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Aníbal Ricci Anduaga | Autores |











DÍA 130

Por Aníbal Ricci Anduaga


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Las religiones suelen dar un significado a la muerte. «Dios se la llevó antes por su inocencia», «Su alma se fue al cielo», «Dios no te impondrá más carga de la que puedas soportar», son frases que el sacerdote declama en el altar y que los feligreses terminan creyendo de tanto escucharlas. «Vendrá el Juicio Final y Dios nos resucitará de entre los muertos», la sola idea de resurrección permite inocular fanatismos en mentes ignorantes que repetirán esas frases con fe ciega y se transformarán en seres extraviados que no le dan a la muerte un sentido real. Un adolescente da muerte a otra persona, su padre le enseñó a solucionar lo importante con violencia. El padre luchó en la guerra, probablemente en el nombre de Dios. La religión puede llegar al extremo de justificar esa violencia y es capaz de perdonar y trivializar un acto tan definitivo como quitar la vida de otra persona. Nunca tuvo otra opción y mientras huye del pueblo haciendo autostop, se encuentra con una pareja de lunáticos asesinos, de nuevo no tiene opción y siente que debe volver al pueblo de su infancia y enterrar los huesos de su perro, darle cristiana sepultura, de alguna manera está siendo supersticioso por no haberlo hecho antes. Los entierra junto a una Luger con la que ha asesinado y pareciera que esos despojos, esa mezcla entre el arma y esqueleto, podría ser la base de una nueva religión. Los eventos de la vida pueden simbolizarse como un viaje de carretera. Cuando sucede algo importante, siempre puedes volver al camino y detener a otro automóvil para recomponer el destino. Las muertes se suceden una tras otra en una suerte de danza macabra que eslabona a todos los habitantes del pueblo, una suerte de ajuste demográfico en nombre de Dios. La muerte va perdiendo importancia y pareciera que estos seres sólo viven para ser asesinados. Dios diría «Amaos los unos a los otros», pero estos pobladores fanáticos le han dado a la religión la connotación de «Mataos los unos a los otros». La ignorancia es caldo de cultivo para las religiones, pero esa mezcla perniciosa resultará en nuevas muertes. Un automovilista lo llevará a otra ciudad, descansa por fin, mientras en las noticias el presidente Lyndon Johnson llama a los ciudadanos estadounidenses a luchar contra los comunistas de Vietnam del Sur. Enarbola ideas superiores de un Dios que no permitirá que esos infieles venzan a sus ideales patrióticos, un discurso que mezcla religión con nacionalismo y que podría tener cabida en la cabeza de este adolescente. La religión banaliza a la muerte, le impide alertarnos de nuestras vidas finitas. La muerte da significado a nuestros sacrificios, para Sísifo es la fuerza que nos hará volver a empujar la roca hasta la cima en búsqueda de nuevos logros. El miedo a morir hará que nuestro tránsito pueda resultar en algo superior, que las decisiones contra el tiempo tengan un propósito trascendente.

 

 

 

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