Cinco de la madrugada. La afección quizás provenga de una sífilis. Hace treinta
años el test arrojó positivo y la doble dosis de penicilina puso fin a los síntomas. Fui
diagnosticado de trastorno esquizoafectivo por muchos psiquiatras, aunque sospecho
que lo mío se trata de una demencia progresiva. He estado expuesto muchas veces
después de ese contagio y siempre el test arrojó negativo. Los movimientos
involuntarios son frecuentes y la molestia en la nariz cada vez más severa. Dificulta
la respiración y aumenta el deseo de aplacar la resequedad con cocaína. Supongo
que no transmito la bacteria a través de mi torrente sanguíneo. Eyaculo semen en
cada encuentro sexual y ninguna de mis parejas ha contraído alguna enfermedad.
Cuando adolescente encontraba extraño carecer de las emociones. Era frío como un
témpano, pero curiosamente una sensación de inseguridad fue instalándose con los
años. Prefería películas oscuras como Terciopelo Azul. Lo sexual siempre acaparó
mi atención y las enfermedades venéreas no tardaron en aparecer. Tuve muchas
mujeres durante el período universitario. Sentía pánico al rechazo e invariablemente
me pateaban al cabo de tres meses. Una maldición que culminó cuando conocí a una
estudiante de otra facultad. Me sedujo hasta que una infidelidad me destrozó el
corazón. Acusé recibo recién a los dos años de enterarme. Era hija de una psicóloga
y no pudo cargar con la culpa. El alivio reflejado en su rostro fue una pesadilla que
se repitió durante esos años. El corazón endureció y la vi llorar el día que acabó lo
nuestro. No la engañaba, simplemente desconfié de su actitud pragmática. Revisaba
los sucesos del día y hacía planes para el siguiente. La relación duró cinco años y se
convirtió en una flamante abogada. Tuve que renunciar al puesto de Ejecutivo de
Riesgo. El corazón dejó de latir y la ambición se fue al carajo. Vagué por las calles
en busca de sexo hasta que contraje sífilis. Una mujer oscura me rescató y a pesar
del sexo endemoniado jamás la contagié. Me engañaba con el padre de su hijo y un
buen día desapareció. Dejó su ropa en el clóset y la demencia escaló. Alojé a una
prostituta que se bebía las botellas de whisky que regalaban para Navidad. El nuevo
empleo fue en otra institución financiera. La mujer oscura me había iniciado en el
mundo de las drogas, donde la cocaína fue la invitada de piedra. Acudía a moteles,
dentro de mis clientes gestionaba la cuenta del famoso Hotel Valdivia. Vinieron los
transexuales y mi cabeza empezó a trastornarse. Los recogía en calle Providencia y
pese a los excesos, no volví a contraer otra enfermedad. El delirio de persecución me
tomó de rehén y tuve que huir al extranjero. Viaje por Sudamérica y terminé
asustado en hoteles mexicanos de mala muerte. Fui a dar a un lago donde los brujos
practicaban magia negra. El destino me condujo por esos parajes y los secuaces del
alcalde de San Miguel Tuxtla comenzaron a acosarme. Venía huyendo de Brasil y
luego de recorrer México de sur a norte busqué refugio en el Distrito Federal. En la
habitación de avenida Insurgentes perdí todo indicio de humanidad. Sospechaba de
la cocina del hotel, pero el terror impedía salir a la calle mientras por la ventana se
colaban los sonidos de la ciudad. Contactaba a gente aleatoria a través de larga
distancia. Quería desaparecer, pero la angustia se tornó inmanejable y la gente del
hotel pareció observarme con cierta compasión. Todos eran sospechosos en ese país
de mierda hasta que el psicoanálisis me trajo de vuelta a Chile. El psiquiatra hablaba
de forma impersonal e imponía reglas injustas. Con los años fui recuperando la
confianza en los otros seres humanos. Ya no les temía a mis progenitores, pese a que
mi padre siempre fue un déspota. Acudía a la consulta para contar películas que veía
semanalmente. El miedo de México se transformó al interior de las salas de cine.
