Hay una constante, un hilo conductor en «Siempre me roban el reloj», libro difícil de clasificar según la antigua tríada aristotélica lírica-épica-dramática. Este engarce luminoso es el mito de Sísifo, condenado a subir la roca montaña arriba, sabiendo que la roca caerá y deberá volver a subirla. Aquí, esta impronta absurda se refleja en el deambular constante del personaje en busca de un centro. Ha sido despojado de las raíces primordiales que sostienen a la sociedad moderna: trabajo y familia. Sin estos ejes culturales, vaga por la ciudad cargando su peñasco de contradicciones, deseos y proyecciones. Como dice Albert Camus, la tragedia se yergue porque Sísifo tiene consciencia. «En cada uno de los instantes en que abandona las cimas y se hunde poco a poco en las guaridas de los dioses, es superior a su destino». El personaje ha sido expulsado del mundo y camina a través de él, relacionándose con la vida como si ésta pudiera darle lo que necesita. Al final existe de modo brutalmente efímero. El tiempo funciona como un artilugio: un reloj que no es; por eso el título del libro es importante, nos revela una condición de existencia en el siempre presente de la narración, que actúa como diario de vida. El autor se muestra de un modo absolutamente sincero, prefigurando así la función icónica de lo que se denomina mímesis o estado de verosimilitud con el estrato real. El libro es la génesis de otros libros, de cada palabra, el esfuerzo titánico de llevar cada idea a un proceso escritural lúcido y activo. Este esfuerzo significa consciencia de su accionar en mitad de la noche. La escritura no es fácil, primero hay que vivir. «Vuelvo a inspirar y espirar; ahora nueve veces y más enfocado. Percibo el aire en mis pulmones y, esta vez, los instantes de paz se producen al dejar de exhalar, justo antes de volver a iniciar esta titánica labor de existir, la que nos hace empujar la roca hacia la cima del monte imaginario, realidad que experimento cada vez que termino de escribir un libro y me siento vacío, inquieto si no empiezo a buscar en otro rincón de mis pensamientos lejanos». No hay nada sobrenatural en la escritura que no está en los libros y cada uno sabrá adoptar estos nuevos conocimientos. Quizás algún día, ese conocimiento sea mutado en sabiduría. Mientras, intento escribir una mejor biografía, esperando que mi actuar sea cada vez más trascendente. Cada libro es un viejo maestro que me deja vacío, sin ideas ni emociones, en un limbo que vuelvo a enfrentar, con el único objetivo de mover la roca hacia una nueva cima. El autor concede importancia a su propio proceso de escritura. La sensación de vacío al terminar una obra lo lleva a escalar la montaña nuevamente, es decir, escribir de nuevo y así en un proceso infinito, al menos en la materia narrativa. El personaje, el expulsado del mundo, pide limosna en el Patio Bellavista, va a Las Lanzas en la Plaza Ñuñoa, recorre la Plaza Italia en busca de una verdad que no encontrará junto a su compañera de viaje. El único faro es la escritura, la luz que lo guía a la autoconsciencia, al intento de salirse de ese modo absurdo de existencia. La escritura lo hace ser; el resto, es ruido burgués, es el reloj robado por Sísifo, es la peregrinación incesante por una ciudad en ruinas. El libro se arranca de las clasificaciones genéricas y, en este sentido, se proyecta como una obra única y veraz, sin las pretensiones de algunas narrativas contemporáneas que favorecen la escritura como un acto de narcisismo donde importa el autor más que lo narrado. «El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre».