Existe el capitalismo a partir del siglo XVII y a contar del siglo XX irrumpe la
economía planificada, específicamente en la Unión Soviética basada en la propiedad
estatal de los medios de producción. La economía planificada prescinde del mercado
para asignar los recursos, en cambio, el capitalismo se funda sobre la propiedad
privada y el sistema de precios permite la asignación productiva.
La planificación central recae por lo general en un Estado fuerte que elige cuales
industrias favorecer o qué bienes producir. En el libre mercado, por el contrario, las
decisiones de inversión son determinadas por la preferencia de los consumidores.
El capitalismo se fue asentando a través de los siglos, pero dentro de este sistema de
mercado existe un mecanismo disfuncional, la publicidad, verdadero medio de
persuasión para escoger un producto por sobre otro.
Para algunos, el sistema de precios es alterado por la publicidad, que en cierto grado
vendría a ser el virus del sistema capitalista.
En el mercado subyace la idea del interés del individuo por maximizar las utilidades,
o de otra forma, cómo una persona satisface sus necesidades de corto plazo.
Una tesis contraria a defender sería que la economía planificada, al ser estructurada,
obedecería a objetivos más de largo plazo que aquellos fines perseguidos por el libre
mercado. No está escrito en piedra, pero este razonamiento lo considera pertinente.
Razonablemente, se podría argumentar que el sistema de precios sufre distorsiones a
través de la publicidad, hace décadas se comenzó a hablar de publicidad subliminal,
en atención a activar los centros de placer del ser humano.
Según la visión capitalista del ser humano, lo moral quedaría fuera al tomar
decisiones. En el extremo, el mercado persigue satisfacer los instintos individuales
en la medida que no atenten contra la libertad del otro.
La toma de decisiones surgiría a partir del cerebro reptiliano, decisiones impulsivas
que apelan fuertemente a emociones primarias y a un raciocinio elemental.
Lo deseado sería que esos impulsos primarios permitan elegir, mediante la guía del
sistema de precios, lo que más conviene a la sociedad.
Un enfoque distinto podría intuir que el sistema planificado es más moral, donde la
toma de decisiones del Estado satisface las necesidades integrales del ser humano
desde un punto de vista holístico. Esas decisiones no radican a nivel de cerebro
reptiliano, sino más bien razonadas a nivel de neocórtex.
Sin embargo, la planificación central podría asignar recursos donde no sean
necesarios, aun siguiendo la lógica del bien común. Por oposición, la existencia de
millones de consumidores sería preferible a esa producción centralizada asignada
por cúpulas no siempre idóneas.
Empíricamente, hay que reconocer que las economías planificadas fueron saliendo
de la escena mundial y algunas sobrevivientes se tornaron en regímenes autoritarios.
Lo anterior, no significa que el sistema capitalista tenga asegurado su futuro, en la
medida que la publicidad ya ni siquiera es subliminal, sino distribuida a través de
algoritmos de redes sociales.
Byung-Chul Han es un filósofo nacido en Seúl, capital importante donde impera el
capitalismo y un crítico del sistema de libre mercado, intuye que en el capitalismo la
cultura del placer ha triunfado sobre la cultura del dolor.
Podría decirse que mientras existió la esclavitud, en todas sus variantes, el ser
humano era coartado mediante el dolor y carecía de libertad para la toma de
decisiones.
Byung-Chul Han establece que estar obligado a ser libre (en el sistema capitalista)
no conduce a la libertad. En cambio, el filósofo surcoreano Han nos habla de una
“sociedad del cansancio” donde, mediante la ilusión de ser libres, el ser humano se
torna prisionero de sí mismo, lo que refiere un proceso de auto-esclavización.
Al contrario de la visión esclavista, dentro del capitalismo no requerimos del "otro"
opresor, simplemente somos identidad e individuación, donde nuestro yo interior
nos esclaviza, una esclavitud mucho peor al concepto antiguo.