Aprendí a interpretar emociones en medio de la oscuridad y supongo que la
demencia fue cediendo. Una ex colega iba a visitarme y tras varios años tuve sexo
otra vez. Conseguí empleo en mi alma mater y ascendí rápido. Dirigía a un montón
de personas que un mal día se volvieron en mi contra. Los rumores destrozaban mi
cerebro y apareció otra vez la depresión, las licencias y tuve ordenar un bolso
deportivo. Hasta que una noche abandoné a mi esposa sin previo aviso. Pernocté en
decenas de habitaciones de motel a lo largo del país. No eran tiempos de Internet ni
celulares inteligentes, tampoco era difícil evitar a la policía de las carreteras. Los
pórticos eran escasos y siempre había alternativas. Reuní efectivo de las tarjetas de
crédito y lo oculté bajo la rueda de repuesto. Respetaba las reglas de tránsito y nunca
me detuvieron. Iba a las plazas y buscaba cocaína. Me intoxiqué hasta perder el
sentido viendo pornografía. A veces deambulaba entre los árboles y no me
denunciaban a la policía. Cortaban el canal privado, pero esperaba el amanecer y
desaparecía acelerando por los caminos. Estacionaba en algún bosque del sur y subía
al capot del auto. La lluvia ocultaba pensamientos lujuriosos y preparaba mi cara de
póker al día siguiente. En Iquique no fueron tan benévolos y tuve que salir huyendo
a toda velocidad. Crucé la aduana a medianoche. Estaba oscuro y las barreras arriba.
Todo irracional. Un día regresé a la capital y la gente pareció entenderme. Dejé de
trabajar gracias a la esquizofrenia y cuando murió mi suegra no asistí al funeral.
Terminé en Viña del Mar y me drogué en los cerros de Valparaíso. Hallé refugio en
la localidad de Ventanas, una especie de pueblo con habitantes escondidos. No creía
el cuento de la contaminación y era un espléndido lugar para desaparecer del mapa.
Conseguía droga en Quintero y retorné a la ciudad jardín en estado delirante. Las
paredes hablaban y debía dormir durante el día. Los audífonos silenciaban las
noches, de los ruidos de la calle y del patio interior. El departamento tenía dos
habitaciones y reptaba debajo de los colchones. Temía que no funcionaran los
somníferos. Afuera la comunidad de habitantes de buenas costumbres. Abominables
criaturas que desplazaban las correderas y lanzaban agua mientras dormía. El sol los
protegía y transformaron el día en otro infierno. Quedó una tira de Quetiapina antes
de abrazar la locura. Permanezco despierto durante varios días y caigo rendido en la
segunda habitación. Desperté de noche con una araña hurgando mi nariz. Del patio
provenían voces inquisidoras que acallé otra vez con los audífonos. El sonido del
disco duro subía por el cable. Me acuclillé en un muro que no colindara con una
pared exterior. Perdí el sentido y desperté no sé cuanto tiempo después. Los pájaros
hacían ruido afuera con sus cantos. Saqué el bolso y lo llené de ropa. Lavé el rostro,
abrí la puerta y escapé entre los monstruos. El portón del condominio estaba abierto
y descendí hacia el plano de la ciudad. Atravesé las cuadras de avenida Libertad y
dejé atrás los travestis de las esquinas. Crucé el puente del Marga-Marga y desde la
plaza dirigí mis pasos hacia el rodoviario. Tenía un billete de diez lucas que utilicé
para comprar un pasaje a la capital, hacia esa urbe donde no podrían seguirme las
siniestras criaturas. Estoy en el mesón de la cocina y abro una botella de pisco. Sirvo
dos vasos mezclados con agua mineral. Subo las escaleras y una mujer hermosa
duerme al otro lado de la cama. Creo que volví abajo por otro trago. La habitación
está oscura y me coloco los pantalones. Despierto en un auto y unos tipos se burlan.
Voy recostado en el asiento trasero. Una puerta roja, el frío intenso. Recostado sobre
una mesa diviso algo parecido a una barra. No sé cómo, pero he injerido cocaína.
