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Aníbal Ricci Anduaga | Autores |








DÍA 136

Por Aníbal Ricci Anduaga


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Medito dos horas para aplacar las emociones, pero cuando hago consciente el pasado surgen pensamientos que creí haber dejado atrás. Mi padre no se ha sentido bien y la semana anterior andaba extraño. Somos los peores hijos y sus nietos tampoco tienen criterio. Recuerdo cuando mi padre vivía en Viña del Mar, la última vez que lo fui a visitar. Siempre dueño de la razón, aunque con los años su discurso se fue agudizando. Odiaba ir a Viña, ese departamento maldito. Me esperó en el café Anayak donde pido unos huevos a la copa. Me sentía cansado, detesto cuando asegura que vivirá ciento veinte años. Hablaba horas por el teléfono para desplegar monólogos acerca de su buena salud y que los demás ojalá mueran de cáncer. Esa vez estaba un poco mejor, quizás menos resentido. De algo que sirva ir a verlo, quiero que acabe con la violencia, por lo menos que se salven mis sobrinos. Viví en ese departamento durante dos años y tuve que huir a Horcón. Caminaba todos los días a Ventanas y ese aire contaminado era preferible a compartir el techo con mi progenitor. No sólo eran sus palabras, el ruido de las calderas no me dejaba dormir. Voces implacables que impedían salir a la calle. Despertaba con arañas en la cara, de verdad no podía dormir. Descansaba durante el día y veía películas por las noches. De los audífonos surgían otras voces y tuve que bajar el volumen del computador. Ponerlo en silencio para que no se colaran esas recriminaciones de la infancia. Cuando todos alrededor se ponen en tu contra el mundo se vuelve un infierno. Fueron horas hablando con mi padre y estoy cansado. A las nueve en punto ingiero los somníferos. Tengo demasiado miedo en este cuarto, debí almorzar y volver de inmediato a Santiago. Necesito dormir quince horas y levantarme cuando el departamento esté deshabitado. Tengo miedo a la gente de este condominio. Despierto a mediodía y consulto la hora. Quiero almorzar y dejar lo antes posible la ciudad. Voy caminando por calle Quillota, una zona muy parecida a Diez de Julio. Hay comercio ambulante, pero menos que en Santiago. Viña es sinónimo de sexo callejero. Conozco sus calles nocturnas y en Libertad han cerrado el Homero. Es extraño, pero mientras peor está la economía los lugares para comer crecen como callampas. Supongo que el lavado de dinero se apoderó de este balneario. Regreso a calle Quillota que ahora semeja al barrio San Diego. Pero acá no hay libros ni arman computadores. Es un sector popular, pero no hay la cantidad de inmigrantes del centro de Santiago. Saco el pasaje de vuelta, deseo llegar pronto a la capital y escribir unas líneas para desahogarme. El bus va repleto, siento que huyen de la ciudad jardín. Hora y media para llegar a estación Pajaritos. El chofer avisa que el metro no está funcionando. Tendré que bajar en Universidad de Santiago. Por los parlantes del terminal avisan llegadas y salidas mientras camino raudo hasta el ingreso de la estación. Están bloqueadas las escaleras mecánicas. Por el celular me entero que el tren subterráneo está funcionando a partir de Estación Central. Me traslado a pie por la vereda sur de Alameda. Está atestado de gente, aunque a diferencia de Viña aquí hay puros extranjeros. Observo que uno de ellos hace un gesto tocándose el mentón. Recibo un encontronazo, pero voy atento y lo aparto con fuerza. Comercio y fritangas en todas las esquinas. Prefiero caminar por la calle junto a la reja que protege la acera. Cruzo el mercado persa, está todo cerrado a las siete. Desde hace horas que la línea 1 está con problemas. Bajo al andén y desde los parlantes repiten insistentemente que una persona invadió las vías, eufemismo de mierda para ocultar que alguien se ha suicidado en esta capital. Dentro del vagón es otro mundo, más higiénico y menos ruidoso. Atrás dejé el ascensor con olor orina de los vendedores ambulantes. Extrañamente hay asientos vacíos y logro sentarme a pesar de ser la hora de salida del trabajo. Me pongo a meditar y de inmediato una mujer a lo lejos entona una canción a grito pelado. Canta muy desafinado, con voz destemplada, mejor me cambio en estación Universidad de Chile. La señora lleva un bebé en brazos y el micrófono en la otra mano. El país está empobrecido y desde el gobierno se teje toda una red de estafas con recursos públicos destinados a la población más vulnerable. Combino con la línea 3 y presiento que estoy cerca de casa. Vivo en la misma comuna que la mayoría de las nuevas autoridades. Estos funcionarios públicos se mueven solamente si lo publicitan por redes sociales. Lo único que les queda del programa original son las doscientas cincuenta mil casas por levantar. Mientras se permitan las tomas de terreno, la velocidad de construcción hará imposible lograr esa meta, al tiempo que el ministerio encargado de levantarlas está enredado en traspasos de platas sin garantías ni licitación de por medio. Desde el gobierno central vienen estos recursos, pero las malversaciones son de organizaciones sin fines de lucro en complicidad con los gobiernos regionales. Aun así, prefiero vivir en la capital, en este mundo caótico que permite transitar anónimo. Odio Viña del Mar, cada vez que camino por sus calles numeradas se vienen encima todas esas voces. Surgen los miedos. Desconfío de sus habitantes, en cambio el ruido de Santiago protege de esos murmullos. Prefiero los gritos de la gente echando maldiciones, mientras desde las redes sociales cada personero de gobierno habla de este país de las maravillas.

 

 

 

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