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Aníbal Ricci Anduaga | Autores |







NO LLEGARÉ A TIEMPO


Por Aníbal Ricci

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No puedo con lo básico. Lavarme los dientes, salir a la calle y volver a casa. Tengo quinientas lucas y las voy a malgastar en cualquier vicio. Salgo con una hermosa mujer, pero no puedo contenerme. Mientras converso con ella ya estoy pensando en drogarme o ir en busca de una travesti. No disfruto del lado amable de las cosas. Esto va peor que otras veces. Jekyll y Hyde se han dividido nuevamente. Nunca conversaron, pero al menos se miraban las caras. Tengo miedo por los años que restan. Ya ni siquiera me interesa tener un rol en esos encuentros furtivos. Drogarme con la esperanza de no sobrevivir otro amanecer. Hacerme daño al máximo para sentir alguna emoción.

Soy un interdicto y en mi familia quieren que tome decisiones. No sé manejar dinero. Si tengo cuatro mil pesos puede que cargue la Bip, pero ya con cinco lucas me alcanza para un gramo de cocaína. Las redes sociales me agobian y en este último mes siento que he perdido a dos amigas entrañables. Estaba a cargo de un stand de libros en el GAM y el entorno de Plaza Italia es mi perdición. Un alcohólico que vive su propio estallido. Ya no hay lugares seguros en esta ciudad. Tampoco puedo comer pan con palta mientras el tiempo fluye lejos de mi alcance. El otro día lancé un libro de cine y apenas lo disfruté, fueron un suplicio los días de espera. Presentadora de lujo y un buen cóctel, nada parece suficiente cuando los amigos ya no acuden a los lanzamientos. Los días anteriores no pude levantarme, la voluntad estaba en otro lado. Antes tomaba Coca-Cola de forma compulsiva; ahora comparto una botella de espumante junto a esta chica que baila como una diosa. Estamos en el Subterráneo, un lugar lleno de gente más joven. Me estoy desvaneciendo en el asiento trasero de un taxi. Supongo que obtuve dinero de un cajero automático. Me arrepiento de no haber escogido algo menos etílico.

Un vino blanco me habría transportado a los buenos tiempos con Pamela, pero incluso con ella el deterioro mental daba saltos cuánticos. Cuando la conocí fue una bendición a la vez que me sentí inseguro. Eso de escuchar voces internas hace que sea imposible concentrarse y a veces consumí viagra para evitar problemas técnicos. Me flechó al instante y no quería fallarle. Sobreviví años sin sexo ni tener una cita y las voces se acallaron tras ese lustro tormentoso. Hasta que comenzó el descenso y los encuentros con prostitutas. Si algo temo es la depresión que antecede a los episodios psicóticos. Mantener el movimiento es preferible al deterioro de un brote esquizofrénico. He conquistado a mujeres geniales, pero cuando intento trabajar me desconecto del entorno. Es difícil comprometerse para estar en un lugar. No sé qué aspecto de la personalidad aflorará ese día. La ropa, el clóset, los libros, demasiados estímulos para recién despertar. No me interesa arreglar el cuarto: el papel descascarado, el día a día aniquila. Muchas tazas de café logran enfocarme y de vez en cuando escribo una historia. Salir a la calle es problemático, los kioscos con bebidas, una cerveza apenas cuesta mil pesos. Cuando voy en la cuarta ya he cambiado de ruta y dejo para otro día lo menos urgente. Si me encargan un trámite en auto voy a la población Santa Julia. Decidir entre comprar comida o droga, la elección es obvia. Caminar por las calles será una experiencia agorafóbica donde siempre terminaré en un bar de mala muerte y en la noche me extraviaré en el sexo.

Creí estar enamorado, en realidad lo estaba, muerto de enamorado, pero no puedo tener compromisos duraderos. Hace un año podía gobernarme veinte días y hacía planes dentro de ese breve plazo; ahora no sé si estaré vivo al día siguiente o drogándome en un motel hasta que destrozo algún cenicero o el citófono. Estoy vetado en varios, la compostura la perdí hace años. Esta vez la rodada cuesta abajo va en serio. Hasta me da vergüenza hablar con otra persona porque ella no sabe que si me detengo vendrá otra crisis. No quiero apagar el computador, estoy enganchado a una serie con decenas de capítulos. No deseo dormir y puedo seguir despierto durante días. Me apago con la consabida dosis de quetiapina y trazodona.

Veo programas políticos, albergo la secreta esperanza de que el resto del país esté peor que yo. Ni siquiera he aprendido a mentirme. Años atrás me daba pudor abandonar los moteles cuando se cumplía el tiempo. Algo patológico me pasa con las travestis. No sé cómo detener el motor y cada vez se hace más difícil compartir un café con algún amigo. El deterioro avanza y también el miedo al futuro de mierda. Tengo varios libros que publicar, no sé si abrazarlos o serán una trampa. En dos semanas saldrá uno nuevo, a ratos luminoso, porque realmente estaba enamorado de Pamela. Debo confesar que también soy proclive a ese impulso, ese desmedido y delirante que impide mantener los pies en la tierra. Surgen los sueños de compartir junto a esa alma gemela, pero si antes tenía veinte días de cordura, ahora sólo tengo el lujo de un par de días. Supongo que se escapó a tiempo, hice todos los esfuerzos por seguirla al sur. No sé qué veía en mí, pero sus ojos eran el paraíso. También había furia cuando emergía el monstruo. Las cagadas en los moteles se han vuelto monumentales; el porno es otra de mis adicciones. Ya ni siquiera me avergüenzo al pagar por los destrozos. Ojalá el problema fueran sólo las drogas y los espacios públicos no fueran laberintos tan difíciles de descifrar. Un día de sol puede ser el comienzo de otra pesadilla. Las múltiples posibilidades del infinito, cuando sólo requiero una cama, una colcha y un velador.

Debieran haberme internado hace un par de años; ya no sé si parar unos meses será suficiente. No conozco personas a las que no les guste tomarse un trago. Es como un aceite social. Salir de circulación seis meses, para calmarme y dejar de lado el alcohol. Ese es el punto de partida, pero la vida es tan aburrida sin alguien al lado. El amor no es para los locos, según la cosmogonía mapuche.

El deterioro es progresivo y mis carencias son infinitas. A estas alturas creo no merecer el afecto de nadie y esa es quizás la razón del sexo irracional: un remedo de cariño donde siempre me excederé de revoluciones. Quiero dormir varias semanas y dejar embaladas las cajas con el nuevo libro. Otro lanzamiento implicará menos cordura y eso es como perder la memoria de corto plazo. El escritor vive de recuerdos, pero ya no puedo aspirar a revivirlos; ese tiempo quedó atrapado en una mente pretérita. Nada elaborado, incluso leer el diario se ha vuelto otro vicio. Busco la peor noticia, no para comentarla con otros, porque coincidir en una simple cita se ha tornado algo imposible.

 

 

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