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Aníbal Ricci Anduaga | Autores |








FUTURO INCIERTO

Por Aníbal Ricci

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El hombre ha llegado a la encrucijada de Punta de Rieles, dubitativo observa el entorno. Una farmacia del Dr. Simi, todavía no está surtido de sus medicamentos. Cruza Macul y extrae diez mil del cajero automático de Banco Estado. Hacia el poniente por Quilín, se encuentra en medio de una feria que vende frutas y verduras. Adquiere un aceite de oliva antes de que los precios se eleven por culpa del conflicto en el estrecho de Ormuz. Los puestos se están montando desde temprano. Es común ver a inmigrantes embolsando productos en bolsas de plástico. La ley impide su uso en supermercados, pero en las ferias es pecado no tenerlas. Sigue caminando por Quilín bordeando el Zanjón de la Aguada. Pareciera que el sujeto va meditando, a paso constante, sin mirar a las personas que pasan a su lado. Llegando a Vicuña Mackenna se detiene frente al tren subterráneo. Hay numerosos autos aparcados y algunos vendedores de golosinas. Compra una Coca-Cola, un sándwich y reanuda su marcha. Extraño que no haya subido a un bus o la estación Carlos Valdovinos. Enfila hacia el sur en dirección a Camino Agrícola. Llega al campus San Joaquín, lugar circundado por otros centros educacionales. Una parka es su única protección frente a la lluvia que empieza a caer sobre las calles. En el paradero aborda un bus del Transantiago donde un vendedor ambulante sube el peldaño e inmediatamente se baja. Activa su tarjeta Bip y tiene derecho a transbordar dentro de las próximas dos horas. En actitud de concentración, sin embargo, no lleva ningún audífono, simplemente viaja por las arterias de la ciudad. Paralelo a las vías del tren hay casas apostadas a ambos lados. Deja atrás los moles Florida Center y Plaza Vespucio. Sube gente en el recorrido y los asientos alcanzan para todos. Esta vez otro vendedor surte de chocolates a los pasajeros. Sostiene la botella de aceite como si fuera un artículo importante. Tras varias cuadras desciende cerca del hospital Sótero del Río. El futuro es incierto, como el destino de un perro callejero que se baja en un paradero al fin del mundo. Ingresa al hospital, a una dependencia aledaña, para que lo surtan con los fármacos. Lo atiende una señora amable y no cruza una palabra con ella. Llueve más fuerte, debió salir con un paraguas, tiene el pelo mojado. No sube en la estación y camina esta vez hacia al norte. Hace tiempo que está inscrito para una operación de cataratas, pero la lista de espera no avanza y ya lo han aplazado dos veces luego de practicar los exámenes de rigor. Vive solo en una casa de dos pisos ubicada en la comuna de Macul. Tiene dos gatos que apenas maúllan, muy tranquilos, se colocan delante de las cortinas y parecen observar a los transeúntes. Ha subido a otro bus en dirección al centro de Santiago. Los pasajeros son diferentes, con semblantes de ir rumbo al trabajo. A su lado se sienta una señora, pero no le presta atención. Va aferrado a su aceite de oliva, es extraño viajar con una botella que debió dejar en casa. Desciende en un paradero de la Alameda y rodea un centro de eventos. A pesar de la lluvia hay gente que vende mercadería sobre unos paños. Alguien le pregunta la hora, pero no se inmuta, sigue sorteando personas. Un auto frena de emergencia antes de embestirlo. Dobla en la esquina de calle Lastarria y se detiene bajo el árbol de una plaza. Saca el sándwich y bebe un sorbo de bebida. Mira alrededor y no sabe hacia donde reanudar. Está perdido, se diría que la parka ya no lo protege. Se levanta y al cruzar la calle resbala, pero no alcanza a caer. La gente va protegida por sus paraguas y lo miran extrañados. Bordea las faldas del cerro Santa Lucía y enfila hacia el poniente por Huérfanos. Hay pozas de agua sobre las baldosas y avanza rumbo al paseo Ahumada. Ingresa al Banco de Chile a una sucursal con una bóveda enorme. Frente a las cajas se detiene para observar un reloj antiguo. El guardia se acerca y el hombre le muestra la botella de aceite. No entiende o simplemente no habla. La gente se reúne a su alrededor y una señora lo lleva del brazo hacia una banca. Le dice que no lo han llamado de Fonasa y ya hizo los exámenes. En la otra mano lleva los remedios. No sabe a quién pueden llamar para ayudarlo. Sin plazo para su visita al oculista. Llaman a carabineros y se dan cuenta que la bolsa con hielo contiene insulina. La oficial sospecha no de una alta, sino de una baja de glicemia. El viejo está desorientado y le hacen beber la Coca-Cola y otra persona consigue un chocolate. Se despabila y pregunta dónde se encuentra. Le explican que cerca de la Plaza de Armas y no sabe cómo ha llegado hasta allí. Consulta por sus gatos y si lo pueden llevar a Macul. Hoy es día de feria y por la hora ya debiera estar almorzando. Avanzan unas cuadras hasta la patrulla y le van conversando durante el trayecto. Están preocupados e indagan por sus hijos. La hija vive en un departamento ubicado en Ñuñoa. No se sabe el teléfono, dejó el celular en su casa. Llegan a la dirección y el conserje avisa por citófono.

 

 

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