Conozco la sensación y por fin me han estabilizado en el hospital. Les digo mi
nombre y firmo un documento. Estoy en avenida Chacabuco y recorro las cuatro
avenidas. San Felipe ha quedado atrás y observo el agua bajo el puente. Me dirijo al
centro y la plaza está desierta. No hay habitantes y toco el timbre en un motel de
mala muerte. Al fin una persona, cancelo en efectivo por tres horas. Temo a la mujer
al otro lado de la cama. No quiero entrar a la casa, pido varias piscolas y una cerveza
de litro. La habitación es deprimente y caigo rendido. En Viña del Mar también
perdí el control. La misma mujer estaba a mi lado. Ahora siento que el daño es
infinito. Quizás tuve sexo, aunque no creo. Alcohol y drogas me tumbaron, pero a
las dos semanas regresa el miedo. Tuvimos sexo, en realidad ella me hizo el amor.
Ese orgasmo nos unió para siempre. Le confesé lo de la noche con el transexual.
Estuve insomne la noche entera. Abrían la puerta e ingresaban dos tipos para
acuchillarme. Ella observaba, pero la escena no fue así. De regreso en Santiago vino
la desintoxicación. Terror de haberla contagiado y de que alguna infección se alojara
en su corazón. Incapaz de corresponder su lealtad. Los asesinos nunca aparecieron
bajo el umbral y el día fue extrañísimo. Almorzamos hamburguesas con cerveza.
Ella mudó el rostro y volvimos a su casa. En el sillón comprendí que verme le daba
repulsión. Que el dolor la estaba matando. Le dije que regresaría a Santiago hasta
que pudiera estar conmigo. Los días transcurrieron entre recriminaciones. No quiero
verte nunca más, esto llegó hasta acá, fue su sentencia lapidaria. Días de silencio y
un esperado wasap. El chequeo para saber que el cáncer no ha vuelto. Pide la hora
para el sábado y viajará desde San Felipe. Espero temprano en una cafetería de calle
San Isidro. Cruza el umbral y la abrazo. He vuelto a nacer. Ella se ha encrespado el
pelo y luce cinco años más joven. Es tan hermosa que duele. Cruzamos la ciudad en
Metro y el oncólogo da buenas noticias. Debo reparar cada parte de su corazón.
Vamos al Apumanque por unos zapatos, recorremos una decena de tiendas. Los
besos cargados de pulsión sexual. Hacemos el amor caminando por las calles. Cada
beso hace doler los testículos. Pide un Aperol en el bar Normandie. No quiere
mentiras y le confieso el encuentro bizarro. Sexo con un transexual, que en realidad
es una mujer con pene. Describo tiritando de vergüenza. Prometo no beber una gota
de alcohol. Te amo y no quiero convertirme. No soy Freddie Mercury confesando a
Mary Austin. Amo de verdad y el dolor de mis testículos es la prueba. Descansamos
en la Plaza de la Aviación. Observa la escultura y desea estar en el lugar de arriba.
No quiere cargarme sobre sus hombros, pero no puede olvidar la traición. Le duele y
sin embargo nos besamos en el pasto. Quiero decirle esto, pero en ese instante no me
atrevo. La miro y estoy enamorado hasta las patas. A partir de hoy mi cuerpo será un
templo. No quiero otras emociones. El tuyo será un lugar de adoración. Surgen las
palabras y prometo no hacerle daño. Te lo juro, juro que seremos felices. Será un
pacto de silencio, de complicidad y otro día pasamos a buscar los resultados de la
biopsia. Hasta el fin de los días, esta mujer es de verdad. Arrendaré una casa en San
Felipe para estar muy cerca y compartir cada instante. Envío energía que aleja
cualquier rastro de quimioterapia. Hablamos por teléfono y disfrutamos de nuestros
cuerpos a través de la pantalla. El Año Nuevo prepararé un café cargado. Mi nueva
casa no tendrá cortinas y haremos el amor bajo la luna. Ya compraré una frazada,
pero eso ahora poco importa. Sale aliviada de la consulta de doctor. Por la tarde me
enseñarás la casa que has elegido. A unas pocas cuadras de la tuya será más fácil
respirar.