La “sociedad de la transparencia” hace que sea una sociedad positivista sin límites,
donde el placer de explotarse triunfa por sobre la coerción del dolor.
La sociedad del cansancio, que plantea Byung-Chul Han, es aquella en que la
individualidad atenta contra nosotros mismos y nos hace caer en depresión.
En redes sociales, soy yo el que me satisfago, no necesito del otro, cancelo al otro
que piensa distinto.
Volviendo al sistema centralizado, el Estado elige supuestamente lo mejor para la
sociedad y elimina la elección libre de los consumidores.
Pero en esta modernidad del siglo XXI, el algoritmo detecta nuestras preferencias,
dirige la publicidad, lo subliminal se eleva a la potencia y le ofrece al individuo
determinados y acotados bienes, donde el sistema de precios ahora sí que es
ineficiente.
Por ende, la tecnología pervierte aún más el concepto de publicidad y suprime el
libre albedrío, en realidad escogemos cada vez entre menos productos y en base a
decisiones pretéritas. Ya no existe evolución, sino una libertad falsa construida
desde un pasado que cada vez ofrece menos opciones.
Al algoritmo de redes sociales no le interesa que conozcas nuevos libros, nuevas
películas o nuevos artistas. Se conforma con más de lo mismo, distorsionado y
basado en gustos primitivos alimentados por el cerebro reptiliano.
Lo anterior, lo interpreto como una degradación del sistema capitalista, quizás ahora
la tecnología atenta directo contra el funcionamiento del capitalismo tradicional.
Para Byung-Chul Han, la cultura de la cancelación y obedecer a lo políticamente
correcto es pura perversión. Cuando niegas al otro y sólo importas como individuo,
lo que logras es maximizar el placer a niveles pornográficos.
El porno no es otra cosa que placer inmediato, la exacerbación del impulso sexual,
quizás basado en un tipo de estética o placer auto-impuesto que funciona como
cárcel sobre el proceso de toma de decisiones, lo aniquila y lo redirige a instintos
primarios que nada tienen que ver con una elección informada. En este caso,
también hay un sistema de precios operando, pero el impulso de satisfacción
inmediata uniforma los deseos y despoja de humanidad, en cierto modo, nos
emparenta con el mundo animal o uno menos racional.
El arte en cambio, te conecta con el dolor, el artista sufre o siente en demasía, las
imágenes son información instantánea (Instagram), en cambio crear empatiza con
“otras” realidades.
Experimentar la realidad versus la foto instantánea que atenúa las emociones. Redes
sociales como un simulacro, una realidad en 2 dimensiones para un cerebro que
debiera funcionar en 3 dimensiones.
El algoritmo de los buscadores te ofrece más de lo que “te gusta” y en esta sociedad
del placer, esa búsqueda es cada vez más primitiva.
La red social aplana tus emociones, las homogeniza, las hace reproducir en clones
que deshumanizan al ser humano.
Estamos involucionando a un mundo reptiliano, a simplificar todo a lo mínimo, una
iteración infinita de la propia identidad. Se prescinde de la existencia del otro y nos
transformamos en buscadores de placer individual. Somos esclavos de nosotros
mismos y nos cansamos para lograr esa satisfacción que el algoritmo nos impone.
La sociedad de la información mediante el abuso de Internet, la sociedad de la
transparencia nos convierte a todos en “iguales” idénticos, una falsa percepción de
una individualidad.
La libertad dejó de existir hace rato. La cultura será fundamental, sin ella la
experiencia digital carece de sentido evolutivo.
En esta era de la Inteligencia Artificial, quizás haya una élite que lee y se cultiva de
manera análoga, pero esos mismos líderes, probablemente usan su tecnología para
subyugar a las masas a pensar de manera retrógrada. Ya no existe elección, lo
subliminal apunta directo a tus gustos y las transnacionales proveen de bienes o
servicios que maximizan las utilidades de esa élite, que reemplaza al Estado de las
economías centralizadas.