Ayer me embargaba la tristeza. Acudí a la cocina a prepararme un sándwich y mi
padre me confundió con mi hermana. «Ah, eres tú… sal rápido de aquí». Fue tan
violento, entendí que aquí no era la cocina, sino la vida misma. Algo parecido a no
queremos verte en el futuro. Es doloroso sentirse expulsado del seno familiar, pero
en esta página me propongo salir airoso. Escribir en voz alta y exorcizar palabras
hirientes. Buscar ese instante donde el tiempo se detiene; el momento en que el
entorno deja de tener importancia. El lugar sin tiempo donde uno simplemente existe
y cada vocablo es energizado de manera armónica. No son chismes ni críticas
infundadas, son deseos de un lugar en el mundo para que cada ser humano encuentre
su esencia. Medito una hora y vuelvo a quererme, a abrazarme con palabras tiernas.
Quiero ir a la playa y observar el reventar de las olas. El continuo flujo de energía
donde la espuma se desvanece y se convierte en océano. Me siento parte de ese mar
infinito y de alguna forma yo soy ese todo. Me vacío de pensamientos y sólo dejo
cruzar emociones atenuadas. Un amor indiferente por el prójimo, deseos de que cada
uno cumpla sus metas, de manera tranquila y observando donde rompe la ola. Ese
lugar donde la furia se transforma en rocío y humedad que refresca nuestro rostro.
Simplifica las ideas más enrevesadas y las transforma en actos puros y significantes
que trascienden nuestro cotidiano. Es importante la rutina, ir a trabajar y dormir
todos los días, pero algo deben sacar en limpio esos trabajadores incesantes, esos
buscadores que encuentran su libertad en el transcurso del tiempo y que no pueden
ser interrumpidos por ojos envidiosos. Ahora vuelvo a la cocina y mi padre ya se ha
ido. Preparo un café y me devuelve los bríos. Pensamientos lúcidos atraviesan mi
cerebro y escribir se ha tornado en algo satisfactorio. Unión de frases conforman un
párrafo y muchos de ellos un capítulo. Voy llegando al final, 140 días he requerido
para dar forma a este escrito. En realidad son noches esperando el primer
crepúsculo. Dejar atrás las drogas y disfrutar de los días venideros. Unos llenos de
luz en los que una conversación será bienvenida, para contrastar pareceres y porque
hablar con uno mismo a veces resulta infructuoso.