Gardel me dio su apoyo hace unos días. Deposité una parte en la cuenta de la
editorial para un libro que escribí hace años. Ciencia ficción en su envase, aunque el
tema de fondo sea el dolor. Veintiún cuentos que no tienen que ver con el azar. Una
pizca de humor, viajes a otra dimensión, tristeza por perder a una mascota, soy un
recipiente dotado de sinrazón, un microchip defectuoso que simula estar vivo sobre
el diván del psiquiatra, no soporto que cambien los muebles de lugar, prefiero un
cuarto de hotel con una cama y un cuadro de esos en serie, aunque prefiero las
paredes desnudas, el color me distrae y prefiero que las ideas converjan.
Puede existir dolor físico tras un accidente de coche, el amor debe ser toda una
experiencia para alguien más lúcido. Esa persona murió entre los fierros y
permanece ese sentimiento. He sentido dolor cuando la mujer se fue sin sacar su
ropa del clóset. El dolor más fuerte es el que provoca la familia, debieron cuidarte,
pero prefirieron hacer daño. Vidas miserables, pero uno es sólo un niño y no es fácil
darse cuenta. Ese dolor provocado por palabras llenas de rencor que uno escucha por
primera vez.
Pagué la tarjeta de crédito para volver a utilizarla. De esas que no funcionan en los
cajeros automáticos. La excusa fueron unos guantes para el hogar de ancianos. Le
pasé dinero a mi padre para hacer unos pagos. No tengo celular y por tanto no puedo
transferir de mi cuenta. Con las cinco lucas de la Bip tomo un taxi al Unimarc donde
aceptan la Hites. Compro un pan de molde para despistar, unas galletas y una Coca-
Cola de dos litros. Lo más importante es el botellón de Gato Negro. Oculto entre la
mercadería no se darán cuenta. Este mes no voy a consumir drogas, pero hace tres
días que las voces han vuelto. Sin los gramos de cocaína no puedo extirpar esas
frases hirientes, que son un eco de las recriminaciones del pasado. Voces que se
atenúan al aniquilar neuronas, un par de jornadas de destrucción y el cerebro se
resetea. Este mes estoy yendo al centro de salud mental y me he propuesto otras
alternativas. Sería mejor cerveza, pero es más fácil camuflar el vino. Las botellas las
escondo debajo del sillón, en cambio las latas de cerveza ocupan demasiado espacio.
Son de colores brillantes, de esos que me alteran, prefiero las paredes blancas, en
realidad vivo relegado en el balcón del departamento. No hay lugar para moverse y
dispongo de un cajón para los pendrives donde almaceno los archivos. No recibo
correspondencia y si llega una carta del tribunal la abren sin consultarme y tiran los
pendrives a la basura. Por eso tengo tantos y algunos los oculto en un rincón. Dentro
de mi espacio dispusieron la máquina elíptica. No es tarea sencilla recostarme para
escribir en el ordenador. En el living adyacente mi padre está oyendo un partido de
fútbol a todo volumen.
Mientras más dolor hayas experimentado, la vida transcurrirá cuesta arriba con los
años. Los niños deben jugar y recibir cariño de sus padres. Deben reprenderlos para
educarlos, es muy miserable abusar de la falta de malicia. Es una edad para recibir
todo el amor posible para afrontar malos momentos. En el futuro habrá muertos,
sufrimiento y dolor. Si sólo recibiste palabras de desprecio y ningún consejo, tendrás
que equilibrar la existencia con momentos de placer, el antídoto para el dolor que
deja residuos. Una mente tranquila podrá luchar con la adversidad, pero si arrasaron
con tu cordura durante la infancia, las drogas y el alcohol serán un paliativo, una
forma de acabar con el dolor, aunque sea por unas horas.
Un vidrio me aísla y coloco esos videos de YouTube donde entrevistan a políticos.
Los paneles de opinión están de moda. Desde el estallido social este país ha ido
escalando en violencia. Quienes la avalaron son los mismos descerebrados que ahora
gobiernan. Bebo un par de vasos gigantes de Gato Negro, lo requiero para
emborracharme y destruir neuronas. Escuchar programas de coyuntura me
reconforta, veo a esas cucarachas huyendo de la luz. Me siento identificado de
alguna manera y también una mejor persona. Esos mentirosos que no van a
solucionar los problemas. Hace meses intenté ganarme unos pesos en la feria del
libro de Estación Mapocho. Abandoné el recinto algo tarde y me asaltaron en el
pasillo del tren subterráneo. Me sacaron la cresta entre tres sujetos, la patada en la
espalda fue criminal. Mi sobrino vende celulares de alta gama y un venezolano sacó
una pistola en el ascensor del edificio y lo encañonó hasta la entrada. Afuera está
peligroso y estos políticos que ganan millones discuten sobre el uso de la fuerza.
