad de las máquinas redujo los precios. Subsistir ahora era una tarea fácil, pero destacar tu individualidad una empresa casi imposible. Galena nunca sacó muchas fotografías y sus entrevistas fueron escasas. No aparecieron réplicas suyas construidas con inteligencia artificial, la verdad es que no era un ícono rentable de multiplicar hasta el infinito. Su privacidad se mantuvo a salvo y sólo mostraba su rostro en las solapas de sus ediciones limitadas. Se vendían a buen precio libros como Paseando a mi perro o Mojándose bajo la lluvia. Eran historias minimalistas sobre emociones profundas ante eventos ínfimos.

Las redes sociales estaban abarrotadas de historias con anécdotas rebuscadas donde todo transcurría al mismo tiempo. De los tirajes de cien ejemplares, Galena pasó a ochenta, pero con cincuenta hacía mucho más dinero. La gente más refinada se juntaba en sus casas, lejos del escrutinio de las cámaras de vigilancia. Dos invitados eran un lujo, a veces regalar un ejemplar del último libro de crónicas era toda una inversión. La novela erótica y pornográfica no inspiraba valor, era un recurso demasiado explotado y los escritores de fuste dejaron de buscar esas experiencias. Muchos ángulos explorados donde algunas visiones eran demenciales.

El capitalismo se había desvirtuado. El 99% de los bienes no tenía valor alguno y el sistema de precios no servía para nada. Galena obtenía ganancias mayores al resto y podía darse el lujo de solventar los gastos de su mansión. La gran mayoría de la población habitaba cómodos departamentos, pero ninguno era un exceso. Todo era uniforme y la última generación de inteligencia artificial poseía el 95% de la riqueza mundial, lejos del ámbito humano, estas inteligencias cuánticas reinvertían el cien por ciento de las ganancias y proveían a los humanos de un ambiente seguro. Era claro que las máquinas explotaban todo lo “humano”, pero mantenían tranquilos a sus esclavos al proveer al mundo de bienes. Existía abundancia en todas las áreas económicas y a contar de 2050 el cambio climático dejó de ser un problema. Nuevos combustibles no fósiles alimentaron la producción mundial.

Galena era una artista, una artesana dentro de este mundo cien por ciento explotado y si a comienzos del siglo renegaba del capitalismo, ahora como artista se convirtió en neoliberal. Su familia era un núcleo reducido y se los trajo a vivir en la mansión. Su habitación era independiente y en ella satisfacía su sexualidad con ciborgs que imitaban personajes de películas viejas.

Los recuerdos del cine alemán, del cine italiano y del Hollywood de los años treinta eran libros muy simples que mezclaban hechos del siglo 21 con esos guiones viejos. Más que las tramas o los tiros de cámara, lo que hacía Galena era mostrar al lector sus pensamientos profundos, los lugares del cerebro que se activaban con esas historias entre guerras mundiales. Estos temas eran una variante de sus crónicas, siendo Preparando un gin tonic o Escuchando Miles Davis sus libros más regalados. Sus cercanos eran sus clientes, pero éstos a su vez regalaban estas joyas de factura artesanal a sus familiares y amigos. Todo era compartido por un círculo muy íntimo, nada que ver con la masiva distribución de las redes sociales.

Los lectores de Galena no se acordaban de la modelo o la actriz, todo lo relativo a la imagen era vulgar. Experimentar lo mismo que los demás se emparentaba a lo primitivo, las inteligencias artificiales jugaban con los instintos más básicos del ser humano. Vendían eso a través de la tecnología y el consumo, a precios módicos, era multiplicado por miles de millones de consumidores. La gente común se reunía en lugares multitudinarios y se movían al ritmo de los grandes éxitos de los cantantes de todos los tiempos. Los avatares de los Beatles editaron otra decena de discos nuevos que sonaban parecido a su mejor repertorio. La gente ya no distinguía entre Los Rolling Stones, Pink Floyd, todos los grupos sacaban discos todos los años, con sus formaciones originales y tocaban en pubs ultra modernos con cubículos individuales para drogarse con sintéticos únicos que fundían las experiencias y permitían existir ante audiencias de distintas épocas.

Galena escribía en una máquina de escribir que una vez por semana conectaba al computador cuántico que velaba por todo el complejo. Esos momentos, sentaba en una silla de otro siglo, eran únicos. Una especie de meditación que la conectaba a recuerdos, algunos con otras personas, pero los más gratificantes eran los de ella escribiendo, ella observando una película, de ella leyendo un libro del siglo XIX. Lo hermoso de componer ambientes de época que nunca conoció, su mente en solitario fuera de todo el mundillo digital.

Los tirajes de diez libros fueron una introspección lógica. Quizás obtenía menos recursos, pero Galena ya no disfrutaba de ser leída, ni siquiera por un grupo selecto.

Galena heredó su mansión a su familia y adquirió una pequeña propiedad modular, con algunos espacios, relegando a su habitación ropa antigua, un escritorio del siglo XX y en general objetos con olores característicos. Se aisló porque ya no requería del ruido que sus parientes dejaban entrar a sus vidas. Su familia y amigos eran reservados, elegantes y sólo se conectaban a las redes una hora al día. Pero esa hora bastaba para que pensaran similar y borraran toda su creatividad.

Nuestra chica volvió a su Gales natal, pero daba lo mismo, todas las ciudades y los pueblos se parecían, eran una especie de bazar donde vendían chucherías. Ella prácticamente no salía de su habitación y sólo acudía a la clínica para no tener problemas mecánicos con su cuerpo.

Con el tiempo aprendió a incorporarse en sus recuerdos, un estilo de meditación. Solía ver una puesta de sol o disfrutar de un día de montaña. Miraba al cielo y respiraba dentro de su recuerdo. Eran infinitos sus sueños análogos, mientras el resto del planeta dormitaba entre estímulos que jamás serían suyos.

 

 

 

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