Mañana canta Gardel y estoy racionando las platas. Pagaré una de las tarjetas de
crédito y del resto ya me ocuparé en el futuro. En algún punto volveré a tener un
celular, es tiempo de reconectarse con el mundo de la literatura. Invité a Leonor al
lanzamiento de «El amor de los caracoles», el nuevo libro de Juan Mihovilovich.
Tengo ganas de leer sus textos existenciales, de recuerdos de infancia y de tiempos
pretéritos. La escritura de Juan siempre evoca emociones nobles del ser humano. En
una reseña leo que los caracoles carecen de cerebro, pero que eso no les impide
aparearse. Entiendo además que son hermafroditas, aunque lo que me intriga es que
carezcan de raciocinio. Si yo fuera caracol estaría perdido, la razón es lo único que
permite darle una explicación a mi existencia. En los brotes de esquizofrenia las
emociones pierden absoluto control y con frecuencia bifurco en otras
personalidades. Requiero del intelecto para escribir y tratar de explicar lo
inexplicable. Creo que de esta última crisis asomé como la antítesis de un caracol.
He meditado un montón para gobernar los impulsos, pero el brote de la enfermedad
fue más allá y quedé vacío. Es mucho más fácil conducir un vehículo convencional,
con una gama de emociones limitada. Como resultado tengo que lidiar con este
personaje que piensa cada aflicción, la intenta explicar, pero no la experimenta del
todo. Quizás parezca deshumanizador, pero en estas circunstancias es más bien un
alivio. Permite que no tiña las calles y los lugares con deseos incontrolables y eso es
el punto de partida para dejar atrás el pensamiento adictivo y en definitiva las
drogas. Me doy cuenta del cambio al visionar una película, percibo distancia incluso
en los melodramas. Me resulta difícil disociar al actor del personaje. Al final no me
conmueven y recurro a los diálogos para entender las gestualidades. Supongo que
con esta perspectiva las cosas parecen menos graves y los resentimientos se atenúan.
Las mañas de mi padre dejan de importar y me siento menos comprometido con los
conflictos familiares. Todo se observa como a través de un caleidoscopio. El deseo
sexual se hace manejable y sin duda deja de funcionar como disparador de
emociones.