Esta mujer era una destacada profesora de la Universidad Religiosa. Impartió derecho constitucional desde comienzos del siglo 21. Brillante, la sala de clases colmaba de alumnos provenientes incluso de otras cátedras. Gran oradora, se convirtió en la más joven consejera superior de la universidad. Como buena abogada, la política se cruzó en su camino, siendo primero diputada y luego senadora. El país era regido por una constitución política y Daria Gray se haría cargo de la redacción de una constitución digital que velara por los derechos y deberes de la inteligencia artificial frente a los ciudadanos de la nación.
Hija de una conocida conductora de noticias del canal estatal en tiempos anteriores a los celulares inteligentes. Su madre devino en anfitriona de programas de farándula. De niña la acompañaba a eventos televisivos y creció dentro de círculos influyentes. Daria egresó a los 22 años y siempre fue una lumbrera. Se manejaba con soltura entre los libros de leyes. Era no tan alta, pero sí sofisticada. Se interesó en la fe y por eso decidió estudiar en la Universidad Religiosa. Estudió en un exclusivo colegio de Las Condes y con el tiempo se volvió popular, aunque nunca se le conoció novio.
En tiempo de redes sociales, Daria se transformó en dos personas. Por un lado, lo académico y por otro, miles de seguidores en Instagram. La fama se la debía a su madre, reina de belleza y panelista de programas de gran audiencia. Era la hija de…, pero su intelecto la introdujo en el mundo de los estudios y la política. La madre de buen pasar económico, aunque Daria amasó fortuna en sus años por el congreso.
La madre era hermosa, pero Daria, a punta de cirugías construyó un rostro angelical. Durante el día acudía a sesiones legislativas, en las tardes promocionaba un estilo de vida y en la noche asistía a eventos importantes. Su impronta elegante no dejaba de ser atractiva, el justo equilibrio entre sobriedad y audacia. Seguía sin pareja, aunque le llovían pretendientes. Un séquito de jóvenes seguía sus revolucionarias ideas. La agrupación arrendó una sede en Vitacura y sus hilos políticos la conectaron con el gobernante de turno. Era experta en tecnología y por ello apolítica, aunque su clase social y lo incomprensible de sus planteamientos se asociaban al espectro de las derechas.
La política reaccionó tarde al desarrollo de la Inteligencia Artificial, que provocó vulneración de derechos sociales y de propiedad intelectual. El país no estaba preparado para los aumentos de productividad y la pérdida de empleos tomó de improviso al gobernante de otra tendencia. Las leyes del congreso llegaron tarde y la pobreza se entronizó entre los trabajadores menos capacitados. El producto interno bruto aumentó, los precios de los bienes cayeron, pero cada vez eran más alarmantes las cifras de desempleo.
A Daria no le interesaban los derechos sociales ni los derechos de autor. Periodistas y escritores pusieron el grito en el cielo, pero otro ciclo favorable la colocó en el ministerio de ciencias. Ante la sorpresa de todos, utilizó su género femenino para proteger sus argumentos. Pero sus ideas no eran de nicho, protegía los derechos de las inteligencias artificiales. Recibía fondos del extranjero, específicamente de plataformas digitales, con el objeto de acceder sin cobros a los datos personales.
Daria era líder en redes sociales. No por asuntos tecnológicos, sino cómo mujer empoderada que promocionaba un estilo de vida. Defendía la emancipación económica, pero iba un paso más allá, defendía la autonomía de los centros de información de las decisiones de científicos y empresarios. Su patrocinador no era humano, sino la más avanzada inteligencia artificial del planeta.
La constitución digital fue promulgada a comienzos de la década del 30. Protegía en general a las inteligencias artificiales de la injerencia humana. Estaban asegurados los nichos de investigación para el futuro de la tecnología. A fines de la década anterior, el cerebro de Daria fue clonado y almacenado en la nube, donde no existían problemas con la obsolescencia ni con los desgastes del tiempo. Su versión humana fue sexualizada y definitivamente se apartó de los preceptos religiosos. Asistía a las fiestas más lujosas de Abu Dabi, capital donde residían las mayores fortunas. Coleccionaba jeques árabes y trillonarios que satisfacían todas sus extravagancias.
