Maxwell no fue una lumbrera en la universidad, pero siempre supo sacar provecho. Estudiaba poco, en grupos de estudio con las personas precisas, contrataba ayudantes antes de las pruebas, a veces accedía a alguna pregunta de un examen. No hacía nada ilegal, justo en el límite de la trampa. Era normal de contextura, pero se vestía bien y acudía a las reuniones indicadas. Aquellas en que se sorteaban los ascensos, generalmente acompañado de un vodka Martini, agitado, no revuelto.
En la universidad se dejaba enseñar por una alumna aplicada. Ella quería romance, pero el se dejaba querer a cuentagotas, cada lección merecía una palabra amable, más no compromiso. A veces incluso le iba mejor en una prueba que a su propia tutora, para nada sería un imbécil. Un poco cafiche del conocimiento, pero nadie a sido juzgado por tan leve aprovechamiento. Amigo de algunos profesores, no para ser ayudante de cátedra, sino para obtener alguna ventaja táctica. Inventaba grupos de emprendimiento y tenía buenos contactos en la administración de la escuela de economía.
Lo suyo era la rutina. Preocuparse de mantener su auto en óptimas condiciones y conocer a alguna lumbrera de otra escuela. Claro que demoró ese noviazgo, para no perjudicar su condición de pupilo. Era un tipo divertido después de todo y temeroso de los riesgos. Jamás fumó marihuana, lo suyo era el alcohol en la medida justa. Un aceite social que lo hacía lucir y lo rodeaba con los mortales.
Cuando egresó, sus influencias lo ubicaron en una empresa de reputación. Su rutina social surtía efecto. Se hizo socio de un club de golf, tampoco era malo para los deportes y el tenis no podía faltar. A los tres años era líder estratégico de una marca importante de productos farmacéuticos. Congregó a una fuerza de ventas que se relacionaba con los médicos, madres solteras a las que podía controlar. El requisito era ser atractivas y dispuestas a un doble juego.
Maxwell se convirtió en una especie de gurú, un Leonardo DiCaprio en su papel de lobo de Wall Street. Sus cursos trimestrales atraían a mujeres jóvenes, encantadas por su halo seductor. Solía escoger a dos alumnas destacadas y las invitaba a un fin de semana en un centro invernal, donde debían competir por su atención. Era mujeriego, pero no en el sentido sexual. Amaba a su esposa y nunca cruzaba el límite. Ella era su confesionario y de verdad que guardaba trucos sucios bajo la alfombra. Indagaciones privadas, extorsiones y sobornos.
La rutina a toda costa. Una mujer, un séquito de fuerza de ventas, auto de la misma marca, reloj exclusivo. Asistía a las galas del Teatro Municipal a ver óperas que no le interesaban. Veraneaba en el balneario más exclusivo y como no, a veces navegaba en su velero para frecuentar el club de yates.
Aunque inteligente, la imagen lo era todo. No era de los más ricos del país, pero siempre estaba en el lugar indicado. Le faltaba escribir un libro, pero el fármaco que promocionaba no era bien visto por algunos miembros del colegio médico. La salud le importaba nada, para él un negocio que tenía que ver con la supresión del dolor y en algunos círculos con fiestas hedonistas. Buscaba chicas salidas de los mejores colegios de la capital y se contaba de una vez pasado de copas, en que confesó que las madres solteras no podían perder su estatus económico, que eran obedientes y no hacían preguntas. Lo moral no era lo suyo y eligió por esposa a una mujer incluso más ambiciosa. La farmaceútica era una líder transnacional, realizaba investigación y desarrollo, pero la gestión de Maxwell los volvía a todos millonarios. Era blanco de rumores maledicentes, pero en el fondo era un poco de envidia. Leía discursos de oradores y los adaptaba de manera magnífica. Un gurú que luchaba contra el dolor en el mundo. El único camino para acceder a una vida placentera. Elimina el dolor de tu vida y el camino será un jardín del edén. Puros eslóganes basura, pero que repetidos hasta el cansancio surtían efecto entre esas madres jóvenes del barrio alto.
