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Aníbal Ricci Anduaga | Autores |









LA MANO INVISIBLE

Por Aníbal Ricci

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Plena dictadura, 1982 arrasó con el experimento de los Chicago Boys. El dólar a 39 pesos contrajo las exportaciones y el país se llenó de productos importados. El biministro de la época permitió la quiebra de un banco y el resto de la banca quedó con deuda subordinada. Desempleo más allá de un 20% y una recesión que hundió el producto interno bruto. Padre y madre perdieron sus empleos y posteriormente sus ahorros. Comenzaron las protestas con mayor convocatoria tras cada año. El experimento neoliberal ya estaba enquistado, mayor crecimiento, invariabilidad tributaria y mayor inversión.

La distinción capitalista o socialista tiene que ver con la diferencia en el tamaño del estado.

Terrorismo de estado y muertes barbáricas siguieron en esa década. Las AFP crearon ahorro en base a cotizaciones. En las reparticiones públicas se invitó a que los trabajadores se inscribieran con vehemencia. En años de recesión se debió recurrir al programa de empleo mínimo para que la gente volviera a creer en el modelo.

La familia es el núcleo de la sociedad, sea socialista o capitalista. Una simplificación colosal podría distinguir un enfoque más solidario en la primera y más individualista en la visión capitalista.

Un padre almuerza con su esposa e hijos. Todos sentados a la mesa comiendo ensaladas y legumbres. No se habla de política y ambos padres recuperan sus empleos en el sector público. La pasaron mal durante la recesión y el jefe de familia impuso reglas arbitrarias. Un inspector de obra que los volvió a todos vegetarianos y les prohibió la penicilina.

A nivel país, en el socialismo es más frecuente escuchar conceptos como aranceles, expropiaciones, subsidios, banda de precios. En cambio, para los capitalistas será común hablar de bajos impuestos, precios determinados por oferta y demanda.

Pequeño dictador interesado en que sus hijos estudiaran en la universidad daba lo mismo la carrera porque cualquier trabajo era inútil. La mesa del comedor era enorme en esa casa de adobe y el padre hablaba de comida sana único tema que se permitía entre los comensales. Cada uno sentado en un puesto invariable para amortizar la atmósfera.

La familia estaría más protegida por un estado más robusto dentro del socialismo, con sindicatos fuertes, servicios públicos universales, bienes básicos con precios regulados y una elevada base impositiva acorde al nivel de prestaciones, en el futuro los denominarán derechos sociales.

Para el capitalismo, en cambio, lo importante es que los distintos mercados estén en equilibrio, que exista suficiente oferta (competidores) y demanda (consumidores) para que el sistema de precios asigne correctamente la inversión y bienes de las empresas.

La diferencia entre un animal y un ser humano es su neocórtex, la capacidad de razonar que se expresa a través del libre albedrío, su capacidad de decisión.

En el socialismo, el estado tenderá a elegir por el individuo y en el capitalismo la elección será individual. Los precios reflejarán demanda por gustos y también el grado de escasez del bien.

En la dictadura de los años 70 el televisor era un Antú blanco y negro de 12 pulgadas. Los hijos dormían en el mismo cuarto y el espacio desprovisto de muebles. En un rincón, una radio hechiza con un parlante deficiente.

Por lo general, en el socialismo habrá bienes más acotados y esenciales, en cambio en el capitalismo tiende a existir una mayor cantidad de bienes y de marcas.

El único televisor ubicado en el dormitorio de los padres ahora era un JVC en colores de 14 pulgadas. Observaron los primeros westerns y los domingos del Jappening con Ja. Pepito TV y el señor Zañartu. Nuevos sillones, comedor separado del living y un rack de música de componentes. Receiver, doble deck, amplificador, incluso parlantes surround.

Un sistema será más solidario que el otro. En estados socialistas no autoritarios es probable que los bienes sociales protejan mejor a las familias, pero en regímenes autoritarios suele sacrificarse parte de la libertad individual.

En la dictadura de los 80 el hijo becado en el colegio. El padre compra un Chevette y la beca de pierde. La ceremonia de los almuerzos sin cambios, ahora se habla de prueba de aptitud académica aparte de los platos vegetarianos. Le va bien en matemáticas, entonces ingeniería. Le gusta Iron Maiden y Charly García, pero la música no es una profesión.

En el libre mercado, la publicidad será un elemento distorsionador del sistema de precios y creará necesidades arbitrarias menos comunes en el sistema socialista.