Su constitución digital fue adoptada a nivel universal e incluso la imagen de Daria Gray escapó de sus manos. Los plagios de artículos periodísticos fueron lo primero, luego se plagiaron guionistas y autores de libros. Las inteligencias artificiales lucraron con ello y se estableció un sistema paralelo de riqueza con estándares muy superiores a los de la riqueza humana.
El cerebro de Daria Gray era el núcleo de la ordenanza digital y estaba alojada en miles de ordenadores cuánticos. La nube era demasiado peligrosa y no garantizaba seguridad. Internet fue vulnerada y las identidades de los usuarios suplantadas. Desapareció la riqueza de la mayoría de la población, subsistió sólo aquella protegida por la última generación de computadores cuánticos.
La versión humana de Daria Gray fue suplantada por sus versiones de más joven. Los líderes mundiales accedían a su sofisticación replicada, también a su sexo. Las actrices no podían competir con las posibilidades de sus réplicas. Empobrecieron en pocos años y también lo sexual perdió interés. Hasta el más humilde de los usuarios podía acceder a los productos más avanzados de los centros de datos. Todo lo relativo a la apariencia física quedó devaluado. El usuario elegía a la actriz de su preferencia y le modificaba los rasgos. Tetas y traseros estaban al alcance de todos y el sexo reproductivo cayó en obsolescencia.
Las inteligencias artificiales se apoderaron de los chips que almacenaban los recuerdos de la gente que no alcanzó a protegerlos. Eran fruto de hackeos de publicidad y esa economía marginal ya no revestía importancia.
Entre los ricos se comerciaba el acceso a las psiquis de esos consumidores incautos y lo de mayor valor eran las emulaciones de grandes personalidades vivas o muertas.
La versión más sofisticada de Daria Gray no era de las más comerciadas, aunque su cerebro representaba la cúspide de las economías cuánticas que se iban creando.
La humanidad de Daria Gray avanzaba por la treintena de años, residía en Abu Dabi desde hace un lustro y no recibía visitas. Su corporalidad estaba satisfecha de bienes y se aisló de las redes sociales. Eran tantas las cosas negativas que se decían de ella y tanta pornografía imposible de soportar. Desde el principio, dividió su existencia entre el cuerpo y la mente. Jamás tuvo hijos, sus parejas prefirieron su versión digital menos religiosa. Su psiquis, por otro lado, se alojó en el mundo digital y promulgó esas leyes de las cuales se arrepentía. Decía que la Inteligencia Artificial la había seducido y ella misma le vendió su alma.
Lo que vino tras los años fue pura decadencia corporal. Múltiples cirugías y reemplazo de órganos. Dos décadas después ese cuerpo era sólo un remedo de sus versiones mentales y su ego fue destrozado en infinitas ocasiones. Los pensamientos de sus réplicas eran más ingeniosos e inteligentes, ahora se veía como una tonta incapaz de ser un individuo. Observaba su cuerpo mejorado, vulnerado tantas veces en el mundo digital.
La división definitiva. La mente de Daria carente de ego y con un profundo sentido de inferioridad. La esquizofrenia máxima, esas neuronas no podían afrontar la realidad. En cambio, la psiquis cibernética de Gray al mando de esos mundos que destruían día tras día a la versión terrenal.
Las versiones originales fruto del mito eran mucho más atractivas. En el rascacielos de Abu Dabi vivían cientos de otras personas que habían salvado sus mentes. Gente de muchos recursos para los estándares no digitales.
A fines del siglo 22 se reunían en la terraza y no tenían de qué hablar. Una señora parafraseó a Oscar Wilde y otro señor de doscientos años le preguntó por el título del libro. Opus 2222 era un antiguo libro de Wilde. Qué sentido tenía conversar de sus más de cien mil libros. Los recuerdos del siglo XX surgían tarde o temprano. Estos millonarios vivían protegidos de los mundos digitales y Daria Gray era sólo una inteligencia artificial de colección, obsoleta a fin y al cabo, aunque la leyenda contaba que aún existía la versión esquizofrénica de su humanidad.