«Los que no perdonan» es un extraño western cuya anécdota ha quedado en la memoria de un escritor que no olvida. No es un retrato de perdedores, sino la historia improbable de una familia. El desarraigo y la diversidad son temas que rescata John Huston mientras oculta sus cartas y despliega un puñado de personajes buscando identidad. Destacan los diálogos entre Lancaster y Hepburn, trasunto de una relación incestuosa que se desarrolla en medio de envidias, secretos y luchas entre vecinos que defienden, cada uno a su manera, su visión particular del mundo. Esa forma de entender a los integrantes a partir de las diferencias, pero sin perder de vista la integridad del núcleo. La historia de tres clanes familiares enfrentados por diferencias raciales, algo tan recurrente en la época actual, llevado al paroxismo por las emociones más extremas. El nuevo siglo ha amplificado estas beligerancias entre diferencias de clase e incluso disidencias sexuales. Ya no interesa que los miembros sean hombres o mujeres, lo interesante será pertenecer a un colectivo que brinde protección hasta el más débil de la cadena. Uno no escoge a la familia, pero sí elige a los amigos que deambulan por otros túneles y a veces coinciden en la ruta. Podrás engañar a los desconocidos con mentiras bien elaboradas, pero la verdad siempre sale a flote y cada individuo deberá enfrentar sus propias encrucijadas. Elegir a su compañero será el desafío mayor en este viaje lleno de incertidumbres. Conoces a alguien que rompe tus esquemas y eres hechizado de una forma antes desconocida. El amor es soledad, un sentimiento egoísta. Nunca podrás amar con el amor que te profesa el otro. Es tu manera sensible expresada desde tu herencia. La familia o la ausencia de ella explican tu forma de amar. No hay reciprocidad posible y de alguna manera no lo compartes, es egoísta desde el mejor ángulo. Quizás lo más hermoso es que nadie nos impide recorrer el trayecto tomados de la mano. El amor no es lo que siente el otro por ti, sino más bien amistad y compartir una manera de sentirlo. Sólo puedes controlar tu lado de la ecuación, pero eliges ser la energía del otro, su motor de partida.