El libro se lee en medio de una tormenta en alta mar. Un thriller perfecto, hay un esbozo de muchas vidas arrancadas, aunque no tantas muertes, es extraño, en esta novela los muertos están vivos, han sobrevivido inmensas olas destructoras y de alguna forma se las arreglaron para subsistir.
Hay muertes, la vida es despojada de formas aberrantes, durante los toques de queda, Mario Celestino supuestamente apuñaló a una jipi, lo juzgaron. Este hombre es el padre de Isa, Felisa Bórquez que se educó en un orfanato.
A los cinco años la niña se salvó de la muerte, Severina hizo la llamada desde La Casa, observó despavorida como la madre la arrastraba hacia el río. Hay vasos comunicantes, una caja robada a una futura depredadora, la chica proviene del Sename y no tuvo la suerte de Felisa. La casa de las arañas, se lee en la caja de fósforos. Luego de veinte años La casa… ahora es … de las arañas. Isa anda en busca de Max (ya sabremos de sus actos) y Severina reconoce a Isa y la conduce a su destino.

Nicolás Poblete Pardo
Los personajes son demoledores, fuerzas de la naturaleza en ambos lados de la balanza, hay bondad, pero también infinita maldad. Vidas que no fueron engendradas con amor, algunas han intentado explicar el origen del mal y otras lo abrazan sin culpas.
Existe una Casa de Piedra en las cercanías, allí se tortura, se viola y la gente muere o desaparece. Todos los habitantes del Cajón del Maipo lo saben. Escuchan desde sus radios a pilas los horarios de restricción, la muerte se esconde en esos toques de queda. En la novela hay pocas muertes… de las oficiales, porque tras la música del dial, esa que da esperanza, girando la perilla se silencian las balizas y los balazos, las ráfagas de metralleta y los helicópteros.
Dos escenarios temporales, uno durante la dictadura y otro en democracia. Lo mercantil, el negocio de la venta de bebés, encontrará nuevos rubros turbios durante la transición, el mal ya se enquistó en esos años oprobiosos.
Las acciones transcurren en este vasto océano llamado Chile, la prosa de Nicolás Poblete brota demencial, desde el pasado viaja al futuro y viceversa, la narración en segunda persona, luego en tercera, en primera cuando es necesario y la segunda vuelve siempre en la voz de Severina. Una marea incesante donde las locaciones son nítidas, las anécdotas, donde la historia estalla incontenible hacia el cuarto capítulo, las palabras hieren y los espejos resultan múltiples.
Muchas interpretaciones para el lector, de pronto la belleza y precisión del lenguaje detiene el tiempo, luego lo suelta, la marea incesante, el eterno retorno de una tormenta.
Es un perfecto thriller. Los personajes saben menos que el lector, otras veces van adelantados, se mantiene el suspenso y algunos giros son realmente inesperados.
Algo atrapa al lector que intuye lo que vendrá al final, el secreto mejor guardado, pero el camino posee muchas curvas y este pequeño infierno va encajando sus piezas.
Los mejores thrillers tienen mucho suspenso y La casa de las arañas lo maneja de forma envidiable. Nicolás Poblete ya nos ha sumergido en sus atmósferas asfixiantes, Corral ejemplo de ello. Las escenas dibujan nítidas imágenes y cada una propone una textura atmosférica particular, el autor coloca primera y se salta cambios, regula las intensidades, a ratos el agua brota libre del caño y el lector desaparece entre palabras, absorbido por la tormenta.
Esta novela provoca lo que pocos thrillers. Pasajes esenciales están insinuados desde un comienzo, quedan suspendidos en el subconsciente del lector. Severina desaparece y muchos capítulos después la escena nos está esperando.
Nicolás Poblete nos hace sufrir, los medios justifican el fin, la maestría para llegar a ese punto en que las páginas vuelan y el clímax promete ser cada vez más complejo.
