Han encontrado al niño en una zanja, lo han abandonado en un parque sin luces. En su seno lo acogen las travestis que se ganan el sustento con los autos que transitan a altas horas. Lo llevan a la casa de la mamá grande de esas hembras aguerridas, que será su madre hasta el fin de los días, aquel en que las nuevas luminarias alejaron a esa cofradía de mujeres, hembras no biológicas, pero sí por naturaleza. Este Macondo de García Márquez se llama Córdoba y ese parque cobijó a estas trabas en los años entre siglos. Su expectativa de vida apenas supera los treinta años, debido a que cada año les vale por siete. Desde antes de cumplir la mayoría de edad ya se prostituyen en las calles, un poco por necesidad o porque la familia las expulsó. Ojos alcoholizados con ginebra o sedados con cocaína les otorgan una mirada irreal sobre el mundo, mientras se congregan con sus ritos de paso acentuados. Matarían a la otra por robarles su lugar, pero en el fondo se respetan por su manera de encarar el destino. Saben que viven la vida al límite y que subirse a un auto podría ser su último viaje. «Las malas» es una novela conmovedora, el sexo está presente en cada página, aunque es raro que no haya placer, sino anécdotas revestidas de humor. A ellas les gustan los hombres, pero su contraparte a veces las reniega y las maltrata. Violencia gratuita por alguna palabra que pone en duda la virilidad o simplemente el hecho de existir es motivo para agredirlas. La parte autobiográfica de Camila Sosa es indudable, aunque ella lo desmienta. Son «malas» porque odian a esos hombres, dependen de ellos para sobrevivir, pero la piel masculina la abandonaron al nacer. Son maltratadas por la sociedad anónima que no se atreve a hacerles frente, no las mira a la cara, sino que raya sus murallas con insultos. La muerte ronda de cerca y en realidad odian esta vida que las demuele y va asesinando en cada esquina. La novela nace con la criatura y su mamá grande y termina con un velorio. Parece una existencia colmada de clímax, aunque siempre está cercana la pobreza. Una forma de ser hasta que la muerte las arrastre, como todo ser humano, pero ellas van tomadas de la mano de la parca. La historia perturba y conmueve, da esperanzas a los hombres y mujeres reventados. Tantas horas de trabajo extenuante, sirviéndose de sus cuerpos como herramienta, decenas de miles de clientes que no saben las miserias de drogarse y beber hasta el infinito para hacer más soportable este tránsito. El adicto piensa que la droga lo está matando, pero al leer Las Malas eres testigo de la fortaleza del ser humano y que la muerte va a llegar en su minuto, no antes, la máquina que nos cobija es mucho más resistente y levantarse cada día es un verdadero milagro. Permanecen cada noche al pie del cañón y traen fantasía a los habitantes hastiados de sus rutinas. Algo de esa pulsión se impregna al compartir un cuarto de hotel, una especie de barca de Caronte donde puedes conversar con una barquera improbable.


