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DÍA 138

Por Aníbal Ricci Anduaga

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Mañana canta Gardel y estoy racionando las platas. Pagaré una de las tarjetas de crédito y del resto ya me ocuparé en el futuro. En algún punto volveré a tener un celular, es tiempo de reconectarse con el mundo de la literatura. Invité a Leonor al lanzamiento de «El amor de los caracoles», el nuevo libro de Juan Mihovilovich. Tengo ganas de leer sus textos existenciales, de recuerdos de infancia y de tiempos pretéritos. La escritura de Juan siempre evoca emociones nobles del ser humano. En una reseña leo que los caracoles carecen de cerebro, pero que eso no les impide aparearse. Entiendo además que son hermafroditas, aunque lo que me intriga es que carezcan de raciocinio. Si yo fuera caracol estaría perdido, la razón es lo único que permite darle una explicación a mi existencia. En los brotes de esquizofrenia las emociones pierden absoluto control y con frecuencia bifurco en otras personalidades. Requiero del intelecto para escribir y tratar de explicar lo inexplicable. Creo que de esta última crisis asomé como la antítesis de un caracol. He meditado un montón para gobernar los impulsos, pero el brote de la enfermedad fue más allá y quedé vacío. Es mucho más fácil conducir un vehículo convencional, con una gama de emociones limitada. Como resultado tengo que lidiar con este personaje que piensa cada aflicción, la intenta explicar, pero no la experimenta del todo. Quizás parezca deshumanizador, pero en estas circunstancias es más bien un alivio. Permite que no tiña las calles y los lugares con deseos incontrolables y eso es el punto de partida para dejar atrás el pensamiento adictivo y en definitiva las drogas. Me doy cuenta del cambio al visionar una película, percibo distancia incluso en los melodramas. Me resulta difícil disociar al actor del personaje. Al final no me conmueven y recurro a los diálogos para entender las gestualidades. Supongo que con esta perspectiva las cosas parecen menos graves y los resentimientos se atenúan. Las mañas de mi padre dejan de importar y me siento menos comprometido con los conflictos familiares. Todo se observa como a través de un caleidoscopio. El deseo sexual se hace manejable y sin duda deja de funcionar como disparador de emociones.

 

 

 

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