El artilugio de «Dos vidas para Micaela» no es de fácil clasificación. Podría tratarse de una novela de iniciación acerca de Micaela Souto, en base a los recuerdos de su amigo Edmundo Moure, pero ya en las primeras páginas el autor confiesa que inventó ese nombre para participar en un concurso literario en tierras gallegas. Al obtener el primer lugar lo contactan para dar con su paradero e incluso le insinúan que ella es mejor cronista. El autor escribe una biografía alusiva, la historia del padre en la guerra civil española, mientras la compara con sus experiencias en la dictadura de Pinochet. Micaela no ha publicado libro, pero su amigo exhibió varias de sus crónicas en periódicos de oposición. Ella es buscada por uno de los agentes de la dictadura y manifestará una voluntad inquebrantable. Enviudó antes de consumar el matrimonio y luego se casó con un noruego. Se irá a refugiar a la Isla de Chiloé y terminará sus días en Puerto Williams. El lenguaje con que describe a Micaela es de ensoñación, un verdadero personaje del realismo mágico. En Chiloé conocerá a un folclorista de la zona con quién entabla una relación amorosa. El escritor construye un diálogo epistolar con Micaela, donde ella le da consejos acerca de uno de sus propios libros. En base a estos intercambios se irá develando la personalidad de la cronista, inducción que deleitará al que lea estas líneas. «Dos vidas para Micaela» es interesante al plantear que los textos de un autor no le pertenecen, sino que pasan a formar parte del edificio de la literatura en cuanto es interpretado por otros. Pero en este caso, el escritor ha inventado a una autora del sexo opuesto y utiliza esa tribuna para interpelar a los que se asoman a esta historia. Los libros son conformados por palabras que son la base del lenguaje y este escritor construye una apología del mundo literario, describiendo una hermandad y aquellos lugares que frecuentan los hacedores de mundos.