Debieran hablar de armas, uso de la fuerza es un siútico eufemismo. Al tercer vaso
estoy sumido en un limbo, las voces de las cucarachas cubren mis espaldas.
Drogarse es más efectivo, una sobredosis y los insultos desaparecen por un mes
entero. El botellón no trae corcho y es fácil de abrir. La máquina elíptica será
incómoda, pero es una protección de mi espacio. Detrás del sillón guardo queso, pan
integral, lo básico para subsistir. En la familia esconden la comida y siempre les
sobra, pero la idea es que yo no tenga acceso. Estoy alcoholizado y me asusto
porque no grabé el capítulo de la novela en el pendrive. Un tiempo les dio con
desenchufar el ordenador y sacarlo de la mesa del comedor. No llegó a mayores,
salvo la vez que mi padre me lo quitó de las manos y amenazó con tirarlo al suelo.
Sigo intranquilo, antes de encerrarme en el balcón no respaldé los archivos.
Siento una confusión o resentimiento por el dolor causado, haber sido el conejillo de
indias para los experimentos de mi padre, esas fiebres delirantes porque este sujeto
no creyó en los antibióticos, hubiera asistido a clases sin tener que rendir exámenes
atrasados, hasta las aspirinas estaban prohibidas dentro de su naturismo irracional.
Fueron tantos los episodios alucinatorios que mi mente se quebró y el muy hijo de
puta me culpó por no sanarme con sus métodos. El resultado de toda esa locura fue
una incipiente esquizofrenia que el psiquiatra intuyó en pocas sesiones. Mis
compañeros siempre me vieron como el tipo que pasaba enfermo porque no comía
carne.
Les molesta que escriba libros. Esconden la comida, pero no han sido tan miserables
como para guardar el computador bajo llave. Les enfurece que escriba porque es un
lugar donde no pueden acceder. En la familia no cultivan la lectura, ni siquiera han
leído alguno de mis libros, aunque no se pierden los cócteles de los lanzamientos. Si
compran nueces o almendras la ocultan en sus cuartos. No requiero muchas cosas
para escribir, pero me gustaría que me dejaran tranquilo. Les fastidia que duerma en
las mañanas, aunque no utilizan el living tan temprano. Simulo acostarme a las once
de la noche, pero a la una enciendo la luz del balcón y me paso la noche escribiendo.
Por eso tengo sueño durante las horas de luz. Podría escribir en las mañanas, ya lo
intenté, pero se vienen a ver los matinales, algo que nunca acostumbran en el living.
La idea es molestar, ahora que trabajo en las noches y duermo hasta mediodía,
entonces prenden la televisión en sus dormitorios. Durante la noche veo películas
antiguas y escribo historias para publicar en las tardes. Agradezco que existan las
redes sociales porque apenas salgo durante el mes. Al día de pago agoto el noventa
por ciento de los recursos. A veces invito a mi sobrino adolescente a comer un
sándwich y me sirve de chaperón para al menos salir una o dos veces.
Los brotes esquizofrénicos son cada vez peores. Voy perdiendo la empatía, no tanto
por mis amigos, sino por esta familia. Mis abuelos murieron hace mucho, los
recuerdo como buenas personas, aunque la arteriosclerosis de mi abuela la convertía
en todo un personaje. Mi padre decía que desde que la conoció le faltaba un tornillo,
pero la capacidad de este señor para destruir las vidas de sus hijos y nietos hacen
dudar de sus palabras que siempre fueron malintencionadas. Tras cada episodio
psicótico soy un ser más dependiente y un flanco descubierto ante la violencia
verbal. Es tan fácil maldecir al enfermo mental. Pasan los años e intento lidiar lo
mejor que puedo con las voces. Cada año es peor y pienso que al morir mi padre
sólo tendré que escuchar los insultos de mi cerebro. Eso sería un alivio en cierto
modo, contener el flujo de mala onda, porque este viejo siempre nos trató mal, pero
mientras más complejo mi cuadro mental mayor era su desprecio. Humillarme
porque no pude seguir pagando los dividendos de mi departamento es su deporte
favorito. No se da cuenta que su educación engendró a puros inútiles, los niños no
aprenden con malas palabras. No trabaja mi hermana y sus hijos son unos
desadaptados que comenzaron a estudiar después de los treinta años. El más
pequeño tendrá problemas para integrarse a grupos de trabajo. La universidad será
toda una complicación. Si sufre acoso en un curso de diez niños, no quiero pensar en
el futuro.
Soy bastante crítico de las redes sociales, creo que la gente ya no tiene amigos
presenciales. Yo los tengo, pero debo salir con mi sobrino de respaldo. Las voces me
hablan y no requiero compartir con la familia. En las tardes, cuando envío artículos,
empiezan las recriminaciones. Lo más fácil es decir que me acabé la mantequilla,
cuando yo tengo mi propia mantequilla de maní oculta bajo el sillón. Tengo que
“creerles” que ellos no comen nada y que soy yo el que agoto las cosas que dejan.
