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Aníbal Ricci Anduaga | Autores |











DÍA 129

Por Aníbal Ricci Anduaga

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Lo inútil me ha salvado durante todos estos años. Escribir es inútil porque los que te rodean lo refriegan a diario. No da de comer, dicen. Salvo para los artistas que venden miles de sus obras. Pero para otros hombres el trabajar diez horas diarias en algo que lo hace infeliz es algo útil y productivo. Permite alimentar a la familia para que los hijos estudien y ganen dinero para conformar nuevas familias. El ser humano no hubiera evolucionado sin esas arduas jornadas de caza, en búsqueda del alimento esencial. Yo estudié una profesión redituable, pero era tan desolador el día a día, sentía que no hacía nada por la especie. Escuchar a tu jefe dando instrucciones obvias es un insulto. Presionarte porque debe justificar su existencia y obligarte a llenar informes sin sentido para cumplir metas. No iba a ser un empresario porque desde siempre estuve enemistado con el dinero. En algún momento tuve un buen pasar, pero era desesperante jugar a la casita y escuchar tonterías en los asados. La perseverancia laboral es algo sobrevalorado. Haces cientos de cosas sin importancia y al final del día se supone que algo cambió para la empresa. Eso es una falacia, al menos para mí, una falta de imaginación que puede matarte en cuotas. Algo extraño hay en mi cerebro que me fascinan las cosas inútiles. Leer ficción, escribir libros extraños, ver películas hasta el amanecer. No tengo deseos de acostarme, aunque apenas pueda mantener los ojos abiertos. Duermo gracias a los somníferos porque mi cabeza quiere absorber más cosas que no sirven para nada. Llenar la memoria de instantes imaginados por artistas de otros tiempos. Leer a los amigos para entender sus mundos. No sé con qué objeto uno lee libros en estos tiempos de redes sociales. Me engancho con un filme de un autor y quiero abrazar su experiencia colectiva. Cuando muera no habrá diferencia si disfruté de «Naked» de Mike Leigh, de ritmo lento y ambiguo significado, o si preferí visionar «El halcón maltés» de Huston, de guion delirante, pero más bien porque recuerdo que fue la primera que proyectó Luis Cécérau en sus clases de estética. Cómo sabía de cine, me hizo leer a Bazin, el teórico de la nueva ola francesa. Quizás cuántas más películas vio en su vida y supongo que era feliz dictando su curso de apreciación cinematográfica. Tenía un parecido notable con el genio neoyorkino de Woody Allen y cierto desgano al hablar, pero sabía hacer relucir a esos antiguos filmes de cine negro. Si no fuera por esos momentos inútiles de llevar a la tumba, no podría haber mantenido la cordura. Apenas soy capaz de controlar mis emociones y compartir esos instantes de placer con otra alma. Simplemente ya es tarde, difícil es salir a la calle y no sucumbir ante una jarra de cerveza. Drogas para apagar la mente y después despertar meditando desde otro ángulo. Obvio que sirve dormir, un descanso para recomponer el alma y olvidar todos los errores del pasado y sobre todo los estragos de noches infernales. Parece inútil pensar a esta hora de la madrugada y escribir estas líneas es la única huella que puedo dejar. Quizás a nadie le importe, pero eso me rescató de la depresión y los fracasos. De la muerte temprana al saber que jamás sería un buen padre y que para mí la trascendencia no tiene que ver con los hijos, sino con cosas inútiles que me hacen disfrutar y no querer dormir para sacarle provecho a la noche. Es difícil detenerse y requiero embriagarme, una vez más, aunque el daño sea irreversible.

 

 

 

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