Abraham debía sacrificar a su hijo Isaac para demostrar su obediencia a Dios. No matarás, un mandamiento sagrado que se puede obviar si es Dios mismo el que da la orden. Dará el ejemplo más adelante y sacrificará a su propio hijo para salvar a la humanidad. Esa simpleza de discurso, o profundidad para otros, ronda por la cabeza de Faustina, profesora exonerada de un colegio que pretendía la supresión de la asignatura de religión. Encuentra consuelo al estar cesante, en sus neuronas habitan rezos, el odio a su hombre, el único hombre que no obedece a su serpiente es Cristo. Ha desconectado el cable del teléfono porque el único llamado que importa es el del Creador, regresa de una noche de farra donde al parecer la han violado, limpia los vestigios frente al espejo y en el umbral se asoma su hija Felisa. La niña deberá escuchar discursos incoherentes llenos de fanatismo, mientras su madre recuerda a su profesor del Opus Dei, le dice cabra de mierda, muchas veces “mierda”, un vocablo hábilmente instalado por otro agresor, una mujer de nombre masculino, Max, ya en democracia este abusador sexual la avasalla, mezcla de miedo y placer. Faustina sufre porque su hija es mujer y deberá pagar por el pecado original, los hombres las han condenado, pero ahora a su hija le atrae una fémina, el placer no es para engendrar un hijo, en la mente de la niña toda esa religión reacomodó sus preceptos, ya nada tiene importancia, veinte años después es ayudante de criminología, ha teorizado acerca del mal, estudiado el genotipo de los homicidas. Max la ha violado salvajemente en ausencia de miembro masculino. La almohada húmeda con su propia sangre, recuerda la sangre de su madre en esa noche de toque de queda en San José de Maipo. Faustina creía que el golpe de estado era un castigo de Dios, la respuesta al marxismo-leninismo que intentó silenciarlo. El país deberá sufrir esta especie de parto, doloroso, cualquiera que se junte con los sospechosos del antiguo gobierno deberá pagar las consecuencias. El padre de Felisa vagando entre clandestinos y peñas, como tantos otros hombres que esgrimían la excusa perfecta para no llegar a casa. Nicolás Poblete vislumbra a Chile como el lugar donde un fervor uniformado pretendió instaurar el orden, el silencio de esas horas de toque de queda, un balazo destinado al que no esté de acuerdo. Un orden tan arbitrario como cualquier religión. Faustina no es Abraham, ni siquiera es hombre, pero el nuevo régimen ha trastocado el ritual, ahora es una mujer la que intentará sacrificar a su propia hija, algo no funciona bien en su cabeza, cabra de mierda seguido de un cariñoso abrazo. La niña de cinco años no se atreve a contradecir a su madre, durante el golpe nadie pudo hacerlo, ni siquiera se atreve a ir al baño a orinar, el baño es un campo de batalla, sobre el lavatorio el espejo refleja las múltiples personalidades de Faustina. Está amaneciendo y sube al auto a su hija descalza, se dirige a La Casa, el local de la directora del colegio, la que abandonó a su hija Severina para huir con otro hombre, para cruzar hacia otro país huyendo de la dictadura.
Estas hijas crecerán sin padres, deben sobrevivir de algún modo, mientras otros niños son arrebatados de sus vientres. Severina será expulsada del hospital después de parir, esa guagua quedó huérfana, les espera otro destino fuera del territorio, una transacción comercial de los tiempos del mercado que se avecina.
Una lesbiana en esos tiempos de rígida moral, le acaban de extraer a la recién nacida y aparece Faustina conduciendo su Renoleta, una loca de atar que va a sacrificar a su cabra chica.
Severina no se recupera del dolor y viene ese otro parto ajeno, más que partos los presiente como abortos encadenados. Las ofrendas de los gatos, más cadáveres, esos ojos que son testigos del juicio final. La mujer avisará a la policía para evitar ese sacrificio. Salvará a Felisa que estudiará los homicidios del futuro basándose en el ADN. En el pasado hallará las respuestas. Será rescatada de las aguas del río y veinte años después entenderá su propio destino.
Hay algo de índole bíblico en la novela, las historias nunca terminan de ocurrir, se replican hacia el futuro en un eterno retorno.
El sexo se muestra brutal, no es sinónimo de amor. Severina es lesbiana y el padre de Felisa será su primera relación. Queda embarazada, pero en esta novela el sexo no genera hijos. Unas monjas le arrancan el bebé de sus entrañas. Ella no amaba a Mario Celestino y tampoco podrá brindar cuidados maternos.
Max (en realidad Marcela) conoce a Severina. Esta última no sospecha de la brutalidad con que ha actuado Max frente a Isa. La novela todavía no devela el porqué de ese encuentro fortuito, la causa y el efecto quedan para las últimas páginas. Ese primer contacto lésbico, para Isa es sinónimo de dolor y de placer, al mismo tiempo se dejó llevar y perdió dignidad. Es difícil encontrar afecto, más bien lo percibe como un acto de odio.
Isa fue violentada por una delincuente y ella justamente estudia sus prontuarios. Por su cabeza ronda la idea de un padre homicida, quizás eso se hereda. No sabe cuál será la reacción al volver a confrontar a Max.
En la localidad de El Volcán vendrá la erupción final, el clímax, el momento de la tormenta donde se abren los cofres y salen a la luz los horrores de la dictadura. Los hijos de los detenidos desaparecidos y aquellos otros arrancados por mujeres religiosas, recién nacidos destinados a ser comercializados en países europeos.
Lo bíblico de nuevo. Todas las historias confluyen como un árbol genealógico al revés, retrocediendo a los tiempos en que los hijos procrearon con sus padres, al principio todo respondía a ese instinto reptiliano.
Ese punto donde el bien y el mal convergen. Isa creerá ser capaz de la venganza, no podrá resistirse a sus genes, pero en ese vórtice los personajes se enfrentarán a otras verdades, al país de los huérfanos que encontraron cariño en el lugar menos pensado y eso los salvó de la barbarie.
Max e Isa se educaron distinto, los genes no fueron determinantes, una supuesta delincuente y por otro lado una académica.
La violencia obra sobre la genética, la altera y la deforma, surgen mutaciones emocionales, personas poco interesadas en la procreación, sino en satisfacer instintos primitivos.
El horror de la dictadura, la mano invisible y despiadada del mercado, el Sename ahora se llama Mejor Niñez y sigue siendo una escuela delictual, el lugar donde se forjan relaciones poco convencionales.
Cualquiera puede ser un asesino en esas circunstancias.