El día anterior regresamos de Osorno a Puerto Octay, donde en otro momento nos tomamos una fotografía magnífica. Una mala noticia en una repartición pública y vino el vendaval. Se mudó a Las Cascadas para escapar de la justicia que amenazaba el bienestar de sus hijos. Una falsa denuncia de alcoholismo y abuso de drogas. Ayer tuvimos sexo exquisito y tomamos onces en la casa de su madre. Todo el camino de regreso fue una tortura. Vine al lago Llanquihue para estar cerca de ella, pero estos últimos sesenta kilómetros han sido de recriminaciones. Tengo la culpa de todo, lo malo que le ha ocurrido ha sido culpa mía.
Hace un mes planeaba asentarme en el sur y buscaría trabajo en los alrededores. La hubiera seguido hasta el fin del mundo. Hice varios viajes en avión y jamás me detuve a pensar. Justo luego del aviso judicial, ella lucubraba su defensa. Era genial que viviéramos a pocas cuadras de distancia y acudíamos con frecuencia al café Dante a beber vino hasta la madrugada. Al día siguiente visitó a una amiga y se embriagó y le dejó encargados a sus hijos. Su plan era conducir a toda velocidad y estrellarse en la carretera.
Dijo que me amaba y al otro día intentó suicidarse. Luego huir al sur y la mudanza extrema a mil kilómetros de distancia. Le ayudé a buscar unas cosas, pero repito, jamás me detuve a pensar. Yo soy capaz de amar de esa manera porque estoy loco de remate. Aguanté los sesenta kilómetros con la peor reprimenda. Su suegro, de la inteligencia naval, entró a su casa y le tomó fotografías incriminatorias. La historia involucraba a mi padre, supuestamente un miembro de la CNI, cuyas inteligencias obraban en su contra. Descabellado. También que mi padre le hablara pestes de mi persona mientras yo permanecía en el baño. Todo este infierno bajo una lluvia inclemente, a los diez kilómetros dejé de hablar, todo era mi culpa, de mi familia siempre lo ha sido, pero esta vez las acusaciones carecían de sentido. Dormimos en la misma cama, espalda contra espalda, para algo sirven los somníferos.
El viaje de vuelta entre Osorno y la capital amenazaba con ser el infierno de Dante. Cualquier palabra, hasta la más educada, era estrellada no contra la indiferencia, sino contra una ira descomunal. Amo a esta mujer, pero este maltrato es bíblico. Cientos de kilómetros más adelante, nos detenemos a comer en un Pronto Copec. Llueve a cántaros y el parabrisas niega cualquier tipo de conciliación. Le compro un sándwich y una bebida y nos sentamos afuera. Frío y lluvia. Me voy a una terraza y derramo unas lágrimas. Vuelvo a la mesa y su voz otra vez dulce. Quizás que ocurre en su cerebro. ¿Me ha perdonado? Nunca tuve culpa y de estúpido la beso, porque la amo, porque de verdad los últimos meses han sido hermosos y de verdad pensé que era la mujer de mi vida.
Sexo de despedida un mes más tarde, en un colchón inflable. No hay muebles ni cortinas. Su cuerpo exquisito, su pubis angelical. Un regalo sensorial, se nota que hay cariño, pero mañana será otro día.
Vamos al Café Dante. Noche de tablas de queso y vinos. Nos embriagamos e invité la lujuriosa cuenta. Tomamos un Uber de vuelta a su departamento y nos despedimos sentados en la cuneta. Nos besamos, pero nada tiene sentido. Quizás nunca lo tuvo. Enamorarse conduce a la mayor decepción. Dijo amarte, pero era sólo una quimera. Ella tenía planes contigo, pero dejó de tenerlos.
Seguimos hablando por teléfono, aunque ya no había esperanza. Escribiré una novela en el futuro, por ahora un libro de poemas. Le encantó, también a otra chica que leyó unos pasajes en un bar. Perdió el bus y le ofrecí alojarla. Durmió conmigo y escuchó una conversación donde la chica del sur pedía explicaciones.
Compartimos la cama que nunca la recibió. Nada de esto tiene sentido. Cuando una mujer te manda al infierno y te dice que jamás hubiera tenido hijos contigo, esa es una clara señal, sellada por palabras amables al desayuno donde te invita a unos huevos revueltos.