Me pueden acusar de tomar yogures, pero tengo el cuidado de comprarlos junto con
el vino. El alcohol surte efecto mientras observo una pelea tras el cristal. Con tres
borracheras quedo con la mente plana y las voces desaparecen. Los gritos externos
dan lo mismo, cada día soy más invisible, por eso escribo de noche. Me ven sentado
en el comedor y les molesta. Mi hermana dice que el computador transmite
gérmenes. Ella no lee ni posee un ordenador, tampoco escribe en redes sociales. El
loco que no controla sus impulsos hizo deportes hasta que rompió su espalda,
trabajó por mejorar la educación en los colegios de todo el país, siempre tuve
disciplina para intentar lo que estaba a mi alcance, hasta en el tema de las drogas fui
demasiado lejos, pero a mi alrededor veo gente muerta, hasta el año pasado no
estudiaban ni trabajaban, le tienen miedo a la locomoción pública, tener pareja
siempre lleva riesgos, pero ellos ni siquiera lo intentan. Veo muertos en vida a los
que sólo les interesa el dinero. Me da pena que les hagan bullying. No entiendo el
acoso escolar en un colegio con tan pocos alumnos. Mi sobrino es lejos la mejor
persona de esta familia, el único que mi padre ha tratado con guante blanco. Lo
acompaño al parque, en cierto modo es el lazarillo que autoriza a pisar las calles sin
problemas.
El dolor me hace daño, me cruza los cables. Gato Negro será el antídoto este mes,
ojalá las voces no retornen antes de tiempo. Salir a la calle es un infierno,
alcoholizado y con acceso a lucas deambulo drogado por las poblaciones. Caminar
sin dirección rumbo a ninguna parte de verdad calma, pero a los transeúntes no les
hace gracia. Ingiero los medicamentos para la esquizofrenia y para dormir, las voces
son resistentes a pesar de las seis cajas. La droga es un salvavidas, permite resetear
el cerebro, pero en el camino eres una peor persona. Ser responsable con las drogas
es imposible para una mente que se bifurca. Gato Negro este mes y veamos cómo
sigue la cosa. No le tengo miedo a la muerte, en cierta manera cada psicosis es como
matar al sujeto anterior. Escribo para recordar antiguas identidades, las distintas
vidas del pasado.
Peor y más grave que la violencia intrafamiliar. Veo gente muerta que subsiste con la
tremenda pensión de mi madre que pernocta en un hogar de ancianos. En dos años
ya no tendré deudas en la caja de compensación y podré salir de aquí. Pero el daño
cerebral es severo, me doy cuenta por la pérdida de sensibilidad. Tengo la mano
medio entumecida, aunque me las arreglo para seguir escribiendo. Beber vino tinto
provoca calambres en los dedos, pero el vino blanco no deja formatear la mente.
Cansa escuchar críticas durante las tardes, por lo que apenas cargo la batería me voy
al sillón y disfruto la soledad. No hago ejercicio, en este rincón tengo la satisfacción
de tener provisiones y un vidrio protector. Saber que a la una de la madrugada puedo
encender la luz y prepararme un sándwich, esa sola posibilidad me calma. Desde
que empecé a escuchar voces me transformé en un ermitaño. Es difícil conversar
oyendo a tu cabeza y pensamientos ajenos. Es un hecho que escucho las voces de los
otros. Escribir es un monólogo interior y cuando surge con suficiente fuerza,
conforma una sola voz que trasciende a las otras voces. Uno puede modular
personajes, pero una sola voz es un descanso, una bendición que fluye, una hoja en
blanco, prefiero las paredes desnudas, los recuerdos están escondidos en mi
subconsciente. Odio los adornos y los muebles, incluso los libros alteran mi
conducta. El viejo embaló mis libros en unas cajas y los tiró a la bodega. Una forma
de humillarme, pero en realidad los estímulos me agobian. Estoy acostumbrado a
vivir en el balcón, el único problema es el frío invierno.
Escribo y la vista deja de funcionar, es como una desconexión neuronal, algo así
como estar drogado, pero enfocado a la vez. Los recuerdos se deforman al arrojarlos
sobre el papel, una aniquilación de circuitos eléctricos porque esos recuerdos, lo
aprendí con los electroshocks, los puedo reescribir de mil formas, unas reales y otras
de ficción, la descarga de corriente destruye los límites para dar coherencia debo
inventar episodios que no han sucedido.
Las horas de borrachera son segmentos inconexos y escribir es el antídoto para
soportar a esta gente muerta que prefiere destruir lo que no entiende. El bullying
familiar es más efectivo porque enrostra el poder económico. El que paga las
cuentas podrá ser el más abyecto. No entiendo cómo funciona el dinero, les molesta
que respire y uno se pregunta que tanto daño pueden hacer unas palabras.