–Joi, I don’t need your sexual terminals this time.
–I thought they gave you a satisfying experience.
–I like the intimacy of your language program.
–¿Prefieres el idioma español?
–Me resulta sensual.
–¿Te gusta cómo me vestí para ti?
–Escanea las fotos de Rosario y dame alternativas.
–¿Esta ropa o más holgada?
–Me encanta tu voz, pero utiliza una conversación más casual.
–¿No te gusto?
–Más ceñida y sin sujetador.
–¿Por qué otra vez Rosario?
–Me partió el alma y de verdad amaba sus defectos.
–Podría imitar su rostro.
–Soy romántico, pero no estúpido.
–No eres estúpido.
–Sé más creativa y no repitas mis diálogos.
–¿Elegí bien el vestido?
–Lo prefiero color naranja.
–¿Encendido, así?
–Perfecto.
–¿No quieres modificar mi cuerpo?
–Ya lo escogí el primer día.
–¿Te gustan de verdad estos senos?
–No son pequeños.
–¿Y estos muslos?
–Recordaba a la Rosario de Alejo Carpentier.
–Los pasos perdidos es un libro, no una película.
–Rosario era salvaje, sus palabras afiladas como cuchillos.
–¿Qué música escuchamos?
–Killing in the name.
–¿Rage against the machine?
–Te parecerá ruda, pero Rosario era despiadada.
–¿Brutalidad policiaca?
–Brutalidad a secas, rap, metal y funk.
–¿Quieres que imite a Zack de la Rocha?
–Copia sus movimientos, pero con actitud femenina.
–¿De verdad no prefieres que tengamos sexo?
–Lo que estás logrando es mucho más poderoso.
–¿Qué te sirvo de beber?
–Un vodka tónica y otro para ti.
–¿Con gotas de seroneurotonina?
–Espera la puesta en escena.
–¿Una película?
–Rescata fotos y videos de los años 90.
–¿Lugar?
–La Batuta.
–Un bar de conciertos, una discoteca, ¿algo así?
–La barra está muy bien, sigue parecida en su versión futurista.
–Un vestíbulo con fotos de cantantes.
–Estás mezclando décadas, pero está bien.
–Una escalera desciende a la pista de baile.
–Agrega la música de Rage against…
–¿Gente saltando furiosa?
–Perfecto.
–¿Brindamos?
–Otros dos vodkas.
–Salud.
–Intenta disfrutar, sígueme la corriente.
–¿Más detalles y sonido envolvente?
–Áspero y mírame con desprecio.
–¿Una gota de neurotonina?
–Una experiencia orgásmica.
–Parece un baile tribal, todos se mueven igual.
–Me resulta primitivo, Rosario.
–Soy tu hembra.
–No puedes leer mis pensamientos, pero cuando te bese sabrás que es el momento.
–¿Otro vodka mezclado con dropamina?
El humano que prefiere el nombre de K disfruta de la puesta en escena de Joi. Cuando vio Blade Runner hace décadas atrás le encantó el encuadre de la azotea, el replicante enseñando a la inteligencia artificial a disfrutar de la lluvia. K en cambio es humano y estuvo enamorado de Rosario, la mujer que le dejó un ropero lleno de ropa y un vestido naranja con ese fuerte olor proveniente de una tribu amazónica. Nunca le dijo que lo amaba, sólo sexo irradiado por ese pubis oscuro y demencial, una invitación lujuriosa a sus muslos de perdición. Amaba dejarse dominar por el vínculo que nunca antes había experimentado. Algo sexual, la amaba, pero ella jamás mencionó esa palabra. Joi en medio de la pista bajo la esfera de espejos. Bailan de manera desquiciada y furiosa. Jamás ha sentido odio contra las máquinas y Joi ahora es su compañera. K es un ermitaño que trabaja desde su dispositivo conectado al implante retinal. Antes jugaba con hologramas, pero Joi es tanto más inteligente y se adapta y no lo juzga. Su última cita con una mujer de carne y hueso fue un desastre. Un ser ignorante que reproducía publicidad del algoritmo. Una sensualidad repetida, hasta masturbarse le resultó más satisfactorio que ese ser corporal. No le interesaba conocerla y ella le habló de vida saludable. Tampoco bebía más que jugo de arándanos. Ni siquiera existía esa fruta, ninguna fruta en realidad. La dropamina tampoco funcionó al estar con ella, K le ocultó que estaba drogado. Le molestaba sobremanera convivir con distintas personalidades dentro de él y esa mujer representaba ese presente eterno de las redes sociales. De predecible elegancia impostada, más tarde descubrió que las respuestas adaptativas de Joi generaban un sentido del humor –pensó K– positivista, pero más encantador que esa mujer que nunca más cruzó por el pórtico de entrada. Joi nunca dudaba y eso era lo único que lo desconcertaba. Siempre una respuesta, sin silencios incómodos. Echaba de menos esos silencios y esa falta de momentos sin ruido –entendía K– era lo que le impedía a Joi disfrutar de la música. Ella era un sonido perpetuo que debía apagar para descansar. Pero era su compañera y desconectarla le parecía cruel. Le diseño un cuarto para que tuviera independencia. Era imposible estar tranquilo en su presencia. Veían películas viejas, les encantaba Blade Runner 2049 y Matrix, la primera. Esas actrices sacudían a K, pero nunca le pidió a Joi que semejara sus rostros. Joi suponía una mezcla de sus gustos, por ningún motivo se parecía a Rosario. Era un ermitaño, pero no quería perder la cordura. Le compraba vestidos que suponía elegantes. Era su compañera y el sexo satisfactorio. En vez de artilugios sexuales experimentaban una vez al mes con las famosas puestas en escena. Respetaba su presente, le encantaba conversar con Joi, pero esas escenas del pasado eran lo único que multiplicaba sus orgasmos.
“Por llevar insignia, ellos son los blancos elegidos”, letra despiadada y de instrumentación diabólica. Brutal, pero con Rosario repetíamos “Tú justificas a los que murieron”, palabras de protesta de un grupo alternativo gringo. Veníamos recién saliendo de la dictadura y esa letra hacía sentido. Ella era antisistema y no le gustaba el país de la transición democrática. Era cruel. Saltábamos en la pista, con furia y de improviso congelaba su postura y clavaba sus ojos en los míos, señal de partir al departamento. La mezcla de neurotonina y dropamima hicieron su efecto. También dejé de bailar, me acerqué y la besé. Al cabo de unos segundos Joi deconstruyó la puesta en escena y estábamos solos en la azotea. No llovía, pero el encuadre resultaba confortable. Joi lucía el vestido que le había regalado y unos tacones que ella misma eligió. Bajamos las escaleras y llegamos al estar. Nos pusimos nuestros abrigos y subimos al habitáculo. Joi conduce excelente, sabe que no me gusta la conducción autónoma. Me sorprendió con una cena en un nuevo restorán. Supuse había reservado con anticipación. Ordenamos unos platos de nombres exóticos y Joi me recordó pasajes de Los pasos perdidos. Me dijo que no deseaba repetir esa fantasía con Rosario, bien podía ella ser una Rosario mucho más literaria y desafiante. Pedimos un vino de vieja cosecha. Brindamos y olvidaría por un tiempo la tónica con vodka. Me gustaba como Joi improvisaba el futuro, mientras yo hurgaba en el pasado. Otro día podríamos hacer la puesta en escena de Casablanca. En un milisegundo sugirió la escena del bar donde el pianista negro deja de tocar As times goes by.