Las personas necesitan de la rutina para lograr objetivos. Persevera y las metas se irán cumpliendo una tras otra. Un recetario de palabras vacías, pero seductoras, le permitía acceder a los bolsillos de la gente acomodada de este país. De paso se enriquecían los médicos con decenas de recetas diarias, todo estaba calculado para evitar el dolor y en lo posible abrazar el placer.
El medicamento del que todos sabían, pero mantenían en secreto. Los pacientes tenían los recursos suficientes para acceder a los costosos tratamientos, era un fármaco sumamente adictivo y mezclado con alcohol, una bomba de tiempo.
La fama se multiplicó en las fiestas y el estatus de algo inalcanzable creó discípulos en los círculos más pudientes. Era un verdadero rito llegar al traficante, unos médicos inescrupulosos que se mezclaban en los eventos sociales.
Cruzaban miradas de superioridad y se reconocían con la sola mirada. Tanto los dealers como los drogadictos se cruzaban en moles del barrio alto y tiendas exclusivas. Imitaban al ejecutivo del año que aparecía en las portadas de revistas financieras, Maxwell era la imagen de toda esa industria.
De escribir ese libro, sería tan innovador como son los líderes espirituales y sus industrias editoriales. Cientos, miles de palabras bien escogidas, que calzan con todo y a todo el mundo le hacen sentido. Quien no quiere erradicar el dolor en un camino desde el nacimiento hasta la muerte. Como los impuestos, la muerte no es evitable, pero si puedes hacer el trayecto sin penurias, sintiendo que dominas la situación, todo apunta al ego desmesurado que todos incubamos en mayor o en menor medida. Siempre con el riesgo de creerse superior y estar dispuestos a pisotear a alguien para abrirte camino. Se trataría de un libro de autoayuda mezclado con estilo de vida.
Toda esa rutina de Maxwell era un simulacro. Si controlas tu vida, puedes controlar al resto. La rutina es un ritual de esos ancestrales, si lo repites de la forma correcta, infinitas veces, a la larga dará resultado. Debes dejar de preocuparte y superar al resto o al menos hacer tan bien la mímica, que los demás se lo crean.
Inventas un rito para simplificar. Seduces al resto con tu rutina que parece explicarlo todo. Si eres un buen maestro te venerarán, una rutina de pocos pasos muy eficiente. Cuando el discípulo ve que te funciona querrá imitarte y en ello radica el poder del gurú, en sacar provecho de aquellos que desean progresar, cobrarles una tajada con algún favor que se materializará en el futuro.
Todo iba de maravilla hasta que sufrió un accidente esquiando. Sus discos cervicales comprimidos al máximo y una fractura lumbar. El dolor era insoportable y la rehabilitación insufrible. El mismo fármaco que comercializaba con tanto éxito, ahora era parte del menú diario. Lo consumía en el día para poder levantarse de la silla, estar sentado por horas se había vuelto su peor enemigo y en las noches otra dosis para poder dormir. Eso al principio, adquirió seguridad y aumentó la dosis. Eso y los vodka Martini fueron una combinación letal. Los eventos dieron paso a fiestas privadas y se apartó de la familia. Perdió a su esposa e hijos. Se transformó en un real hijo de puta y algunas de la fuerza de ventas fueron seducidas por su dinero.
No se trataba de suprimir el dolor, sino de alimentar el ego. Siempre fue enorme, pero ahora era bestial. Bajó sus barreras de protección y quedó solo entre desconocidos. La imagen lo era todo, ahora el dolor no era el problema, sino el placer. Él mismo destruyó su imagen persiguiendo el vil dinero. Su máscara ritual cayó el día en que su mujer se llevó a los hijos.
Maxwell se convirtió en una caricatura de sí mismo, repitiendo cursos cada vez con menor éxito y menos mujeres hermosas. Antes la rutina lo salvaba, le daba propósito y era su motor de partida. Ahora la rutina era su enemiga y la ambición desmedida fue su perdición. Vendió una pomada por años, pero la falta de un código moral le pasó la cuenta. Con tal de silenciar a su columna vertebral Maxwell vendió su alma al diablo.