Tener consciencia de los ingredientes con los que estás hecho, la familia que te tocó y el amor profesado en el vientre materno. La única vez que mi madre me contó una verdad y desnudó su corazón fue en medio de la oscuridad. Yo conducía el auto desde una cabaña de Maitencillo viajando hacia la autopista rumbo a Santiago. Atrás nos seguía mi novia en otro vehículo, mientras al volante yo escuchaba las palabras de mi madre. Con lágrimas que se perdían en esa noche de lluvia, me confidenció que un año antes de que yo naciera ella había abortado para que su suegra no se avergonzara. Las apariencias eran más importantes y su hijo todavía no era un profesional. Da lo mismo que legislen sobre el aborto, una política pública necesaria en tiempos de puritanismo hipócrita. Más decadente es traer a un hijo no bienvenido mientras la madre se ahoga en culpas. Pero las lágrimas eran genuinas, me pedía perdón por ese acto y luego de años de meditación, comprendí el sufrimiento de esa vida arrancada de cuajo, un accidente de tránsito de esos violentos. No me llamó la atención el asunto, pero sí la actitud de mi madre, esa primera vez que la vi llorar y sentir sus palabras. Emitidas desde la profunda oscuridad del habitáculo, en medio de esa noche sin luna. Una madre que renunció a su futura familia en ese acto deleznable. La mujer que da la vida y condena a esa alma a vagar por la eternidad. Esa que me alcanzó desde el primer momento. Nunca volví a adivinar lágrimas en su rostro y ahora el Alzheimer lo hace imposible. Una culpa inmensa por permitir que yo naciera en vez de mi hermano. La culpa que impidió ser digno de su perdón y luego su renuncia. La falta de afecto que permitió que mi padre experimentara con mi salud según sus interpretaciones del naturismo. Es difícil amar a una madre incluso ahora en la enfermedad. Sólo pronunció «te amo» cuando yo estaba delirando en fiebre. Cuando sentía culpa porque mi padre no dejaba que me inyectaran penicilina. Sobre cuarenta grados esas alucinaciones me hicieron dudar de las palabras cariñosas. Es tan difícil sentir afecto por una mujer cuando no amas a la madre. Lo aprendes de las películas y los cuentos de hadas. Compartes una cena a la luz de las velas y un brindis inmortaliza un momento antes del sexo. Besos lujuriosos cargados de ternura son insuficientes. La progenitora no dio la bendición, más bien la bienvenida a esa futura familia. Todo partió con una mentira de esas crueles y desalmadas. Asisto a una velada en la casa de mis suegros. Celebran cincuenta años de matrimonio y la esposa habla de un amante luego de unas copas. Desconfío de la historia de mi propia familia y no los juzgo. Soy un adicto a las drogas y la felicidad me es esquiva. Jamás voy a encantar a los padres de esta mujer sentada al otro lado de la mesa. Me pide que me integre, pero no soy un ser humano digno. Carezco de los ingredientes necesarios. Le voy a hacer daño y abortaré en un instante dejándola plantada en el futuro. Es una historia triste que empezó mal y acabará peor. Prefiero renunciar a su amor y reordenar las emociones. Hace años que no caigo enfermo ni escucho palabras de amor.