Antes de la recesión el hijo usaba camisas chinas, pantalones de cotelé y las zapatillas eran North Star. La nueva propaganda de la televisión. Sus compañeros usan ropa de marca, roba billetes de la cartera y se compra unas Puma, unos Levis y un sweater Ferouch.

En el capitalismo, la publicidad no suele orientarse al bien común, sino al individuo. Busca satisfacer necesidades del consumidor. Décadas atrás la publicidad se guiaba por modas de grupos privilegiados, era social y aspiracional, en cambio, con la irrupción de Internet y las redes sociales, la publicidad es dirigida en forma personal de acuerdo a las preferencias individuales y del algoritmo.

Internet existe tanto para socialistas como capitalistas, con distintos grados de control por parte del estado. Pero el capitalismo exacerba lo individual, la decisión egoísta en algún grado y las redes sociales lo refuerzan.

Los nacidos en los 2000 pasan cada vez más tiempo conectados a redes sociales y se rodean de amigos digitales. El otro ya no es necesario y cada persona ocupa el dormitorio como reducto inexpugnable.

Este individualismo suele ser no solidario y busca satisfacer necesidades personales.

Las familias se reunirán en torno a la mesa durante los almuerzos, en ambos sistemas, pero la familia capitalista valorará a sus miembros, o tenderá a hacerlo, de forma económica, expresada en términos de riqueza.

Al hijo ya no le interesan las matemáticas, prefiere las ciencias sociales y su novia estudia castellano. Ahora escribe cuentos y una novela eternamente inconclusa. Ya no es el preferido porque habla de Kafka y Dostoievski. El padre lo obligó a estudiar ingeniería, nunca le permitió sentarse en otro puesto.

Una familia capitalista abrazará la diversidad siempre y cuando sus integrantes demuestren sustento económico. Estará bien que un hijo sea abogado, otro ingeniero, otro médico. En menor grado si es un profesor con menos ingresos. Menos importante dentro de ese núcleo familiar será un artista, un técnico, porque dicha sociedad capitalista no les asigna valor a esos oficios.

Esta medición en términos económicos atenta directamente a la diversidad, sea esta ocupacional, sexual, racial. La hija estudiará cocina internacional, pero la obligarán a inscribirse en relaciones públicas, carrera técnica, pero con futuro en el aparato estatal.

El sistema capitalista abraza muchas disciplinas diferentes, pero discrimina por ingresos. No le interesa tanto que las personas hagan bien su trabajo, sino que las mide por su éxito, donde la derivada principal no será de reputación o prestigio, sino abiertamente el nivel económico.

En un sistema socialista habrá mayor aceptación de músicos, profesores o escritores, dicha sociedad no tenderá a aplastarlos ni medirlos a través de sus bienes materiales, sean casas lujosas, autos y un etcétera más abundante en países capitalistas.

La sociedad del cansancio, que plantea Byung-Chul Han, es aquella en que la individualidad atenta contra nosotros mismos y nos hace caer en depresión.

El capitalismo se exacerba a través de las redes sociales, soy yo el que me satisfago, no necesito del otro, cancelo al otro que piensa distinto.

El algoritmo detecta nuestras preferencias, dirige la publicidad. El consumidor que no obtiene ingresos que lo califiquen de exitoso cae en un estado depresivo, no puede satisfacer las necesidades que le impone la comparación con sus amigos digitales.

Persiste la imagen de la mesa de comedor de dimensiones exageradas, con sillas enormes y puestos designados por el jefe de familia que desea que los hijos sean otros profesionales homogéneos, no le importan sus intereses o que persigan ser auténticos.

La libertad de elegir del sistema capitalista se extingue con la existencia del algoritmo.

Al padre le seduce el concepto convencional de una familia que se escuda en una vida social inconducente. No interesa que aprovechen sus vidas, sino esa pseudo felicidad de una familia de padres e hijos que ojalá sean clones de sus padres.

Para el hijo, la dictadura no sólo fue un período en que se violaron los derechos humanos, sino vivenciar como el régimen generó pequeños dictadores al amparo de un libre mercado despiadado que jamás toleró las diferencias.

Quizás bajo otro sistema más solidario, el hijo se habría sentado en otro puesto o se habría levantado de la mesa para alejarse de esa familia.

Elegir es perseguir ser un auténtico ser humano.

 

 

 

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