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ARMANDO URIBE ARCE: EL MISMO, EL INSENSATO


Por Marco Aurelio Rodríguez
Escritor


Reinaldo Marchant tiene un cuento titulado "Mosca en la oreja" donde parodia -y el referente mordaz es el bicho-, a partir de una anécdota pasmosa, lo que un ser humano debe o no escuchar y, entonces, cómo debe comportarse. Esta alusión viene al caso por varias razones. Cuando fueron con el prospecto de postulación para que don Armando Uribe Arce pudiera presentarse de candidato al Premio Nacional de Literatura, Marchant le pidió al poeta que "pusiera una mosca" en dicho documento. Y fue así. Nuestro Uribe Arce dibujó exactamente eso: una mosca.

Esta larva se deslizó, "interrogativa y vanidosa", como una exhalación de alma trizada del poeta, al modo de las mariposas egipcias que escapaban por la boca de los cadáveres. Entonces reparamos -entre otros- en don Sem Tob. Uribe Arce "quisiera ser" (dice en Qué debo hacer), como Manrique y como Antonio Machado, en buen castellano, entrando, eso sí, por la judería del autor de Proverbios morales, don Sem Tob, defensor de la prudencia del callar. Esa prudencia llevó a Uribe a "callar" su firma, pues pensó, con su acostumbrada "indignación razonada", que autopostularse es "una indignidad de reglamento". Además que los premios -continúa una entrevista- "tienden a modificar el espíritu y las capacidades de quienes los reciben, porque naturalmente interviene la vanidad".

En boca cerrada no entran moscas. Pero salen por los puños furibundos demonios ocultos, negros heraldos que se ensañan con uno como lo hicieran con César Vallejo o con Poe. Se le escapan al poeta como el humo del cigarro, porque es parte de su poesía se parecen a las manchas que dibujan sus palabras ("La poesía en el detalle/ vasta mancha de tinta/ muestra un murciélago que fuma/ la membrana de un cigarrillo"). Como ejemplo contrastivo, el Neruda que de perfil parecía un pájaro de lo flaco que era cuando joven, llegaba a la imagen obvia -y que traducía su primera sencillez romántica- de que las palabras se adelgazan como las huellas de las gaviotas en la playa.

Uribe tenía el prejuicio (escribí, primero, "miedo") de que su obra crítica iba a conspirar en contra suya para la resolución del premio. Pero no fue así. Esto demuestra que criticar en Chile, o no muestra acuso de recibo porque no se considera sencillamente, o engalana a los criticados que toman el cuento con hidalguía y -por ende- no muestran resquemor, o acaso -y lo que es peor- no provoca el pudor del enojo simplemente porque ya no hay pudor ni hombría: "una gran falla y una prueba más de la decadencia intelectual chilena de los últimos decenios", dirá el autor en alguna entrevista.

Intentemos apuntar a su poesía utilizando sus mismas armas indagatorias: una horca desbaratada en la portada de su último libro Qué debo hacer que lo interroga (y que interroga a su hacer) y que lo tensa y que no mengua; "cerebro y nervios". Y el ahorcado sacando la lengua a medio mundo. Porque más allá que vedar su firma, lo que menos hace nuestro autor es "atar su lengua".

Dejemos que nos cuente, mosca en la oreja: "el mundo es peor de lo que imaginábamos", este mundo absurdo es "una fiesta de disfrazados", osos, bestias, abogados e inocentones, "carne imperfecta", todos van a dar al mismo mar que es el "ser condenados". Claro: la condena es la muerte, "esa huéspeda". Se me perdonará que escriba muerte con minúsculas a pesar de la personificación. Uribe Arce, mucho más hondo que el Renacimiento o -sobre todo- que el Barroco, habla de la muerte en un sentido medieval abstracto, donde la muerte se desliza desde nosotros mismos y para nosotros, es nuestro "mejor" doble ("Mírate en el espejo: ése eres tú./ Date la espalda; dejaste de ser" dice el poeta en Contra la voluntad), como si fuera nuestra esencial larva que terminará huyendo en sueño de mariposa cuando cadáveres. A algunos, empero, ya se les nota. La larva, claro.

Pero, así como Quevedo, el dictamen más profundo que logra Armando Uribe -con su "miel cínica"-, es más que una contención del momento: es una crítica que desbarata las vanidades pasajeras. Si el hombre es imperfecto, hay la necesidad de Dios. Uribe se revuelca en términos mejores que éste: habla del deseo de Dios, del camino ¿de regreso? desde el abismo del hombre hasta la saciedad de Dios como apunta con sus notas de Louis Bail. En el fondo del hombre hay ese sufrimiento de separación; en la forma del hombre, hay "una fiesta/ de células mentales-físicas/ que danzan felices" por mientras. Es por esto último que un poema en que nos advierte que "la nostalgia de la niñez" es un engaño, puesto que la felicidad (la que se querría recuperar en ese regreso al tiempo de inocencia) es pasajera, cala hondo en nuestro espíritu, nos desnuda el alma. O cuando nos resalta, a propósito de un comercial, cómo las reinas de antaño envejecen.

Y el hombre, pobre, ¡pobre! "Como cuando a los niños, como/ cuando los niños son felices/ y ya no dicen: de esto yo no como,/ porque han jugado hasta el cansancio/ etc."

"¿Qué edad tenemos? No sabemos." Este poeta de levita y furibundo, de "aristocracia espiritual" (volvemos a don Sem Tob), es también un hombre de villanía cotidiana pero arcaizante en el mejor sentido de la palabra. Seguimos sus "sortes" virgilianas, método que consiste en inquirir al azar en sus lecturas, como en la Biblia, o en autores franceses y latinos, como escuchar sus opiniones o proverbios o "acertijos" con preguntas sin signos o respuestas con demasiados signos de camino.

Dos detalles últimos.

Armando Uribe Arce es semejante a Nicanor Parra en el sentido que ambos estructuran una poesía de lo cotidiano. Uno lo hace incluso con el lenguaje corriente, mientras que Uribe es un autor más intelectual al servicio -claro- del espíritu hecho carne rutinaria. Mientras leía el último libro de don Armando Uribe, y deteniéndome en el Sumario, se me vino a la mente el método dialéctico-poético de Parra. ¿Quién es Uribe? ¿Un dragón alado de Blake? ¿Un Cristo de yeso con levita? ¿Un esqueleto muy brillante en negativo de terno y corbata? ¿Cuál es su poesía? "Le rindo culto a lo más feo". "La música sin teclas me saca del abismo". "Mosquita muerta de ala oscura./ Confesaré el pecado al cura".

Virgilio es otro referente de Armando Uribe. Pero no le pide compañía persistente como lo hace Dante. Es interesante hacer notar que nuestro poeta "se mueve" de Quevedo a Virgilio, desde la diatriba hasta la intimidad de lo tímido. Ellos tienen noción de la fugacidad del tiempo y de la vida. Del poeta latino sabemos que escribió tan bien sus tratados sobre el cuidado de las abejas y de los campos, que quedó como ejemplo de uno de los más grandes poetas clásicos. Tanto que su poesía dio lugar a las famosas consultas adivinatorias (las "suertes") a que fue objeto por sus blasfemos lectores (todo lector es blasfemo). Y otra cosa también, coincidencia de estilos podríamos llamarla pensando en nuestro nuevo Premio Nacional: Virgilio tuvo de mascota a una mosca.

Refiere la historia (la de los hombres: la equívoca) que Virgilio gastó cerca de un millón de dólares en dinero de hoy para el funeral de su mosca.

 

 


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Armando Uribe Arce: El mismo, el insensato
Por Marco Aurelio Rodríguez